EL EVANGELIO SEGÚN EL ESPIRITISMO

Allan Kardec

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CAPÍTULO XXVIII - Colección de oraciones espiritistas

PREAMBULO

1. Los espíritus han dicho siempre: "La forma no es nada; el pensamiento lo es todo". Rogad cada uno según vuestras convicciones y del modo que más os conmueva, pues un buen pensamiento vale más que numerosas palabras; sin ellas ninguna parte toma el corazon.

Los espíritus no prescriben ninguna fórmula absoluta de oraciones; cuando las dan es con el fin de fijar las ideas, y, sobre todo, para llamar la atención sobre ciertos principios de la doctrina espiritista. También lo han hecho para ayudar a las personas que se ven con dificultad para transmitir las ideas, porque las hay que no creerían haber rezado en realidad si sus pensamientos no hubiesen sido formulados.

La colección de oraciones continuadas en este capítulo es una elección entre las que tian sido dictadas por los espíritus en diferentes circunstancias; hubieran podido dictar otras, y en otros términos apropiadas a ciertas ideas o a ciertos casos especiales; pero poco importa la forma si el pensamiento fundamental es el mismo. El objeto de la oración es elevar nuestra alma a Dios; la diversidad de las fórmulas no debe establecer ninguna diferencia entre los que creen en El, y aun menos entre los adeptos del Espiritismo, porque Dios las acepta todas cuando son sinceras.

No debe considerarse esta colección como un formulario absoluto, sino como una variedad entre las instrucciones que dan los espíritus. Es una aplicación de los principios de la moral evangélica, desarrollados en este "libro", y un complemento a sus dictados sobre los deberes para con Dios y al prójimo, en donde se recuerdan todos los principios de la doctrina.

El Espiritismo reconoce como buenas las oraciones de todos los cultos, cuando se dicen con el corazón y no con la boca; no impone ni vitupera ninguna; Dios es demasiado grande, según el, para rechazar la voz que le implora o que canta sus alabanzas, porque lo hace de un modo antes que de otro. "El que anatematizase las oraciones que no están en este formulario, probaría que desconoce la grandeza de Dios". Creer que Dios escucha sólo una fórmula, es atribuirle la pequeñez y las pasiones de la humanidad.

La condición esencial de la oración, según San Pablo (cap. XXVII, número 16), es que sea inteligible, a fin de que pueda hablar a nuestro espíritu; para conseguirlo no basta que se diga en un lenguaje que lo comprenda el que ruega, pues. hay oraciones en lenguaje vulgar que no dicen mucho más al pensamiento que si estuviesen en lengua extraña, y por lo mismo no se dirigen al corazón; las raras ideas que encierran son, con frecuencia, sofocadas por la superabundancia de palabras y por el misticismo del lenguaje.

La principal cualidad de la oración es el ser clara, sencilla y concisa, sin frases inútiles, ni lujo de epítetos pomposos; cada palabra debe tener su objeto, despertar una idea, conmover una fibra, en una palabra, "debe hacer reflexionar"; con esta sola condición la oración puede alcanzar su objeto; no siendo así, "sólo es un murmullo". Ved con qué aire de distracción y con qué volubilidad se dicen la mayor parte de las veces; se ven mover los labios, pero en la expresión de la fisonomía y aun en el metal de la voz, se reconoce un acto maquinal, puramente exterior, indiferente para el alma.

Las oraciones reunidas en esta colección se han dividido en cinco categorías: 1ª Oraciones generales; 2ª Oraciones para sí mismo; 3ª Oraciones por los vivos; 4ª Oraciones por los muertos; 5ª Oraciones especiales por los enfermos y obsesados.

Con el objeto de llamar más particularmente la atención sobre el objeto de cada oración y hacer comprender mejor la idea, van precedidas de una instrucción preliminar, especie de exposición de los motivos, con el titulo de "Prefacio".


1. - ORACIONES GENERALES

Oración dominical


2. Prefacio. Los espíritus nos han recomendado que colocáramos la "oración dominical" al principio de esta colección, no sólo como oración, sino como símbolo de todas las oraciones, es la que colocan en primer lugar, sea porque viene del mismo Jesús (San Mateo, cap. VI, v. de 9 a 13), sea porque pueda suplirlas a todas, según el pensamiento que se une a ellas. Es el más perfecto modelo de concisión, verdadera obra maestra de sublimidad es su sencillez.

En efecto, a pesar de su brevedad, resume todos los deberes del hombre para con Dios, para consigo mismo y para con el prójimo: encierra una profesión de fe, un acto de adoración y de sumisión, la petición de las cosas necesarias a la vida, y el principio de caridad.

Decirla a la intención de alguno, es pedir para él lo que pediríamos para nosotros mismos.

Sin embargo, en razón mismo de su brevedad, el sentido profundo encerrado en algunas palabras de las que se compone, pasa desapercibido para la mayor parte; generalmente se dice sin dirigir el pensamiento sobre las aplicaciones de cada una de sus partes; se dice como una fórmula cuya eficacia es proporcionada al número de veces que se repite; así es que casi siempre es el número cabalístico de "tres, siete, o nueve", sacados de la antigua creencia supersticiosa que atribuía una virtud a los números, y que se usaba en las operaciones de la magia.

Para suplir el vacío que la concisión de esta oración deja en el pensamiento, según el consejo y con la asistencia de los buenos espíritus, se ha añadido a cada proposición un comentario que desarrolla su sentido y ensena sus aplicaciones. Según las circunstancias y el tiempo disponible, se puede decir la oración dominical "sencillamente o comentariada".

3. Oración. - I. "¡Padre nuestro que estás en los cielos santificado sea el tu nombre!".

Creemos en vos, Señor, porque todo revela vuestro poder y vuestra bondad. La armonía del Universo atestigua una sabiduría, una prudencia y una previsión tales, que sobrepujan a todas las facultades humanas, el nombre de un ser soberanamente grande y sabio está inscripto en todas las obras de la creación, desde la hebra de la más pequeña planta y desde el más pequeño insecto, hasta los astros que se mueven en el espacio; en todas partes vemos la prueba de una solicitud paternal, por eso es ciego el que no os reconoce en vuestras obras, orgulloso el que no os glorifica, e ingrato el que no os da las gracias.

II. "¡Venga a nos el tu reino!"

Señor, habéis dado a los hombres leyes llenas de sabiduría, que producirían su felicidad si las observasen; con esas leyes harían reinar entre ellos la paz y la justicia, se ayudarían mutuamente en vez de perjudicarse como lo hacen, el fuerte sostendría al débil y no lo abatiría, evitando los males que engendran los abusos y los excesos de todas clases. Todas las miserias de la tierra tienen su origen en la violación de vuestras leyes, porque no hay una sola infracción que no tenga fatales consecuencias.

Habéis dado al bruto el instinto que le traza el límite de lo necesario, y maquinalmente se conforma a él; pero al hombre además de su instinto, le habéis dado la inteligencia y la razón; le habéis dado también la libertad de observar o de infringir aquellas de vuestras leyes que le conciernen personalmente, esto es, de elegir entre el bien y el mal, a fin de que tenga el mérito y la responsabilidad de sus acciones.

Nadie puede alegar que ignora vuestras leyes, porque en vuestro cariño habéis querido que estuviesen grabadas en la conciencia de cada uno, sin distinción de cultos ni de naciones; los que las violan es porque os desconocen.

Vendrá un día, según vuestra promesa, en que todos las practicarán; entonces la incredulidad habrá desaparecido; todos os reconocerán como el Soberano Señor de todas las cosas, y el reino de vuestras leyes será vuestro reino en la Tierra.

Dignáos, Señor, activar su advenimiento dando a los hombres la luz necesaria para que se conduzcan por el camino de la verdad.

III. "¡Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo!".

Si la sumisión es un deber del hijo para con su padre y del inferior para con su superior ¡cuánto más grande debe ser la de la criatura para con su Criador! Hacer vuestra voluntad, Señor, es observar vuestras leyes y someterse sin murmurar a vuestros divinos decretos; el hombre se someterá a ellos, cuando comprenda que sois origen de toda sabiduría, y que sin vos nada puede; entonces realizará vuestra voluntad en la Tierra, como los elegidos en el Cielo.

IV. "El pan nuestro de cada día, dádnosle hoy".

Dadnos el alimento para conservar las fuerzas del cuerpo; dadnos también el alimento espiritual para el desarrollo de nuestro espíritu.

El bruto encuentra su alimento; pero el hombre lo debe a su propia actividad y a los recursos de su inteligencia porque vos le habéis creado libre.

Vos le habéis dicho: "Extraerás tu alimento de la tierra con el sudor de tu frente"; por eso habéis hecho una obligación del trabajo a fin de que ejercitara su inteligencia buscando los medios de proveer a su necesidad y a su bienestar; los unos por el trabajo material, y los otros por el trabajo intelectual; sin trabajo quedaría estacionado y no podría aspirar a la felicidad de los espíritus superiores.

Vos secundáis al hombre de buena voluntad que confía en vos para lo necesario, pero no al hombre que se complace en la ociosidad, que todo quisiera obtenerlo sin pena, ni al que busca lo superfluo. (Cap. XXV).

¡Cuántos hay que sucumben por su propia falta, por su injuria, por su imprevisión o por su ambición, y por no haber querido contentarse con lo que les habéis dado! Esos son los artífices de su propio infortunio, y no tienen derecho de quejarse, porque son castigados por donde han pecado. Pero ni aún a esos abandonáis porque sois infinitamente misericordioso, sino que les tendéis una mano caritativa desde el momento en que, como el hijo pródigo, vuelve sinceramente a vos. (Cap. V, núm. 4).

Antes de quejamos de nuestra suerte, preguntémonos si es producto de nuestras propias acciones: a cada desgracia que nos sucede, preguntémonos si hubiese dependido de nosotros el evitarla: pero digamos también que Dios nos ha dado la inteligencia para salir del atolladero, y que de nosotros depende el hacer uso de elra.

Puesto que la ley del trabajo es la condición del hombre en la tierra, dadnos ánimo y fuerza para cumplirla; dadnos también prudencia, previsión y moderación, con el fin de no petder el fruto de este trabajo.

Dadnos, pues, Señor, nuestro pan de cada día, es decir, los medios de adquirir con el trabajo las cosas necesarias a la vida, porque nadie tiene derecho de reclamar lo superfluo.

Si nos es imposible trabajar, confiamos en vuestra Divina Providencia.

Si entra en vuestros designios el probarnos por las más duras privaciones, a pesar de nuestros esfuerzos, las aceptamos como justa expiación de las faltas que hayamos podido cometer en esta vida o en una vida precedente, porque vos sois justo; sabemos que no hay penas inmerecidas, y que jamás castigáis sin causa.

Preservadnos, Dios mio, de concebir la envidia contra los que poseen lo que nosotros no tenemos, ni contra aquellos que tienen lo superfluo cuando a nosotros nos hace falta lo necesario. Perdonadles si olvidan la ley de caridad y de amor al prójimo que les habéis enseñado. (Cap. XVI, núm. 8).

Separad también de nuestro espíritu el pensamiento de negar vuestra justicia, viendo prosperar al malo, y al hombre de bien sumergido algunas veces en la desgracia. Gracias a las nuevas luces que habéis tenido a bien darnos, sabemos ahora que vuestra justicia se cumple siempre y no hace falta a nadie; que la prosperidad material del malo es efímera, como su existencia corporal, y que sufrirá terribles contratiempos, mientras que la alegría reservada al que sufre con resignación será eterna. (Cap. V, núms. 7, 9, 12 y 18).


V. "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. - Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido".

Cada una de nuestras infracciones a vuestras leyes, Señor, es una ofensa hacia vos, y una deuda contraída que tarde o temprano tendrá que pagarse. Solicitamos la remisión de ellas de vuestra infinita misericordia, y os prometemos hacer los debidos esfuerzos para no contraer nuevas deudas.

Vos habéis hecho una ley expresa de la caridad; pero la caridad no consiste sólo en asistir a su semejante en la necesidad: consiste también en el olvido y en el perdón de las ofensas. ¿Con qué derecho reclamaríamos vuestra indulgencia, si nosotros mismos faltásemos a ella con respecto a aquellos contra quienes tenemos motivos de quejas?

¡Dadnos! ¡Dios mío! la fuerza para ahogar en nuestra alma todo sentimiento, todo odio y rencor; "haced que la muerte no nos sorprenda con un deseo de venganza en el corazón". Si hoy mismo os place el quitarnos la vida, haced que podamos presentarnos a vos puros de toda animosidad, a ejemplo de Cristo, cuyas últimas palabras fueron de clemencia para sus verdugos. (Cap. X).

Las persecuciones que nos hacen sufrir los malos, son parte de nuestras pruebas y debemos aceptarlas sin murmurar, como todas las otras pruebas, y no maldecir a aquéllos que con sus maldades nos facilitan la senda de la felicidad eterna, pues vos nos habéis dicho por boca de Jesús: "¡Felices los que sufren por la justicia!". Bendigamos, pues, la mano que nos hiere y nos humilla, porque las heridas del cuerpo nos fortifican nuestra alma y seremos levantados de nuestra humildad. (Cap. XII, núm. 4).

Bendito sea vuestro nombre, Señor, por habernos enseñado que nuestra suerte no está irrevocablemente fijada después de la muerte, y que encontraremos en otras existencias los medios de rescatar y de reparar nuestras faltas pasadas, cumpliendo en una nueva lo que no podemos hacer en ésta para nuestro adelantamiento. (Cap. IV y V, núm. 5).

Con esto se explican, en fin, todas las anomalías aparentes de la vida, pues es la luz derramada sobre nuestro pasado y nuestro porvenir, la señal resplandeciente de vuestra soberana justicia y de vuestra bondad infinita.

VI. "No nos dejes caer en la tentación, más líbranos de todo mal'' (1)

Dadnos, Señor, fuerza para resistir a las sugestiones de los malos espíritus que intentasen desviarnos del camino del bien, inspirándonos malos pensamientos.


Pero nosotros mismos somos espíritus imperfectos encarnados en la tierra para expiar y mejorarnos. La causa primera del mal reside en nosotros, y los malos espíritus no hacen más que aprovecharse de nuestras inclinaciones viciosas, en las cuales nos mantienen para tentarnos.


Cada imperfección es una puerta abierta a su influencia, mientras que son impotentes y renuncian a toda tentativa contra los seres perfectos. Todo lo que nosotros podamos hacer para separarlos, es inútil, si no les oponemos una voluntad inquebrantable en el bien, renunciando absolutamente al mal. Es, pues, necesario, dirigir nuestros esfuerzos contra nosotros mismos, y entonces los malos espíritus se alejarán naturalmente, porque el mal es el que los atrae, mientras que el bien los rechaza. (Véase Oraciones para los obsesados).


Señor, sostenednos en nuestra debilidad, inspirándonos por la voz de nuestros ángeles custodios y los buenos espíritus, la voluntad de corregimos de nuestras imperfeciones, con el fin de cerrar a los espíritus impuros el acceso de nuestra alma. (Véase núm. 11).


El mal no es obra vuestra, Señor, porque el origen de todo bien nada malo puede engendrar; nosotros mismos somos los que lo creamos infringiendo vuestras leyes por el mal uso que hacemos de la libertad que nos habéis dado. Cuando los hombres observen vuestras leyes, el mal desaparecerá de la tierra como ha desaparecido de los mundos más avanzados.


El mal no es una necesidad fatal para nadie, y sólo parece irresistible a aquellos que se abandonan a él con complacencia. Si tenemos la voluntad de hacerlo, podemos también tener la de hacer el bien; por eso, Dios mío, pedimos vuestra asistencia y la de los buenos espíritus para resistir a la tentación.



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(1) Algunas traducciones dicen: "No nos induzcáis en la tentación" (et ne nos inducas in tentationem); esta expresión daría a entender que la tentación viene de Dios, que él induce voluntariamente a los hombres al mal; pensamiento blasfematorio que asimilaría Dios a Satanás, y no puede haber sino el de Jesús. Por lo demás, está conforme con la doctrina vulgar sobre la misión atribuída a los demonios. (Véase "Cielo e Infierno", cap. X: Los demonios).

VII. "Amén".

¡Haced, Señor, que nuestros deseos se cumplan! Pero nos inclinamos ante vuestra sabiduría infinita. Sobre todas las cosas que no nos es dado comprender, que se haga vuestra santa voluntad, y no la nuestra, porque Vos sólo queréis nuestro bien y sabéis mejor que nosotros lo que nos conviene.

Os dirigimos esta plegaria, ¡oh, Dios mio!, por nosotros mismos, por todas las almas que sufren, encarnadas o desencarnadas, por nuestros amigos y enemigos, que por todos aquellos que pidan nuestra asistencia, y en particular por N...

Solicitamos, sobre todo, vuestra misericordia y vuestra bendición.

Nota. - Aquí se pueden formular las gracias a Dios por lo que nos haya concedido, y lo que cada uno quiera pedir para sí o para otro. (Véanse más adelante las oraciones números 26 y 27.)


Reuniones espiritistas

4. Porque donde están dos o tres congregados en mí nombre, allí estoy en medio de ellos. (San Mateo, cap. XVIII, v. 20).

5. Prefacio. Estar reunidos en nombre de Jesús, no quiere decir que basta estar reunidos materialmente, sino espiritualmente por la comunión e intención de pensamientos para el bien; entonces Jesús se encuentra en la reunión, o uno de los espíritus puros que le representan. El Espiritismo nos enseña de qué modo los espíritus pueden estar entre nosotros. Se presentan con su cuerpo fluídico espiritual y con la apariencia que nos los haría reconocer si se hicieran visibles. Cuanto más elevada su jerarquía, tanto más grande es su poder y radiación; así es que poseen el don de ubicuidad, y por lo mismo, pueden encontrarse en diferentes puntos simultáneamente: basta para ello un destello de su pensamiento.

Por aquellas palabras Jesús quiso manifestar el efecto de la unión y de la fraternidad: no es el mayor o menor número lo que le atrae, puesto que, en vez de dos o tres personas, hubiera podido decir díez o veinte sino el sentimiento de caridad que anima a los unos y a los otros; pues para esto, basta que haya dos. Pero si estas dos personas ruegan cada una por su lado, aun cuando se dirijan a Jesús, no hay entre ellas comunión de pensamientos, sobre todo si no están movidas por un sentimiento de benevolencia mutua, si se miran también con prevención, con odio, envidia o celos, las corrientes fluídicas de sus pensamientos se rechazan en lugar de unirse con mucha simpatía, y entonces "no están unidas en nombre de Jesús"; Jesús sólo es el pretexto de la reunión y no el verdadero móvil. (Capítulo XXVII, núm. 9).

Si El dijo: "Vendré por cualquiera que me llamare", eso no implica el que sea sordo a la voz de una sola persona; es que exige, ante todo, el amor al prójimo, del que se pueden dar más pruebas cuando son muchos que estando en el aislamiento, porque entonces todo sentimiento personal lo aleja; de todo esto se desprende, que si en una reunión numerosa, dos o tres personas solamente se unen de corazón por el sentimiento de una verdadera caridad, mientras que los otros se aislan y se concentran en sus pensamientos egoístas y mundanos, él estará con los primeros y no con los otros. No es, pues, la simultaneidad de palabras, de cantos, o de actos exteriores lo que constituye la reunión en nombre de Jesús, sino la comunión de pensamientos conformes al espíritu de caridad personificado en Jesús. (Cap. X, núms. 7 y 8. - Cap. XXVII, números 2, 3 y 4).

Tal debe ser el carácter de las reuniones espiritistas formales, en las que se espera sinceramente el concurso de los buenos espíritus.

6. Oracíón. - (Al empezar la reuníán). - Rogamos al señor Dios omnipotente que nos envíe buenos espíritus para asistirnos, aleje a los que pudieren inducirnos en error, y que nos dé la luz necesaria para distinguir la verdad de la impostura.

Separad también a los espíritus malévolos, encarnados o desencarnados, que intentaran poner la discordia entre nosotros y desviarnos de la caridad y amor al prójimo. Si alguno pretendiere introducirse aquí, haced que no encuentre acceso en ninguno de nosotros.

Espíritus buenos que os dignáis venir a instruirnos, hacednos dóciles a vuestros consejos, y desviad de nosotros el egoísmo, el orgullo, la envidia y los celos; inspiradnos indulgencia y benevolencia para nuestros semejantes presentes y ausentes, amigos y enemigos; haced, en fin, que en los sentimientos de caridad, humildad y abnegación de que nos sintamos animados, reconozcamos vuestra saludable influencia.

A los médiums a quienes encarguéis de transmitir-nos vuestras enseñanzas, dadies la conciencia de la santidad del mandato que les ha sido confiado y de la gravedad del acto que van a cumplir, con el fin de que tengan el fervor y el recogimiento necesarios.

Si en esta reunión se encontrasen personas que fuesen atraídas por otro sentimiento que no sea el del bien, abridles los ojos a la luz, y que Dios les perdone si vienen con malas intenciones.

Rogamos muy parcialmente al espíritu de N... nuestro guía espiritual, que nos asista y vele sobre nosotros.


7. (Al fin de la reunión). - Damos gracias a los buenos espíritus que han querido venir a comunicarse con nosotros; les rogamos que nos ayuden a poner en práctica las instrucciones que nos han dado, y que hagan que al salir de aquí, cada uno de nosotros se sienta fortificado en la práctica del bien y del amor del prójimo.

Deseamos igualmente que estas instrucciones sean provechosas a lós espíritus que sufren, ignorantes o viciosos que hayan asistido a esta reunión, y sobre las cuales imploramos la misericordia de Dios.


Para los Médiums

8. Y acontecerá en los postreros días, dice el Señor, que yo derramaré mi espíritu sobre toda carne; y profetizarán vuestros hijos, y vuestras hijas, y vuestros mancebos verán visiones, y vuestros ancianos sonarán sueños. Y ciertamente en aquellos días derramaré de mi espíritu sobre mis siervos y sobre mis siervas, y profetizarán. (Hechos de los Apóstoles, capítulo II, v. 17 y 18.)

9. Prefacio. El Senor ha querido que la luz se hiciera para todos los hombres, y que penetrase en todas partes por la voz de los espíritus, con el fin de que cada uno pudiera adquirir la prueba de la inmortalidad; con este objeto los espíritus se manifiestan hoy en todos los puntos de la tierra, y la mediumnidad que se revela en las personas de todas edades y condíciones, en los hombres y en las mujeres, en los niños y en los ancianos, es una de las señales del complemento de los tiempos predichos.

Para conocer las cosas del mundo visible y descubrir los secretos de la naturaleza material, Dios ha dado al hombre la vista del cuerpo, los sentidos y los instrumentos especiales; con el telescopio penetran sus miradas en las profundidades del espacio, y con el microscopio ha descubierto el mundo de lo infinitamente pequeño. Para penetrar en el mundo invisible, le ha dado la mediumnidad.

Los médiums son los intérpretes encargados de transmitir a los hombres las enseñanzas de los espíritus, o mejor dicho, "son los órganos materiales por los cuales se expresan los espíritus para hacerse inteligibles a los hombres". Su misión es santa, porque tiene por objeto abrir los horizontes de la vida eterna.

Los espíritus vienen a instruir al hombre sobre sus destinos futuros, a fin de conducirle por el camino del bien, y no para ahorrarle el trabajo material que debe tomarse en la tierra para su adelantamiento, ni para favorecer su ambición y su codicia. De ésto deben penetrarse bien los médiums para no hacer mal uso de sus facultades. EL que comprende la gravedad del mandato de que está revestido, lo cumple religiosamente; si convirtiera en diversión o distracción para él o para los otros una facultad dada con un fin tan formal y que le pone en relación con los seres de ultratumba, su conciencia se lo echaría en cara como un acto sacrílego.

Los médiums como intérpretes de la enseñanza de los espíritus, deben hacer un papel importante en la transformación moral que se opera; los servicios que puedan prestar están en razón de la buena dirección que den a sus facultades, porque los que siguen una mala senda, son más perniciosos que útiles a la causa del Espiritismo; por las malas impresiones que producen, retardan más de una conversión. Por eso se les pedirá cuenta del mal uso que han hecho de una facultad que les fué dada para el bien de sus semejantes.

El medium que quiera conservar la asistencia de los buenos espíritus, debe trabajar en su propio mejoramiento; el que quiera ver aumentar y desarrollar su facultad, debe progresar moralmente, y abstenerse de todo lo que pudiese desviarle de su objeto providencial.

Si los buenos espíritus se sirven algunas veces de instrumentos imperfectos, es para dar buenos consejos y procurar conducirles al bien; pero si encuentran corazones endurecidos, y si sus avisos no son escuchados, entonces se retiran y los malos tienen el campo libre. (Cap. XXIV, núms. 11 y 12.)

La experiencia prueba que los médiums que no se aprovechan de los consejos que reciben de los espíritus buenos, las comunicaciones, después de haber dado un buen resultado durante cierto tiempo, degeneran poco a poco, y concluyen por caer en el error, en palabrería o en el ridículo, senal incontestable del alejamiento de los buenos espíritus.

Obtener la asistencia de los buenos espíritus, separar a los espíritus ligeros y mentirosos: tal debe ser el objeto de los constantes esfuerzos de todos los médiums formales; sin esto la mediumnidad es una facultad estéril que puede redundar en perjuicio del que la posee, porque puede degenerar en obsesión peligrosa.

El medium que comprende su deber, en lugar de enorgullecerse por una facultad que no le pertenece puesto que puede serle retirada, atribuye a Dios las cosas buenas que obtiene; si sus comunicaciones merecen elogios, no se envanece, porque sabe que son independientes de su mérito personal, y da gracias a Dios por haber permitido que los buenos espíritus vengan a manifestársele. Si dan lugar a critica, no se ofende por ello, porque no son obra de su propio espíritu; dice que ha sido un mal instrumento, y que no posee todas las cualidades necesarias para oponerse a la intervención de los malos espíritus; por eso procura adquirir estas facultades, y solicita por medio de la oración, la fuerza que le falta.


10. Oración. Dios Todopoderoso, permitid a los buenos espíritus que me asistan en la comunicación que solicito. Preservadme de la presunción de creerme al abrigo de los malos espíritus, del orgullo que pudiera ofuscarme sobre el valor de lo que obtenga, y de todo sentimiento contrario a la caridad con respecto a los otros médiums. Si soy inducido en error, inspirad a alguno el pensamiento de que me lo advierta, y a mí la humildad que me hará aceptar la critica con reconocimiento, tomando para mí mismo, y no para los otros, los consejos que se servirán darme los buenos espíritus.

Si por cualquier concepto intentase abusar o envanecerme de la facultad que habéis tenido a bien concederme, os ruego que me la retiréis antes de permitir que la desvíe de su objeto providencial, que es el bien de todos y mi propio adelantamiento moral.


II. - ORACIONES PARA SÍ MISMO

A los ángeles guardianes y espíritus protectores


11. Prefacio - Todos tenemos un buen espíritu que se une a nosotros desde nuestro nacimiento y nos ha tomado bajo su protección. Llena, con respecto a nosotros, la misión de un padre para con su hijo: la de conducirnos por el camino del bien y del progreso a través de las pruebas de la vida. Es feliz cuando correspondemos a sus cuidados, y gime cuando nos ve sucumbir.

Su nombre nos importa poco, porque puede ser que no tenga nombre conocido en la tierra; lo invocamos como a nuestro ángel guardián, nuestro buen genio; podemos también invocarlo con el nombre de un espíritu superior cualquiera por el que sintamos más simpatia.

Además de nuestro ángel guardián, que siempre es un espiritu superior, tenemos a los espíritus protectores, que no porque estén menos elevados, son menos buenos y benévolos; éstos son parientes o amigos, o algunas veces personas que nosotros no hemos conocido en nuestra existencia actual. Nos asisten con sus consejos, y muchas veces con su intervención en los actos de nuestra vida.

Los espíritus simpáticos son aquellos que que unen a nosotros por cierta semejanza de gustos y de inclinaciones; pueden ser buenos o malos, según la naturaleza de las inclinaciones que les atraen hacia nosotros.

Los espíritus seductores se esfuerzan en desviarnos del camino del bien, sugiriéndonos malos pensamientos. Se aprovechan de todas nuestras debilidades, que son como otras tantas puertas abiertas que les dan acceso a nuestra alma. Los hay que se encarnizan con nosotros como con una presa y no se alejan "sino cuando reconocen su impotencia en lucha contra nuestra voluntad".

Dios nos ha dado una guía principal y superior en nuestro ángel de la guarda, y guías secundarios en nuestros espíritus protectores y familiares; pero es un error creer que tenemos cada uno de nosotros forzosamente un mal genio para contrarrestar las buenas influencias. Los malos espíritus vienen voluntariamente si encuentran acceso en nosotros por nuestra debilidad o por nuestra negligencia en seguir las inspiraciones de los buenos espíritus; nosotros somos, pues, los que los atraemos. De esto resulta que nunca estamos privados de la asistencia de los buenos espíritus, y que depende de nosotros el separar a los malos. Siendo el hombre la primera causa de las miserias que sufre por sus imperfecciones, muchas veces él mismo, es su propio mal genio. (Cap. V, núm. 4.)

La oración a los ángeles guardianes y a los espíritus protectores debe tener por objeto solicitar su intervención para con Dios, y pedirles fuerza para resistir a las malas sugestiones, así como su asistencia en las necesidades de la vida.


12. Oración. Espíritus prudentes y benévolos, mensajeros de Dios, cuya misión es la de asistir a los hombres y conducirles por el buen camino; sostenedme en las pruebas de esta vida, dadme fuerzas para sufrirlas sin murmurar; desviad de mí los malos pensamientos y haced que no dé acceso a ninguno de los malos espíritus que intenten inducirme al mal. Iluminad mi conciencia para que pueda ver mis defectos, y separad de mis ojos el velo del orgullo que podría impedirme el verlos y confesármelos a mí mismo.

Vos sobre todo, N..., mi ángel de la guarda, que veláis más particularmente sobre mí, y vosotros, espíritus protectores que tomáis interés por mí, haced que me haga digno de vuestra benevolencia. Conocéis mis necesidades; haced, pues, que me sea concedida la gracia, según la voluntad de Dios.


13. Otra. Dios mío, permitid a los buenos espíritus que me rodean, que vengan en mi auxilio cuando padezca o esté en peligro, y que me sostengan si vacilo. Haced, Señor, que me inspiren fe, esperanza y caridad; que sean para mi un apoyo, una esperanza y una prueba de vuestra misericordia; haced, en fin, que encuentre a su lado la fuerza que me falta para sobrellevar las pruebas de la vida y para resistir a las sugestiones del mal, la fe que salva y el amor que consuela.

14. Otra. Espíritus muy amados, ángeles guardianes, vosotros a quienes Dios, en su infinita misericordia, permite velar sobre los hombres, sed nuestros protectores en las pruebas de nuestra vida terrestre. Dad-nos fuerza, valor y resignación; inspiradnos todo lo bueno y detenednos en la pendiente del mal; que vuestra dulce influencia penetre vuestra alma; haced que conozcamos que un amigo sincero está aquí cerca de nosotros, que ve nuestros sufrimientos y toma parte en nuestros goces.

Y vos, mi ángel de la guarda, no me abandonéis; tengo necesidad de vuestra protección para sobrellevar con fe y amor las pruebas que Dios quiera enviarme.


Para alejar a los malos espíritus

15. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, y por dentro estáis llenos de rapiña y de inmundicia! - Fariseos ciegos, limpiad primero lo interior del vaso y del plato para que sea limpio lo que está fuera! - ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que sois semejantes a los sepulcros blanqueados, que parecen de fuera hermanos a los hombres y dentro están llenos de podredumbre y de toda sucíedad. - Así también vosotros, de fuera os mostráis justos a los ojos de los hombres: mas de dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad. (San Mateo, cap. XXIII, v. 25 a 28.)

16. Prefacio. Los malos espíritus sólo van adonde pueden satisfacer su perversidad; para alejarlos no basta pedirlo ni menos mandarlo; es preciso abandonar aquello que les atrae. Los malos espíritus olfatean las llagas del alma, como las moscas olfatean las del cuerpo; de la misma manera que las limpiáis del cuerpo por la inmundicia, limpiad también el alma de sus impurezas para evitar los espíritus malos. Como nosotros vivimos en un mundo en que pululan los malos espíritus, las buenas cualidades del corazón no siempre nos ponen al abrigo de sus tentativas, pero dan fuerza para resistirles.

17. Oración. En nombre de Dios Todopoderoso, que los malos espíritus se alejen de mí y que los buenos me sirvan de baluarte contra ellos.

Espíritus malhechores que inspiráis malos pensamientos a los hombres; espíritus tramposos y mentirosos que les engañáis; espíritus burlones que abusáis de su credulidad, os rechazo con todas las fuerzas de mi alma, y cierro el oído a vuestras sugestiones; pero deseo que se derrame sobre vosotros la misericordia de Dios.

Espíritus buenos que os dignáis asistirme, dadme fuerza para resistir a la influencia de los malos espíritus y luz necesaria para no ser la burla de sus perversas intenciones. Preservadme del orgullo y de la presunción; separad de mi corazón los celos, el odio, la malevolencia, y todo sentimiento contrario a la caridad, porque son otras tantas puertas abiertas al espíritu del mal.


Para corregirse de un defecto

18. Prefacio. Nuestros malos instintos son resultado de la imperfección de nuestro propio espíritu, y no de nuestra organización, pues de otra manera, el hombre no tendría ninguna responsabilidad. Nuestro mejoramiento depende de nosotros, porque todo hombre que tiene el goce de sus facultades, tiene, para todas las cosas, la libertad de hacer o de dejar de hacer; para hacer el bien sólo le falta voluntad. (Cap. XV, núm. 10. - Cap. XIX, núm. 12.)

19. Oración. Dios mío, vos me habéis dado la inteligencia necesaria para distinguir el bien del mal; así, pues, desde el momento en que reconozco que una cosa es mala, soy culpable, porque no me esfuerzo en rechazarla.

Preservadme del orgullo que podría impedirme el ver mis defectos, y de los malos espíritus que podrían excitarme a perseverar en ellos.

Entre mis imperfecciones, reconozco que particularmente estoy inclinado a... y si no resisto a esta tentación es por la costumbre que tengo de ceder a ella.

Vos me habéis creado culpable, porque sois justo; pero me habéis creado con una aptitud igual tanto para el bien como para el mal. Si he seguido el mal camino es por efecto de mi libre albedrío. Pero, por la misma razón que he tenido la libertad de hacer mal, tengo también la de hacer bien y cambiar de camino.

Mis defectos actuales son un resto de las imperfecciones de mis precedentes existencias: este es mi pecado original, del que puedo despojarme por mi voluntad y con la asistencia de los buenos espíritus.

Espíritus buenos que me protegéis, y vos sobre todo, mi ángel guardián, dadme fuerza para resistir a las malas sugestiones y salir victorioso de la lucha.

Los defectos son barreras que nos separan de Dios, y cada uno que se domina es un paso en cl camino del adelantamiento que debe acercarme a El.

El Señor, en su infinita misericordia se ha dignado concederme esta existencia para que sirva a mi adelantamiento; espíritus buenos, ayudadme para que la emplee bien, con el fin de que no sea una existencia perdida para mí, y para que cuando Dios quiera quitármela, salga mejor que cuando en ella entré. (Cap. V, núm. 5; cap. XVII, núm. 3.)


Para resistir a una tentación

20. Prefacio. Todo mal pensamiento puede tener dos orígenes: la propia imperfección de nuestra alma o una influencia funesta que obre sobre ella. En este último caso es siempre indicio de una debilidad que nos hace propios para recibir esta influencia, y por consiguiente, de un alma imperfecta; de tal modo, que el que comete una falta, no podría dar por excusa la influencia de un espíritu extraño, puesto que "este espíritu no le habría inducido al mal si le hubiere considerado inaccesible a la seducción".

Cuando un mal pensamiento surge a nosotros, podemos, pues, representarnos a un espíritu malévolo que nos induce al mal, y a quien somos libres de acceder o de resistir, como si se tratara de las instigaciones de una persona viviente Al mismo tiempo debemos representarnos a nuestro ángel guardián o espírltu protector, que por su parte combate en nosotros la mala influencia y espera con ansiedad "la decisión que vamos a tomar". Nuestra vacilación en hacer el mal es la voz del espíritu bueno que se hace oir por la conciencia.

Se conece que un pensamiento es malo cuando se aparta de la caridad, que es la base de toda verdadera moral; cuando tiene por principio el orgullo, la vanidad o el egoísmo; cuando su realización puede causar un perjuicio cualquiera a otro; cuando, en fin, nos induce a hacer otras cosas que las que quisiéramos que nos hicieran a nosotros. - (Cap. XXVIII, número 15. - Cap. XV, núm. 10.)

21. Oración. Dios Todopoderoso, no me dejéis sucumbir a la tentación que tengo de cometer una falta.

Espíritus buenos que me protegéis, desviad de mí este pensamiento malo y dadme fuerza para resistir a la sugestión del mal. Si sucumbo, habré merecido la expiación de mi falta, tanto en esta vida como en la otra, porque soy libre de elegir.


Acción de gracias por una victoria obtenida contra una tentación

22. Prefacio. El que ha resistido a la tentación, lo debe a la asistencia de los buenos espíritus cuya voz ha escuchado. Debe dar gracias de ello a Dios y a su ángel guardián.

23. Oración. Dios mío, os doy gracias por haberme permitido salir victorioso de la lucha que acabo de sostener contra el mal; haced que esta victoria me dé fuerza para resistir las nuevas tentaciones.

Y a vos, mi ángel guardián, os doy las gracias por la asistencia que me habéis dado. Que mi sumisión a vuestros consejos me haga digno de continuar en vuestra protección.

Para pedir un consejo


24. Prefacio. Cuando estamos indecisos en hacer una cosa, ante todo, debemos hacernos estas preguntas:

1ª Lo que pretendo hacer, ¿puede recaer en perjuicio de otro?

2ª ¿Puede ser de utilidad para alguno?

3ª Si otro hiciera esto con respecto a mí, ¿quedaria yo satisfecho?

Si esta cosa sólo interesa a sí mismo, está permitido pesar las ventajas y los inconvenientes personales que de ella pueden resultar.

Si interesa a otro, y haciendo bien para uno pueda resultar mal para otro, es menester igualmente pesar la suma del bien y del mal para obrar en consecuencia.

En fin, aun para las cosas mejores, es menester considerar la oportunidad y las circunstancias accesorias, porque una cosa buena por sí misma puede tener malos resultados en manos inhábiles y si no se hace con prudencia y circunspección. Antes de emprender una cosa conviene consultar las propias fuerzas y los medios de ejecución.

En todos los casos se puede siempre reclamar la asistencia de los espíritus protectores recordando esta sábía máxima: "En la duda, abstente". (Cap. XXVIII, núm. 38.)

25. Oración. En nombre de Dios Todopoderoso, espíritus buenos que me protegéis, inspiradme para que tome una buena resolución en la incertidumbre en que me encuentro. Dirigid mi pensamiento hacia el bien y desviad la influencia de aquellos que intentasen separarme del buen camino.

En las aflicciones de la vida


26. Prefacio. Nosotros podemos pedir a Dios favores terrestres, y El puede concedérnoslos cuando tienen un objeto útil y formal pero como nosotros juzgamos la utilidad de las cosas desde nuestro punto de vista, y nuestra vista está limitada al presente, no siempre vemos la parte mala de lo que deseamos. Dios, que ve más que nosotros y sólo quiere nuestro bien, puede, pues, negárnoslo, como un padre rehusa a su hijo lo que puede dañarle. Si no se nos concede lo que pedimos, no debemos desanimarnos; por el contrario, es menester que pensemos que la privación de lo que deseamos se nos ha impuesto como prueba o como expiación, y que nuestra recompensa será proporcionada a la designación con que la sobrellevamos. (Cap. XXVII, núm. 6; Capítulo II, núms. 5, 6 y 7.)

27. Oración. Dios Todopoderoso que veis mis mi-serías, dignáos escuchar favorablemente los votos que os dirijo en este momento. Si mi súplica es inconsiderada, perdonádmela; si es justa y útil a vuestros ojos, que los buenos espíritus que ejecutan vuestra voluntad, vengan en mi ayuda para su cumplimiento.

Cualquiera cosa que suceda, Dios mío, que se haga vuestra voluntad. Si mis deseos no son escuchados, es porque entra en vuestros designios el probarme, y a ello me someto sin murmurar. Haced que no conciba por ello desconfianza, y que mi fe y mi resignación no flaqueen. (Formúlese la demanda.)


Acción de gracias por un favor especial obtenido

28. Prefacio. No deben considerarse sólo como acontecimiento felices las cosas de grande importancia; las más pequeñas en apariencia, son, a menudo, las que influyen más en nuestro destino. El hombre olvida fácilmente el bien y se acuerda mejor de lo que le aflige. Si notáramos diariamente los beneficios de que somos objeto, sin haberlos solicitado, nos admiraríamos muchas veces de haber recibido tantos que se han borrado de nuestra memoria, y nos humillaríamos por nuestra ingratitud.

Todas las noches, elevando nuestra alma a Dios, debemos acordarnos de los favores que nos ha concedido durante el día, y darle gracias. Sobre todo en el momento mismo en que experimentamos el efecto de su bondad y de su proteccion, debemos, por un movimiento espontáneo, manifestarle nuestra gratitud; basta para ésto dirigirle el pensamiento mencionando el beneficio, sin que haya necesidad de dejar el trabajo.

Los beneficios de Dios no consisten sólo en cosas materiales; es menester darle gracias por las buenas ideas y por las felices inspiraciones que nos ha sugerido. Mientras que el orgulloso se atribuye por ello un mérito y el incrédulo lo atribuye a la casualidad, el que tiene fe da por ello gracias a Dios y a los buenos espíritus. Para eso las frases largas son inútiles: "Gracias Dios mío, por el buen pensamiento que me habéis inspirado". Esto dice más que muchas palabras. El impulso espontáneo que no: hace atribuir a Dios el bien que recibimos, atestigua una costumbre de reconocimiento y humildad, que nos concilia la simpatía de los buenos espíritus. (Capítulo XXVII, núms. 7 y 8.)

29. Oración. Dios infinitamente bueno, que vuestro nombre sea bendito por los bienes que me habéis concedido; sería indigno si los atribuía a la casualidad de los acontecimientos o a mi propio mérito.

A vosotros, espíritus buenos, que habéis sido ejecutores de la voluntad de Dios, y a vos sobre todo, mi ángel guardián, os doy las gracias. Separad de mí el pensamiento de enorgullecerme, y de hacer de ello un uso que no sea para el bien.

Particularmente os doy las gracias por... (Dígase el favor que se ha recibido.)


Acto de sumisión y resignacion

30. Prefacio. Cuando tenemos un motivo de aflicción, si buscamos la causa encontraremos muchas veces que es consecuencia de nuestra imprudencia, de nuestra impresión, o de una acción anterior; en este caso, a nadie debemos culpar sino a nosotros mismos. Si la causa de una desgracia es independiente de toda participación nuestra, es una prueba para esta vida o la expiación de una existencia pasada, y en este último caso, la naturaleza de la expiación puede hacernos conocer la naturaleza de la falta, porque siempre somos castigados por donde hemos pecado. (Cap. V, núms. 4, 6 y siguientes.)

En lo que nos aflige, en general, sólo vemos el mal presente, y no las consecuencias ulteriores favorables que esto puede tener. El bien es muchas veces consecuencia del mal pasajero, como la curación de un enfermo es resultado de los medios dolorosos que se han empleado para obtenerla. En todos los casos debemos someternos a la voluntad de Dios y soportar con valor las tribulaciones de la vida, si queremos que se nos tome en cuenta y que se nos apliquen estas palabras de Cristo: Bienaventurados los que sufren. (Cap. V, núm. 18.)

31. Oración. Dios mio, vos sois soberanamente justo; todo sufrimiento en la tierra, debe, pues, tener su causa y su utilidad. Yo acepto el motivo de aflicción que acabo de experimentar como una expiación de mis faltas pasadas y como una prueba para el porvenir.

Espíritus buenos que me protegéis, dadme fuerza para soportarla sin murmurar; haced que sea para mí una advertencia saludable, que aumente mi experiencia y que combata en mí el orgullo, la ambición, la necia vanidad y el egoísmo, y que todo contribuya a mi adelantamiento.

32. Otra. Yo siento, Dios mío, la necesidad de rogaros para que me déis fuerza para sobrellevar las pruebas que habéis tenido a bien enviarme. Permitid que la luz sea bastante viva para que mi espíritu aprecie en todo su valor el amor que me aflige para salvarme. Me someto con resignación, oh Dios mío, pero ¡ay! la criatura es tan débil, que si vos no me sostenéis, Señor, temo sucumbir. No me abandonéis, porque sin vos, nada puedo.

33. Otra. He levantado mis ojos hacía tí, oh Eterno, y me he sentido fortificado. Tú eres mi fuerza: no me abandones, ¡oh Dios! ¡Estoy abatido bajo el peso de mis iniquidades! ayúdame. ¡Tú conoces la debilidad de mi carne, y no apartas tus miradas de mi!

Estoy devorado por una sed ardiente: haz que brote un manantial de agua viva, y quedará aquélla apagada. Que no se abra mi boca sino para cantar tus alabanzas y no para murmurar en las aflicciones de mi vida. Soy débil, pero tu amor me sostendrá.

¡Oh Eterno! Tú sólo eres grande, tú sólo eres el fin y el objeto de mi vida. Si me hieres, que por ello sea tu nombre bendito, porque tú eres el Señor y yo el servidor infiel, y doblaré la cabeza sin quejarme, porque sólo tú eres grande.

En un peligro inminente


34. Prefacio. En los peligros a que estamos expuestos, Dios nos recuerda nuestra debilidad y la fragilidad de nuestra existencia. Nos enseña que nuestra vida está en sus manos y que pende de un hilo que puede romperse cuando menos lo esperamos. En cuanto a esto, no hay privilegio para nadie, porque tanto el grande como el pequeño están sometidos a las mismas alternativas.

Si se examinan la naturaleza y las consecuencias del peligro, se verá que muchas veces, si se hubiesen cumplido esas consecuencias, hubieran sido castigo de una falta cometida o de un "deber descuidado".

35. Oración. ¡Dios Todopoderoso, y vos, mi ángel de la guarda; socorredme! Si debo sucumbir, que se haga la voluntad de Dios. Si me salvo, que en el resto de mi vida repare el mal que he hecho y del que me arrepiento.


Acción de gracias después de haber salido del peligro

36. Prefacio. Por el peligro que hemos corrido, Dios nos enseña que de un momento a otro podemos ser llamados a dar cuentas del empleo que hemos hecho de la vida; de este modo nos advierte para que nos reconcentremos y nos enmendemos.

37. Oración. A vos, Dios mío, y a vos, mi ángel de la guarda, os doy las gracias por el socorro que me habéis enviado cuando el peligro me amenazaba. Que este riesgo sea para mí un aviso que me ilumine sobre las faltas que han podido conducirme a él. Comprendo, Señor, que mi vida está en vuestras manos, y que podéis quitármela cuando bien os parezca. Inspíradme, por los buenos espíritus que me asisten, el pensamiento de emplear útilmente el tiempo que me permitáis estar aún en este mundo.

Angel custodio, sostenedme en la resolución que tomo de reparar mis agravios y de hacer todo el bien que de mí dependa, con el fin de llegar con menos imperfecciones al mundo de los espíritus cuando quiera Dios llamarme.


En el momento de dormirse

38. Prefacio. El sueño es el descanso del cuerpo, pcro el espíritu no tiene necesidad de este descanso. Mientras que los sentidos se adormecen, el alma se desprende en parte de la materia, y goza de las facultades de espíritu. El sueño se le ha dado al hombre para reparar las fuerzas orgánicas y las fuerzas morales. Mientras el cuerpo recobra los elementos que ha perdido por la actividad de la vigilía, el espíritu va a fortalecerse entre los otros espíritus: con lo que ve, con lo que oye, y con los consejos que se le dan, adquiere ideas, que vuelve a encontrar al despertar en estado de intuición; es el regreso temporal del desterrado a su verdadera patria; es como el preso a quien se pone en libertad momentáneamente.

Pero suele suceder, como con el preso, que el espíritu no siempre saca provecho de este momento de libertad para su adelantamiento; si tiene malos instintos, en vez de buscar la compañía de los buenos espíritus busca la de sus semejantes, y va a los lugares en donde puede dar curso a sus inclinaciones.

El que esté penetrado de esta verdad, que eleve su pensamiento en el momento que quiera dormirse; que recurra a los consejos de los buenos espíritus y de aquellos cuya memoria le es grata, a fin de que vengan a reunirse a él en el corto intervalo que se le concede, y al despertarse se encontrará más fuerte contra el mal y tendrá más valor contra la adversidad.

39. Oración. Mí alma va a encontrarse un instante con los otros espíritus. Que véngan los buenos y me ayuden con sus consejos. Angel de la guarda, haced que al despertar conserve de ello una impresión saludable y duradera.


Cuando se prevé una muerte próxima

40. Prefacio. La fe en el porvenir, la elevación del pensamiento, durante la vida, hacia los destinos futuros, ayudan al pronto desprendimiento del espíritu debilitando los lazos que le retienen al cuerpo; y muchas veces no se ha concluido aún la vida del cuerpo, cuando el alma impaciente ha remontado el vuelo hacia la inmensidad. Lo contrario sucede al hombre que concentra todos sus pensamientos en las cosas materiales, pues los lazos son tenaces, "la separación es penosa y dolorosa" y el despertar de ultratumba está lleno de turbación y de ansiedad.

41. Oración. Dios mío, yo creo en vos y en vuestra bondad infinita; por esto no puedo creer que diérais la inteligencia al hombre para conoceros y la aspiración al porvenir para sumergirle después en la nada.

Creo que mi cuerpo es sólo la envoltura perecedera de mi alma, y que cuando haya cesado de vivir, me despertaré en el mundo de los espíritus.

Dios todopoderoso, siento romperse los lazos que unen mi alma al cuerpo, y muy pronto voy a dar cuenta del empleo hecho de la vida que dejo.

Voy a sufrir las consecuencias del bien o del mal que hice; allí no hay ilusiones, no hay subterfugio posible; todo mi pasado va a desenvolverse delante de mí, y seré juzgado según mis obras.

Nada me llevaré conmigo de los bienes de la tierra: honores, riquezas, satisfacciones de vanidad y orgullo, todo lo que pertenece al cuerpo, en fin, va a quedar aquí en la tierra; ni el menor átomo me seguirá y nada de todo esto me servirá de socorro en el mundo de los espíritus. Sólo llevaré conmigo lo que pertenece al alma, es decir, las buenas y las malas cualidades, que se pesarán en la balanza de una rigurosa justicia, y seré juzgado con tanta más severidad cuantas más ocasiones habré tenido de hacer el bien y no lo habré hecho. (Cap. VI, número 9.)

¡Dios de misericordia, que mi arrepentimiento llegue hasta vos! Dignáos extender sobre mí vuestra indulgencia.

Si os pluguiese prolongar mi existencia, que sea el resto para reparar, tanto como de mí dependa, el mal que he podido hacer. Si mi hora ha llegado, llevo conmigo la idea consoladora que me será permitido rescatarme por medio de nuevas pruebas a fin de merecer un día la felicidad de los elegidos.

Si no me es permitido gozar inmediatamente de esta felicidad suprema, que sólo pertenece al justo por excelencia, sé que no me está negada eternamente la esperanza, y que con el trabajo, llegaré al fin más tarde o más temprano, según mis esfuerzos.

Sé que buenos espíritus y mi ángel guardián están aquí, cerca de mí, para recibirme, y que dentro de poco les veré como ellos me ven. Sé que volveré a encontrar a los que he amado en la tierra, "si lo he merecido", y los que dejo vendrán a unirse conmigo para que un día estemos juntos para siempre, y que mientras tanto, podré venir a visitarles.

Sé también que voy a encontrar a los que he ofendido; les ruego que me perdonen lo que puedan reprocharme mi orgullo, mi dureza, mis injusticias, y que no me confundan de verguenza con su presencia.

Perdono a todos los que me han hecho o han querido hacerme mal en la tierra, no les conservo mala voluntad y ruego a Dios que les perdone.

Señor, dadme fuerzas para dejar sin pesar los goces groseros de este mundo, que nada son al lado de los goces puros del mundo en que voy a entrar. Allí, para el justo, ya no hay tormentos, sufrimientos, ni miserias; sólo sufre el culpable, pero le queda la esperanza.

Buenos espíritus, y vos, mi ángel de la guarda, haced que no flaquee en este momento supremo; haced que resplandezca a mis ojos la luz divina para que reanime mi fe, si llegase a vacilar.

Nota. - Véase el párrafo V: Oraciones para los enfermos obsesados.


III. - ORACIONES PARA OTRO

Para los que están en la aflicción


42. Prefacio. Si está en el interés del afligido que su prueba siga su curso, no se abreviará por nuestra demanda; pero sería impiedad el desanimarse porque la súplica no sea atendida; además, en defecto de la cesación de la prueba, se puede esperar obtener algún otro consuelo que atempere la amargura lo que es verdaderamente útil para el que sufre, es el valor y la resignación, sin lo cual lo que sufre es sin provecho para él, porque estará obligado a empezar de nuevo la prueba.

Con este objeto, pues, es menester dirigir todos los esfuerzos sea llamando a los buenos espíritus en su ayuda, sea aumentando uno mismo la moral del afligido por medio de consejos y animándole, sea, en fin, asistiéndole materialmente si se puede. La oración en este caso, puede además, tener un efecto directo, dirigiendo sobre la persona una corriente fluídica con la mira de fortificar su moral. (Cap. V, núms. 5 y 27; capítulo XXVII, núms. 6 y 10).

43. Oración. Dios mío, cuya bondad es infinita, dignaos aliviar la amarga posición de N... si tal es vuestra voluntad.

Espíritus buenos, en nombre de Dios todopoderoso, os suplico que le asistáis en sus aflicciones, si algo puede hacerse en interés suyo, haciéndole comprender que son necesarias para su adelantamiento. Dadie confianza en Dios y en el porvenir, y se le harán menos duras. Dadle también fuerza para que no sucumba a la desesperación; porque perdería el fruto y haría que su posición futura fuera más penosa. Conducid mi pensamiento hacia él y que le ayude a sostener su ánimo.


Acción de gracias por un favor concedido a otro

44. Prefacio. El que no está dominado por el egoísmo se alegra del bien del prójimo, aun cuando no lo haya solicitado por la oración.

45. Oración. Dios mío, bendito seáis por la felicidad que habéis concedido a N...

Espíritus buenos, haced que vea en ella un efecto de la bondad de Dios. Si el bien que se le concede es una prueba, inspiradle el pensamiento de que haga de él un buen uso y no para que le sirva de vanidad, con el fin de que este bien no sea en perjuicio suyo en el porvenir.

Vos, mi buen genio que me protegéis y deseais mi felicidad, separad de mi pensamiento todo sentimiento de envidia y de celos.


Para nuestros enemigos y para los que nos quieren mal

46. Prefacio. Jesús dijo: "Amad también a vuestros enemigos". Esta máxima es lo sublime de la caridad cristiana; pero Jesús no quiere decir con esto que debamos tener con nuestros enemigos la misma ternura que tenemos con nuestros amigos; nos quiso decir con estas palabras, que olvidemos sus ofensas, que les perdonemos el daño que nos han hecho, devolviéndoles bien por mal. Además el mérito que resulta de ello a los ojos de Dios, es manifestar a los ojos de los hombres la verdadera superioridad. (Cap. XII, núms. 3 y 4).

47. Oración. Dios mío, yo perdono a N... el mal que me ha hecho y el que ha querido hacerme, así como deseo que vos me perdonéis, y que él mismo me perdone lo que yo haya podido hacer contra él. Si lo habéis colocado a mi paso como una prueba, que se cumpla vuestra voluntad.

Desviad de mí, Dios mío, la idea de maldecirle y todo deseo malévolo contra él. Haced que yo no experimente ninguna alegría por las desgracias que pueda tener, ni pena por los bienes que puedan concedérsele, con el fin de no manchar mi alma con pensamientos indignos de un cristiano.

Señor, que vuestra bondad se extienda sobre él y le conduzca mejores sentimientos respecto a mí.

Espíritus buenos, inspiradme el olvido del mal y el recuerdo del bien. Que ni el odio, ni el rencor, ni el deseo de volverle mal por mal, entren en mi corazón, porque el odio y la venganza sólo pertenecen a los espíritus malos, encarnados y desencarnados. Por el contrario, que esté pronto a tenderle fraternalmente la mano, a volverle bien por mal y a socorrerle si me es posible.

Deseo, para probar la sinceridad de mis palabras, que se me ofrezca la ocasión de serle útil; pero sobre todo, Dios mío, preservadme de hacer nada por orgullo u ostentación confundiéndole con una generosidad humillante, lo que me haría perder el fruto de mi acción, porque entonces merecería que se me aplicasen aquellas palabras de Cristo: "Tú recibiste ya la recompensa". (Cap. XIII, números 1 y siguientes).


Acción de gracias por el bien concedido a nuestros enemigos

48. Prefacio. El no desear mal a sus enemigos, es ser caritativo a medias; la verdadera caridad requiere que les deseemos el bien, y que nos alegremos por las gracias que Dios les concede. (Cap. XII, núms. 7 y 8).

49. Oración. Dios mío, en vuestra justicia habéis querido alegrar el corazón de N... os doy las gracias por él, a pesar del mal que me ha hecho o ha procurado hacerme. Si se aprovechase de ello para humillarme, lo aceptaré como una prueba para mí, ejerciendo la caridad.

Espíritus buenos que me protegéis, no permitáis que tenga por ello ningún pesar; desviad de mí la envidia y los celos que degradan; inspiradme, por el contrario, la generosidad que eleva. La humillación está en el mal y no en el bien, y sabemos que tarde o temprano se hará a cada uno justicia según sus obras.

Para los enemigos del espiritismo


50. Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque serán hartos.

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados sois cuando os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren todo mal contra vosotros mintiendo, por mi causa. Gozaos y alegraos porque vuestro galardón muy grande es en los cielos. Pues así también persiguieron a los profetas, que fueron antes de vosotros. (San Mateo, cap. X, v. 6, 10, 11 y 12).

Y no temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma; temed antes al que puede echar el alma y el cuerpo en el infierno. (San Mateo, cap. X, v. 28).

51. Prefacio. De todas las libertades, la más inviolable es la de pensar, que comprende también la libertad de conciencia. Anatematizar a los que no piensan como nosotros, es reclamar esta libertad para sí y rehusaría a los otros, es violar el primer mandamiento de Jesús: la caridad y el amor al prójimo. Perseguirles por su creencia, es atentar al derecho más sagrado que tiene todo hombre de creer lo que le conviene y adorar a Dios del modo que él lo entienda. Obligarles a los actos exteriores parecidos a los nuestros, es manifestar que se atiende más a la forma que al fondo, a las apariencias más que a la convicción. La abjuración forzada nunca ha dado fe; sólo puede hacer hipócritas. Es un abuso de la fuerza material, que no prueba la verdad; "la verdad está segura de sí misma; convence y no persigue, porque no tiene necesidad de ello".

El Espiritismo es una opinión, una creencia; aun cuando fuese una religión, ¿por qué no ha de tener el hombre la libertad de llamarse espiritista, como tiene la de llamarse católico, judío o protestante, partidario de cual o tal doctrina filosófica, de tal o cual sistema económico? Aquella creencia es falsa o verdadera; si es falsa, caerá por su propio peso, porque el error no puede prevalecer contra la verdad cuando las inteligencias se ilustran; si es verdadera, la persecución no la hará falsa.

"La persecución es el bautismo de toda idea nueva, grande y justa"; crece con la grandeza y la importancia de la idea. El encarnizamiento y la cólera de los enemigos de la idea está en razón del miedo que les inspira. Por esta razón el cristianismo fué perseguido en otro tiempo y el Espiritismo lo es hoy con la diferencia, sin embargo, de que el cristianismo lo fué por paganos mientras que el Espiritismo lo es por cristianos. El tiempo de las persecuciones sangrientas ha pasado, es verdad; pero si no se mata el cuerpo, se atormenta al alma; se la ataca hasta en los sentimientos más íntimos, en los afectos más caros; se dividen las familias, se excita a la madre contra la hija, a la esposa contra el marido; se ataca aún el cuerpo en sus necesidades materiales, quitándole su modo de vivir para sitiarle por el hambre. (Cap. XXIII, núm. 9 y siguientes).

Espiritistas, no os aflijáis por los tiros que os disparan, porque asi prueban que la verdad está de vuestra parte, pues de lo contrario os dejarían tranquilos y no os persiguirían. Es una prueba para vuestra fe, pero con vuestro valor, con vuestra resignación y con vuestra perseverancia, Dios os reconocerá entre sus fieles servidores, cuya enumeración hace hoy para dar a cada uno la parte que le corresponde según sus obras.

A ejemplo de los primeros cristianos, tened, pues, orgullo en llevar vuestra cruz. Creed en las palabras de Cristo que dijo: "Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos". No temáis a los que matan al cuerpo, pero que no pueden matar el alma. Dijo también "Amad a vuestros enemigos haced bien a los que os hacen mal y rogad por los que os persiguen". Mostrad que sois verdaderos discípulos, y que vuestra doctrina es buena, haciendo lo que El dijo e hizo.

La persecución durará sólo un tiempo limitado; esperad, pues, con paciencia el despuntar de la aurora, porque la estrella de la mañana se vislumbra en el horizonte. (Cap. XXIV, números 13 y siguientes).

52. Oración. Señor, nos habéis hecho decir por boca de Jesús, vuestro Mesías: "Bienaventurados los que sufren persecución de la justicia; perdonad a vuestros enemigos; rogad por los que os persiguen"; y El mismo nos ha enseñado el camino rogando por sus verdugos.

A su ejemplo, Dios mío, solicitamos vuestra misericordia para los que desconocen vuestros divinos preceptos, los únicos que pueden asegurar la paz en este mundo y en el otro. Nosotros decimos como Cristo: "Perdonadles, Padre Nuestro, porque no saben lo que hacen".

Dadnos valor para soportar con paciencia y resignación, como pruebas para nuestra fe y humildad, sus burlas, sus injurias, sus calumnias y persecuciones; alejadnos de todo pensamiento de represalias, porque la hora de vuestra justicia sonará para todos y nosotros la esperamos sometiéndonos a vuestra santa voluntad.

Oración para un niño recién nacido

53. Prefacio. Los espíritus no llegan a la perfección sino después de haber pasado por las pruebas de la vida corporal: los que están errantes esperan que Dios les permita volver a tomar otra existencia que debe proporcionarles un medio de adelantamento, ya sea por la expiación de sus faltas pasadas por medio de vicisitudes, a las que se han sometido, ya. sea también cumpliendo una misión útil a la humanidad. Su adelantamiento y su felicidad futura serán proporcionados a la manera como habrán empleado el tiempo que deben pasar en la Tierra. El encargo de guiar sus primeros pasos y dirigirles hacia el bien está confiado a sus padres, que responderán ante Dios del modo como hayan cumplido su mandato. Para facilitar esta ejecución, Dios ha hecho del amor paternal y del amor filial una ley de la naturaleza, ley que no se viola jamás impunemente.

54. Oración. (Dichas por los padres). - Espíritu que te has encarnado en el cuerpo de nuestro hijo, bien venido seas entre nosotros; Dios Todopoderoso que lo habéis enviado, bendito seáis.

Este es un depósito que nos ha sido confiado, del que debemos dar cuenta en su día. Si pertenece a la nueva generación de los espíritus que debe poblar la Tierra, ¡gracias, Dios mío, por este favor! Si es un alma imperfecta, nuestro deber es ayudarla a progresar en el camino del bien, por nuestros consejos y buenos ejemplos; si cae en el mal por culpa nuestra, de ello responderemos ante vos, porque no habremos cumplido nuestra misión respecto a él.

Señor, sostenednos en nuestro trabajo y dadnos fuerza y voluntad para cumplirlo. Si este niño debe ser objeto de nuestras pruebas, ¡que se cumpla vuestra voluntad!

Espíritus buenos que habéis venido a presidir su nacimiento y debéis acompañarle durante su vida, no lo abandonéis. Separad de él a los espíritus imperfectos que pudieran inducirle al mal; dadle fuerza para resistir a sus sugestiones y el valor para sufrir con paciencia y resignación las pruebas que le esperan en la Tierra. (Capítulo XIV, núm. 9).

55. Otra. Dios mío, me habéis confiado la suerte de uno de vuestros espíritus; haced, Señor, que sea digno del deber que se me ha impuesto; concededme vuestra protección; iluminad mi inteligencia con el fin de que pueda discernir con tiempo las tendencias del que debo preparar para entrar en vuestra paz.

56. Otra. Dios clementísimo, puesto que habéis tenido a bien permitir al espíritu de este niño que venga a sufrir las pruebas terrestres para hacerle progresar, dadle la luz a fin de que aprenda a conoceros, amaros y adoraros.

Haced, por vuestro poder infinito, que esta alma se regenere eh el manantial de vuestras divinas instrucciones; que bajo el amparo de su ángel de la guarda, su inteligencia se aumente, se desarrolle y le enseñe el camino que conduce a vos; que la ciencia del Espiritismo sea la luz brillante que le ilumine a través de los escollos de la vida; que sepa, en fin, apreciar toda la inmensidad de vuestro amor, que nos prueba para fortificamos.

Señor, echad una mirada paternal sobre la familia a que habéis confiado esta alma; que pueda comprender la importancia de su misión y haced germinar en este niño las buenas semillas, hasta el día en que él mismo pueda, por sus propias aspiraciones, elevarse solo hacia vos.

Dignaos, oh Dios mío, escuchar esta humilde plegaria, en nombre y por los méritos del que dijo: "Dejad venir a mí los niños, porque el reino de los cielos es para los que se les parecen."


Para un agonizante

57. Prefacio. La agonía es el preludio de la separación del alma y del cuerpo; se puede decir que en este momento el hombre sólo tiene un pie en este mundo y el otro fuera de él.

Este tránsito es algunas veces penoso para los que están muy ligados a la materia y han vivido más para los bienes de este mundo que para los del otro, o cuya conciencia está agitada por los pesares y remordimientos: en aquellos, por el contrario, cuyos pensamientos se han elevado hacia el infinito y se han desprendido de la materia, los lazos se desatan con más facilidad, y los últimos momentos nada tienen de doloroso; el alma está entonces unida al cuerpo por un hilo, mientras que en la otra posición está unida a él por profundas raíces; de todos modos la oración ejerce una acción poderosa en el trabajo de la separación. (Véase: Oraciones para los enfermos. - "Cielo e Infierno", 2ª parte, cap. I, "El Tránsito").

58. Oración. Dios Todopoderoso y misericordioso, aquí tenéis un alma que deja su envoltura terrestre para volver al mundo de los espíritus, su verdadera patria; que pueda entrar allí en paz, y que vuestra misericordia se extienda sobre ella.

Espíritus buenos que la habéis acompañado en la Tierra, no la abandonéis en este momento supremo; dadle fuerza para soportar los últimos sufrimientos que debe padecer en la tierra para su adelantamiento futuro; inspiradle para que consagre al arrepentimiento de sus faltas los últimos destellos de inteligencia que le restan o que pueden volverle momentáneamente.

Dirigid mi pensamiento a fin de que su acción haga menos penosa la separación, y que lleve en su alma, en el momento de dejar la Tierra, los consuelos de la esperanza.


IV. - ORACIONES PARA LOS QUE YA NO ESTAN EN LA TIERRA

Para los recién fallecidos


59. Prefacio. Las oraciones por los espíritus que acaban de dejar la Tierra, no tienen sólo por objeto el darles un testimonio de simpatía, sino que tienen también por objeto ayudar a su desprendimiento, y por lo tanto, abreviar la turbación que sigue siempre a la separación, y darles más calma al despertar. Pero también en ésta, como en cualquier otra circunstancia, la eficacia está en la sinceridad del pensamiento y no en la abundancia de palabras dichas con más o menos pompa, y en las cuales muchas veces el corazón no forma ninguna parte.

Las oraciones que parten del corazón, resuenan alrededor del espíritu, cuyas ideas están aún confusas, como las voces amigas que nos sacan del sueño. (Cap. XXVII, núm. 10).

60. Oración. Dios Todopoderoso, ¡que vuestra misericordia se extienda sobre esa alma que acabáis de llamar a Vos! ¡Que las pruebas que ha sufrido en esta vida le sean tomadas en cuenta, y nuestras oraciones puedan aliviar y abreviar las penas que tenga aún que sufrir como espíritu!

Espíritus buenos que habéis venido a recibirle, y sobre todo vos, su ángel de la guardia, asistidle para ayudarle a despojarse de la materia; dadle la luz y la conciencia de si rnismo con el fin de sacarle de la turbación que acompaña al tránsito de la vida corporal a la vida espiritual. Inspiradle el arrepentimiento de las faltas que haya cometido y el deseo de que le sea permitido el repararlas para activar sú adelantamiento hacia la vida de eterna bienaventuranza.

N... acabas de entrar en el mundo de los espíritus, y sin embargo estás presente entre nosotros; nos oyes y nos escuchas, porque no hay más diferencia entre tú y nosotros que el cuerpo perecedero que acabas de dejar y que muy pronto será reducido a polvo.

Has dejado la grosera envoltura sujeta a las vicisitudes y a la muerte y sólo conservas la envoltura etérea, imperecedera e inaccesible a los sufrimientos. Si no vives ya por el cuerpo, vives de la vida de los espíritus, y esta vida está exenta de las miserias que afligen a la humanidad.

Tampoco tienes el velo que oculta a nuestros ojos los resplandores de la vida futura; de hoy en adelante podrás contemplar nuevas maravillas, mientras que nosotros estamos aún sumergidos en las tinieblas.

Vas a recorrer el espacio y visitar los mundos con toda libertad, mientras que nosotros nos arrastramos penosamente sobre la tierra, en la que nos retiene nuestro cuerpo material, semejante para nosotros a una carga muy pesada.

El horizonte del infinito va a desarrollarse delante de tí, y en presencia de tanta grandeza comprenderás la voluntad de nuestros deseos terrestres, de nuestras ambiciones mundanas y de nuestros goces fútiles de que los hombres hacen sus delicias.

La muerte es sólo para los hombres una separación material de algunos instantes. Desde el lugar del destierro en donde nos retiene aún la voluntad de Dios, así como los deberes que tenemos que cumplir en la tierra, te seguiremos con el pensamiento hasta el momento en que se nos permita reunirnos a tí, así como tú te has reunido con los que te han precedido.

Si nosotros no podemos ir a tu lado, tú puedes venir al nuestro. Ven, pues, entre los que te aman y que has amado; sosténles en las pruebas de la vida, vela por los que te son queridos, protégeles según tu poder y calma sus pesares con el pensamiento de que eres más feliz ahora y con la consoladora certeza de estar reunidos un día en mundo mejor.

En el mundo donde estás deben extinguirse todos los resentimientos terrestres. ¡Que a ellos seas inaccesible para tu felicidad futura! Perdona, pues, a los que han podido hacerte algún agravio, como ellos te perdonan el que tú puedes haberles hecho.

Nota: Pueden añadirse a esta oración, aplicable a todos, algunas palabras especiales, según las circunstancias particulares de familia o de relación y la posíción del difunto.

Si se trata de un niño, el Espiritismo nos enseña que éste no es un espíritu de creación reciente, sino que ha vivido ya y puede ser también muy avanzado. Si su última existencia ha sido corta es porque no era más que un complemento de la prueba, o debía ser una prueba para su padres. (Cap. V, número 21).

61. Otra. Señor Todopoderoso, ¡que vuestra misericordia se extienda sobre nuestros hermanos que acaban de dejar la Tierra! ¡que vuestra luz resplandez ca a sus ojos! ¡Sacadles de las tinieblas, abridles los ojos y los oídos! ¡que vuestros espíritus les rodeen y les hagan oir las palabras de paz y de esperanza!

Señor, por indignos que seamos nos atrevemos a implorar vuestra misericordiosa indulgencia en favor de aquél de nuestros hermanos que acaba de ser llamado del destierro; haced que su regreso sea el del hijo pródigo. Olvidad, ¡oh Dios mio! las faltas que ha podido cometer, para acordaros del bien que hizo. Vuestra justicia es inmutable, lo sabemos, pero vuestro amor es inmenso; os suplicamos que aplaquéis vuestra justicia por ese manantial de bondad que mana de vos.

¡Que la luz se haga por tí, hermano mío, que acabas de dejar la Tierra! ¡Que los buenos espíritus del Señor desciendan hacia tí, rodeándote y ayudándote a sacudir tus cadenas terrestres! CQmprende y mira la grandeza de Nuestro Señor; sométete sin murmurar a su justicia, pero no desesperes jamás de su misericordia. ¡Hermano! ¡que una formal mirada sobre tu pasado te abra las puertas del porvenir haciéndote comprender las faltas que dejas detrás de tí y el trabajo que te queda para repararlas! ¡Que Dios te perdone y que sus buenos espíritus te sostengan y te animen! Tus hermanos de la tierra rogarán por ti y te piden que ruegues por ellos. (1)


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(1) Esta oración fué dictada a un medium de Bordeaux en el momento en que pasaba por delante de sus ventanas el entierro de un desconocido.

Para las personas que se han amado

62. Prefacio. ¡Qué espantosa es la idea de la nada! ¡Qué dignos son de compasión los que creen que la voz del amigo que llora a su amigo se pierde en el vacío y no encuentra ningún eco que le responda! ¡No han conocido nunca las puras y santas afecciones los que piensan que todo muere con el cuerpo; que el genio que ha iluminado el mundo con su vasta inteligencia es un juego de la materia que se extingue para siempre como un soplo; que del más querido ser, de un padre, de una madre o de un hijo adorado, sólo queda un poco de polvo que el tiempo disipa para siempre!

¿Cómo un hombre de corazón puede quedar tranquilo con este pensamiento? ¿Cómo la idea de un anonadamiento absoluto no le hiela de espanto y no le hace desear al menos que no sea así? Si hasta el presente su razón no ha bastado para salir de dudas, ahí está el Espiritismo que viene a disipar toda incertidumbre sobre el porvenir, pruebas materiales que da la supervivencia del alma y <1e la existencia de los seres de ultratumba. Así es que por todas partes son acogidas estas pruebas con alegría, y renace la confianza, porque el hombre sabe de aquí en adelante que la vida terrestre sólo es un corto pasaje que conduce a una vida mejor, que sus trabajos en este mundo no se pierden para él, y que los afectos más sanos no se rompen para siempre. (Cap. IV, núm. 18; cap. V, núm. 21).

63. Oración. Dignáos, ¡oh Dios mío! acoger favorablemente la oración que os dirijo por el espíritu de N... hacedle entrever vuestras divinas luces y que le sea fácil el camino de la felicidad eterna. Permitid que los buenos espíritus le lleven mis palabras y mi pensamiento.

Tú que me eres querido en este mundo, oye mi voz que te llama para darte una nueva prueba de mi afecto. Dios ha permitido que fueses el primero en adquirir la libertad; no podría quejarme de ello sin egoísmo, porque sería desear para tí las penas y sufrimientos de esta vida. Espero, pues, con resignación el momento de nuestra reunión en el mundo más feliz en que me has precedido.

Yo sé que nuestra separación es momentánea y que por larga que pudiera parecerme, su duración se borra ante la eterna felicidad que Dios promete a sus elegidos. Que su bondad me preserve de hacer nada que pueda retardar este instante deseado, y que me ahorre de este modo el dolor de no volverte a encontrar al salir de mi cautiverio terrestre.

¡Oh! ¡Qué dulce y consoladora es la certeza de que sólo hay entre nosotros un velo material que te oculta a mi vista! Que puedes estar aquí, a mi lado, verme y oírme como otras veces, y aún mejor que antes; que no me olvidas como yo tampoco te olvido; que nuestros pensamientos no cesan de confundirse, y que el tuyo me sigue y me sostiene siempre.

Que la paz del Señor sea contigo.


Para las almas que sufren y piden oraciones

64. Prefacio. Para comprender el alivio que la oración puede procurar a los espíritus que sufren, es menester referirse a su modo de acción, que se ha explicado más arriba. (Capítulo XXVII, números 9, 18 y siguientes). El que está penetrado de esta verdad, ruega con más fervor por la certeza de que no ruega en vano.

65. Oración. Dios clemente y misericordioso, haced que vuestra bondad se extienda sobre todos los espíritus que desean nuestras oraciones, y particularmente sobre el alma de N...

Espíritus buenos cuya única ocupación es el bien, interceded comigo para su alivio. Haced que resplandezca a sus ojos un rayo de esperanza, y que la divina luz les ilumine y les haga ver las imperfecciones que les alejan de la morada de los bienaventurados. Abrid su corazón al arrepentimiento. Hacedles comprender que por su esfuerzo pueden abreviar el tiempo de sus pruebas.

¡Que Dios con su bondad les dé fuerza para perseverar en sus buenas resoluciones!

Que estas palabras benévolas puedan mitigar sus penas demostrándoles que hay en la tierra quien toma parte en ellas y que desea su felicidad.

66. Otra. Os suplicamos, Señor, que derraméis sobre todos los que sufren, sea en el espacio como espíritus errantes, sea entre nosotros como espíritus encarnados, las gracias de vuestro amor y de vuestra misericordia. Tened compasión de nuestras debilidades. Vos nos habéis hecho falibles, pero nos habéis dado la fuerza para resistir al mal y vencerlo. Que vuestra misericordia se extienda sobre todos los que no han podido resistir a sus malas inclinaciones y están aún arrastrándose en un mal camino. Que vuestros buenos espíritus le rodeen; que vuestra luz resplandezca a sus ojos, y que, atraídos por un calor vivificante, vengan a prosternarse a vuestros pies, humildes, arrepentidos y sumisos.

Os rogamos igualmente, Padre de misericordia, por aquellos de nuestros hermanos que no han tenido la fuerza de sobrellevar las pruebas terrestres. Vos nos dais una carga para llevar, Señor, y nosotros sólo debemos depositarla a vuestros pies; pero nuestra debilidad es grande y el valor nos falta algunas veces por el camino. Tened piedad de estos servidores indolentes que han abandonado la obra antes de tiempo; que vuestra justicia les excuse y permita a vuestros buenos espíritus llevarles el alivio, los consuelos y la esperanza del porvenir. La vista del perdón fortifica el alma; mostradlo, Señor, a los culpables que desesperan, y sostenidos por esta esperanza sacarán fuerza del mismo cúmulo de sus faltas y de sus sufrimientos para rescatar su pasado y prepararse a conquistar el porvenir.


Para un enemigo muerto

67. Prefacio. La caridad hacia nuestros enemigos debe seguirles hasta más allá de la tumba. Es preciso pensar que el daño que os han hecho ha sido para nosotros una prueba que ha podido ser útil a nuestro adelantamiento, si hemos sabido aprovecharnos. Puede aún sernos más provechosa que las aflicciones puramente materiales, porque el valor y a la resignación nos ha permitido unir la caridad y el olvido de las ofensas. (Cap. X, núm. 6; cap. XII, núms. 5 y 6).

68. Oración. Señor, os habéis dignadó llamar antes que a mí el alma de N... Yo le perdono el daño que me ha hecho y sus malas intenciones hacia mí; que de ello tenga arrepentimiento ahora que ya no tiene las ilusiones de este mundo. Que vuestra misericordia, Dios mío, se extienda sobre él y alejad de mí el pensamiento de alegrarme de su muerte. Si le hice mal, que me lo perdone, así como yo olvido el que él me haya hecho.


Para un criminal

69. Prefacio. Si la eficacia de las oraciones fuese proporcionada a la de palabras, las más largas deberían reservarse para los más culpables, porque tienen más necesidad que los que han vivido santamente. Rehusarías a los criminales es faltar a la caridad y desconocer la misericordia de Dios creerlas inútiles, porque un hombre haya cometido tal o cual falta, es prejuzgar la justicia del Altísimo. (Cap. XI, núm. 14).

70. Oración. Señor, Dios de misericordia, no rechacéis a este criminal que acaba de dejar la tierra; la justicia de los hombres ha podido condenarle, pero no por esto se salva de vuestra justicia infalible, si su corazón no se ha conmovido por un sincero remordimiento.

Quitadle la venda que le oculta la gravedad de sus faltas. ¡Que con su arrepentimiento encuentre graciante vos, y que se alivien los sufrimientos de su alma! ¡Que nuestras oraciones y la intervención de los buenos espíritus puedan darle la esperanza y consuelo! Inspiradle el deseo de reparar sus malas acciones en una nueva existencia, y dadie fuerza para que no sucumba en las nuevas luchas que emprenderá.


Para un suicida

71. Prefacio. El hombre nunca tiene derechó de disponer de su propia vida, porque sólo pertenece a Dios sacarle del cautiverio terrestre cuando lo juzgue a propósito. Sin embargo, la justicia divina puede calmar sus rigores en favor de las circunstancias, pero reserva toda la severidad para aquel que ha querido sustraerse a las pruebas de la vida. El suicida es como el preso que se escapa de la cárcel antes de cumplir la condena, y a quien, cuando se le vuelve a prender se le detiene con más severidad. Lo mismo sucede con el suicida que cree escapar de las miserias presentes y se sumerge en desgracias mayores. (Cap. V, núm. 14 y siguientes).

72. Oración. Sabemos, Dios mío, la suerte reservada a los que violan vuestras leyes acortando voluntariamente sus días; pero también sabemos que vuestra misericordia es infinita; dignáos derramaría sobre el alma de N... ¡Que nuestras oraciones y nuestra con-miseración endulcen la amargura de los padecimientos que sufre por no haber querido tener el valor de esperar el fin de sus pruebas!

Espíritus buenos cuya misión es asistir a los desgraciados, tomadle bajo vuestra protección, inspiradie el arrepentimiento de su falta, y que vuestra asistencia le dé fuerza para sobrellevar con más resignación las nuevas pruebas que tendrá que sufrir para repararla. Separad de él a los malos espíritús que podrían de núevo conducirle al mal y que se prolongaran sus sufrimientos, haciéndole perder el fruto de sus pruebas futuras.

Tú, cuya desgracia es objeto de nuestras oraciones, ¡que nuestra conmiseración endulce tus amarguras y haga nacer en tí la esperanza de un porvenir mejor! Este porvenir está en tus manos; confía en la bondad de Dios, cuyo seno está abierto a todo arrepentimiento, pues sólo se cierra a los corazones endurecidos.


Para los espíritus arrepentidos

73. Prefacio. Seria injusto colocar en la categoría de los malos espíritus a los que sufren y, arrepentidos, piden oraciones; éstos han podido ser malos, pero ya no lo son, desde el momento que reconocen sus faltas y sienten haberlas cometido; sólo son desgraciados y algunos empiezan a gozar de una felicidad relativa.

74. Oración. Dios de misericordia, que aceptáis el arrepentimiento sincero del pecador, encarnado o desencarnado, aquí tenéis un espíritu que se ha complacido en el mal, pero que reconoce sus faltas y entra es el buen camino; dignaos, Dios mío, recibirle como a un hijo pródigo, y perdonadle.

Espíritus buenos cuya voz ha desconocido, de aquí en adelante quiere escucharos; permitid que pueda entrever la felicidad de los elegidos del Señor, con el fin de que persista en el deseo de purificarse para conseguirla; sostenedle en sus buenas resoluciones y dadle fuerza para resistir sus malos instintos.

Espíritu de N..., os felicitamos por vuestra conversión, y damos gracias a los buenos espíritus que os han ayudado.

Si antes os complacíais en el mal es porque no comprendíais cuán dulce es el goce de hacer el bien; os considerábais también demasiado bajo para poder consoguirlo; pero desde el instante en que habéis puesto el píe en el buen camino, una nueva luz ha brillado para vos; habéis empezado a disfrutar de una felicidad desconocida, y la esperanza ha entrado en vuestro corazón. Es que Dios escucha siempre la oración del pecador arrepentido y no rechaza a ninguno de los que vienen a El.

Para volver a entrar completamente en la gracia del Señor, aplicaos, desde hoy en adelante, no sólo a no hacer el mal, sino a hacer el bien, y sobre todo a reparar el mal que habéis hecho; entonces habréis satistecho a la justicia de Dios; cada buena acción borrará una de vuestras faltas pasadas.

El primer paso está dado; cuanto más avanzareis, tanto más fácil y agradable os será el camino. Perseverad, pues, y un día tendréis la dicha de contaros entre los espíritus buenos y felices.


Para los espíritus endurecidos

75. Prefacio. Los malos espíritus son aquellos que no se han arrepentido aún y que se complacen en el mal y no sienten por ello ninguna pena; que son insensibles a las amonestaciones, rechazan la oración y algunas veces blasfeman del nombre de Dios. Son aquellas almas endurecidas que, después de la muerte, se vengan de los hombres por los tormentos que sufren y persiguen con encono a aquellos a quienes han tenido ojeriza durante su vida, sea por la obsesión, o sea por cualquiera funesta influencia. (Cap. X, núm. 6. - Cap. XII, números 5 y 6).

Entre los espiritus perversos hay dos categorías muy distintas los que son francamente malos, y los que son hipócritas. Los primeros son mucho más fáciles de convertir que los segundos, porque son lo más a menudo naturalezas estúpidas y groseras; como se ven entre los hombres, que hacen el mal más por instinto que por cálculo y no pretenden pasar por mejores de lo que son; pero hay en ellos un germen latente que es menester hacer salir a luz, y se consigue casi siempre con la perseverancia, la firmeza unida a la benevolencia, con los consejos, los razonamientos y la oración. En la mediumnidad, la dificultal que tiene en escribir el nombre de Dios es indicio de un medio instintivo y de la voz íntima de la conciencia que les dice que son indignos de ello.

Cuando llegan a este caso están al principio de la conversión, y todo puede esperarse de ellos; basta encontrarles la parte vulnerable del corazón.

Los espíritus hipócritas casi siempre son muy inteligentes pero no tienen en el corazón ninguna fibra sensible; nada les conmueve; fingen todos los buenos sentimientos para captarse la confianza, y son felices cuando encuentran incautos que les aceptan como santos espíritus y que pueden gobernales a su gusto. El nombre de Dios lejos de inspirarles el menor res-peto, les sirve de máscara para cubrir sus torpezas. En el mundo invisible así como en el mundo visible, los hipócritas son los seres más perjudiciales porque trabajan ocultamente y no se sospecha de ellos. Sólo tienen las apariencias de la fe, pero ninguna fe sincera.


76. Oración. Señor, dignáos mirar bondadosamente a los espíritus imperfectos que aun están en las tinieblas de la ignorancia y os desconocen, y particularmente al de N...

Espíritus buenos, ayudadnos para que le hagamos comprender que induciendo a los hombres al mal, obsesándoles y atormentándoles, prolonga sus propios sufrimientos; haced que el ejemplo de la felicidad que vosotros gozáis sea un estimulo para él.

Espíritu que aún te complaces en el mal, acabas de oír la oración que hacemos por tí; esto debe probarte que deseamos hacerte bien aunque tú hagas mal.

Eres desgraciado porque es imposible ser feliz siendo malo ¿Por qué, pues, te detienes en este estado, cuando de tí depende salir de él? Echa una mirada sobre los buenos espíritus que te rodean; mira cuán felices son, y si no sería mucho más agradable para ti el gozar de la misma felicidad.

Dirás que te es imposible, pero nada hay imposible para el que quiere, porque Dios te ha dado, como a todas sus criaturas, la libertad de elegir entre el bien y el mal, es decir, entre la felicidad y la desgracia; nadie está condenado al mal. Si tienes la voluntad de hacer este último, podrías también tener la de hacer el bien y ser feliz.

Vuelve tus ojos hacia Dios, elévate un sólo momento hacia El con el pensamiento, y un rayo de su luz divina te iluminará. Di con nosotros esas sencillas palabras: "Dios mío, me arrepiento, perdóname!" Prueba arrepentirte y hacer bien en vez de hacer mal, y verás cómo al mismo tiempo se extenderá sobre tí su misencordia, y un bienestar desconocido vendrá a reemplazar las angustias que sufres.

Una vez que hayas dado un paso en el buen camino, el resto te será fácil. Entonces comprenderás cuánto tiempo has perdido por tu culpa para alcanzar tu felicidad; pero un porvenir radiante y lleno de esperanza se abrirá delante de tí, y te hará olvidar tu miserable pasado lleno de turbación y de tormentos morales, que para tí serían el Infierno, si hubiesen de durar eternamente. Vendrá día en que esos tormentos serán tales que quisieras a todo precio hacerlos cesar; pero cuanto más esperares más difícil te será. No creas que permanezcas siempre en este estado; no, es imposible; tienes delante de tí dos perspectivas: la una es la de sufrir más que no sufres ahora, y la otra la de ser feliz como los buenos espíritus que te rodean; la primera es inevitable si persistes en tu obstinación; un simple esfuerzo de tu voluntad basta para sacarte del mal paso en que estáis. Date prisa, pues, porque cada día que retardas, es un día perdido para tu felicidad.

Espíritus buenos, haced que estas palabras encuentren acceso en esa alma aun atrasada, a fin de que la ayuden a acercarse a Dios. Así os lo suplicamos en nombre de Jesucristo, que tan gran poder tuvo sobre los espíritus malos.


V. - PARA LOS ENFERMOS Y LOS OBSESADOS

Para los enfermos


77. Prefacio. Las enfermedades son parte de las pruebas y de las vicisitudes terrestres; son inherentes a lo grosero de nuestra naturaleza material y a la inferioridad del mundo que habitamos. Las pasiones y los excesos de todas clases siembran en nosotros gérmenes malsanos, muchas veces hereditarios. En mundos más avanzados física y moralmente, el organismo humano, más purificado y menos material, no está sujeto a las mismas dolencias, y el cuerpo no está minado sordamente por los estragos de las pasiones. (Cap. III, núm. 9). Es menester, pues, resignarse a sufrir las consecuencias del centro en que nos coloca nuestra inferioridad, hasta que hayamos merecido cambiarlo. Entretanto no debe esto impedirnos hacer lo que dependa de nosotros para mejorar nuestra posición actual; pero si a pesar de nuestros esfuerzos no podemos conseguirlo, el Espiritismo nos enseña a soportar con resignación nuestros males pasajeros.

Si Dios no hubiese querido que los sufrimientos corporales fueran disipados o aliviados en ciertos casos, no hubiese puesto medios curativos a nuestra disposición; su previsora solicitud, con respecto a esto, acorde con el instinto de conservación, indica que está en nuestro deber el buscarlos y aplicarlos.

Al lado de la medicación ordinaria elaborada por la ciencia, el magnetismo nos ha hecho conocer el poder de la oración fluídica; después el Espiritismo ha venido a revelarnos otra fuerza en la "mediumnidad curativa" y la influencia de la oración. (Véase la "Oración" núm. 8).

78. Oración. (Para que la diga el enfermo). - Señor, vos sois la suma justicia; la enfermedad que habéis querido enviarme debo merecerla, porque vos jamás afligís sin causa.

Para mi curación me someto a vuestra infinita misericordia; si os place volverme la salud, que vuestro santo nombre sea bendito; si por el contrario debo sufrir aún, que así mismo sea bendito; me someto sin murmurar a vuestros divinos decretos, porque todo lo que haréis no puede tener otro objeto que el bien de vuestras criaturas.

Haced, Dios mío, que esta enfermedad sea para mí un aviso saludable y me haga poner sobre mí mismo; la acepto como una expiación del pasado y como una prueba para mi fe y sumisión a vuestra santa voluntad. (Véase la Oración número 40).

79. Oración. (Para el enfermo). - Dios mío, vuestras miras son impenetrables y en vuestra sabiduría habréis creído deber afligir a N... con la enfermedad. Os suplico echéis una mirada de compasión sobre sus sufrimientos y os dignéis ponerles un término.

Espíritus buenos, ministros del Todopoderoso, os ruego que secundéis mi deseo de aliviarle; haced que mi oración vaya a derramar un bálsamo saludable en su cuerpo y el consuelo en su alma.

Inspiradle la paciencia y la sumisión a la voluntad de Dios, dadle fuerza para sobrellevar sus dolores con resignación cristiana a fin de que no pierda er fruto de esta prueba. (Véase la Oración número 57).

80. Oración. (Para el médium que cura). - Dios mío, si os dignáis serviros de mí, aun cuando soy indigno puedo curar este sufrimiento si tal es vuestra voluntad, porque tengo fe en vos, mas sin Vos nada puedo. Permitid a los buenos espíritus que me penetren con su fluído saludable con el fin de que yo lo transmita al enfermo, y desviad de mí todo pensamiento de orgullo y de egoísmo que pudiese alterar su pureza.


Para los obsesados

81. Prefacio. La obsesión es la acción persistente que un espíritu malo ejerce sobre un individuo. Presenta caracteres muy diferentes, desde la simple influencia moral, sin señales exteriores sensibles, hasta la perturbación completa del organismo y de las facultades mentales. Altera todas las facultades medianímicas, y en la mediumnidad por la escritura, se conoce por la obstinación de un espíritu en manifestarse, con exclusión de todos los otros.

Los espirítus malos pululan alrededor de la Tierra a consecuencia de la inferioridad moral de sus habitantes. Su acción malhechora forma parte de las plagas que la humanidad sufre en la tierra. La obsesión, como las enfermedades y todas las atribuciones de la vida, debe, pues, ser considerada como una prueba o una expiación, aceptada como tal.

De la misma manera que las enfermedades son resultado de las imperfecciones físicas que hacen al cuerpo accesible a las influencias perniciosas exteriores, la obsesión lo es siempre de una imperfección moral que da acceso a uno o varios espíritus malos. A una causa física, se opone otra fuerza física; a una causa moral, es preciso poner otra fuerza moral. Para precaver las enfermedades se fortifica el cuerpo; para precaverse de la obsesión, es preciso fortificar el alma. De esto se deduce que el obsesado debe trabajar por su propio mejoramiento, lo que muchas veces basta para desembarazarse del obsesor sin el socorro de personas extrañas. Este socorro se hace necesario cuando la obsesión degenera en suyugación y en posesión, porque entonces el paciente pierde a veces su voluntad y su libre albedrío. La obsesión es casi siempre producto de una venganza ejercida por un espíritu, y lo más a menudo tiene su origen en las relaciones que el obsesado ha tenido con él en una existencia precedente. (Cap. X, núm. 6; cap. XII, núms. 5 y 6).

En los casos de obsesión grave, el obsesado está como envuelto e impregnado de un fluido pernicioso que neutraliza la acción de los fluidos saludables y los rechaza. De este fluido es preciso desembarazarle, y un mal fluído no puede ser rechazado por otro fluído malo.

Por una acción idéntica a la de un médium curandero, en el caso de enfermedad, es menester expulsar el fluído malo con la ayuda de un fluído mejor, que en cierto modo produce el efecto de un reactivo. Esta es la acción mecánica, pero no basta: también, y sobre todo es necesario "obrar sobre el ser inteligente", al que es preciso tener el derecho de hablar con autoridad, y esta autoridad corresponde sólo a la superioridad moral; cuanto más grande es ésta, tanto mayor es la autoridad.

Es necesario hacer más; para asegurar el libramiento, es preciso conducir al espíritu perverso a renunciar a sus malos designios, es menester hacer nacer en él el arrepentimiento y deseo del bien, con ayuda de instrucciones hábilmente dirigidas en evocaciones particulares hechas con la mira de la educación moral; entonces puede tenerse la doble satisfacción de librar a un encarnado y de convertir a un espíritu imperfecto.

La tarea se hace más fácil cuando el obsesado, comprendiendo su situación, presta su concurso con la voluntad y la oración; no sucede lo mismo cuando está seducido por el espíritu engañador, cuando se hace ilusiones sobre las cualidades del que le domina, complaciéndose en el error en que le tiene este último, porque entonces, lejos de secundar, rechaza toda asistencia. Es el caso de la fascinación, siempre infínitamente más rebelde que la subyugación más violenta. ("Libro de los Médiums", cap. XXIII).

En todos los casos de obsesión, la oración es un poderoso auxiliar para obrar contra el espíritu obsesor.

82. Oración. (Para que la diga el obsesado). - Dios mío, permitid a los buenos espíritus que me libren del espíritu malhechor que se ha unido a mí. Si es una venganza que ejerce por los males que le hubiese hecho en otro tiempo, vos lo permitís, Dios mío, para mi castigo, y sufro la consecuencia de mi falta. ¡Que mi arrepentimiento merezca vuestro perdón y mi liberación! Pero cualquiera que sea el motivo que tenga, solicito vuestra misericordia para él. Dignaos facilitarle el camino del progreso, que le desviará del pensamiento de hacer el mal. Que por mi parte, volviéndole bien por mal, pueda conducirle a mejores sentimientos.

Pero también sé, Dios mío, que mis imperfecciones son las que me hacen accesible a las influencias de los malos espíritus. Dadme la luz necesaria para conocerles y, sobre todo, combatid en mí el orgullo que me ciega para que no vea mis efectos.

¿Cuál puede ser, pues, mi indignidad, puesto que un ser malhechor puede mortificarme?

Haced, Dios mío, que esta desgracia que mi vanidad merece, me sirva de lección para el poryenir, que me mortifique en la resolución que tomo de purificarme con la práctica del bien, de la caridad y de la humanidad, con el fin de oponer para siempre una barrera a las malas influencias.

Señor, dadme fuerza para soportar esta prueba con paciencia y resignación: comprendo que, como todas las otras pruebas, debe ella ayudar mi adelantamiento si no pierdo su utilidad con mi murmuración, puesto que me proporciona la ocasión de manifestar mi sumisión y de ejercer la caridad hacia un hermano desgraciado, perdonándole el mal que me hace. (Cap. XII, núms. 5 y 6; capítulo XXVIII, número 15 y siguientes y 46 y 47).

83. Oración. (Para el obsesado). - Dios Todopoderoso, dignaos darme poder para librar a N... del mal espíritu que le obsesa; si entra en vuestros designios poner término a esta prueba, concededme la gracia de hablarle con autoridad.

Espíritus buenos que me asistís, y vos, su ángel de la guarda, prestadme vuestro auxilio y ayudadme a desembarazarle del fluído impuro que le rodea. En nombre de Dios Todopoderoso, conjuro al espíritu malhechor que le atormenta a que se retire.

84. Oración. (Para el espíritu obsesor). - Dios infinitamente bueno, imploro vuestra misericordia para el espíritu que obsesa a N ...; hacedle entrever la claridad divina, a fin de que vea el falso camino en que está. Espíritus buenos, ayudadme para hacerle comprender que haciendo el mal lo pierde todo, y todo lo gana haciendo el bien.

Espíritu que os complacéis en atormentar a N... escuchad, porque os hablo en nombre de Dios.

Si queréis reflexionar, comprenderéis que el mal no puede sobrepujar al bien, y que no podéis ser más fuerte que Dios y los buenos espíritus.

Ellos podrían haber preservado a N... de toda persecución por vuestra parte; si no lo han hecho es porque él (o ella) debía sufrir esta prueba. Pero cuando esta prueba se concluya, os quitarán toda acción sobre él; el mal que le habéis hecho, en vez de hacerle daño, servirá para su adelantamiento, por lo mismo será más feliz; de este modo vuestra maldad habrá sido una pura pérdida para vos y se volverá contra vós mismo.

Dios, que todo lo puede, y los espíritus superiores sus delegados, que son más poderosos que vos, podrán, pues, poner término a esta obsesión cuando lo quieran, y vuestra tenacidad se estrellará contra esa suprema autoridad. Pero lo mismo que Dios es bueno, quiere dejaros el mérito de que ceséis por vuestra propia voluntad. Este es un plazo que seos concede; si no os aprovecháis de él sufriréis sus deplorables consecuencias; grandes castigos y crueles sufrimientos os esperan; os veréis fórzado a implorar su piedad y las oraciones de vuestra víctima, que ya os perdona y ruega por vos, lo que es un gran mérito a los ojos dé Dios, activará su liberacion.

Reflexionad, pues, mientras hay tiempo aun, porque la Justicia de Dios caerá sobre yos, como sobre todos los espíritus rebeldes. Pensad que el mal que hacéis en este momento tendrá un término, mientras que si os obstináis en vuestro endurecimiento, vuestros sufrimientos aumentarán sin cesar.

Cuando estabais en la tierra, ¿no os hubiera parecido estúpido el sacrificar un gran bien por una pequeña satisfacción del momento? Lo mismo sucede ahora que sois espíritu. ¿Qué ganais con lo que hacéis? El triste placer de atormentar a alguno, lo que no os impide ser desgraciado, por más que digáis, y os hará más desgraciado aun.

Por otra parte, ved lo que perdéis, mirad a los buenos espíritus que os rodean, y ved si su suerte no es, acaso, preferible a la vuestra. Participaréis de la felicidad que ellos gozan cuando lo queráis. ¿Qué es menester para conseguirlo? Implorarlo a Dios, y hacer el bien en vez de hacer el mal. Ya sé que no podéis transformaros de repente pero Dios no pide nada imposible; lo que quiere es la buena voluntad. Probadlo, pues, y os ayudaremos. Haced que bien pronto podamos decir por vos la oración de los espíritus arrepentidos (número 73), y no tengamos que colocaros más entre los espíritus malos, hasta que más adelante podáis contaros entre los buenos. (Véase el número 75, oración para los espíritus endurecidos).

Observación. - La curación de las obsesiones graves requiere mucha paciencia, perseverancia y abnegación; exige también tacto y habilidad para conducir al bien a los espíritus, a menudo muy perversos, endurecidos y astutos, porque los hay rebeldes al último grado; en la mayor parte de los casos es menester acomodarse a las circunstancias; pero cualquiera que sea el carácter del espíritu, es un hecho cierto que no se obtiene nada por la fuerza o la amenaza; toda la influencia está en el ascendiente moral. Otra verdad igualmente justificada por la experiencia, lo mismo que por la lógica, es "la completa ineficacia de los exorcismos, fórmulas, palabras sacramentales, amuletos, talismanes, prácticas exteriores o cualquiera otra señal material".

La obsesión prolongada por largo tiempo puede ocasinonar desórdenes patológicos, y requiere algunas veces un tratamiento simultáneo o consecutivo, sea magnético, sea medicinal, para restablecer el organismo. Destruída al causa, falta combatir los efectos. (Véase el Libro de los Médiums, segunda parte, cap. XXIII: "De la obsesión"