EL EVANGELIO SEGÚN EL ESPIRITISMO

Allan Kardec

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INTRODUCCION

I. - Objeto de esta obra

En cinco partes pueden divirse las materias que los Evangelios contienen: "Los actos ordinarios de la vida de Cristo, los milagros, las profecías, las palabras que sirvieron para establecer los dogmas de la iglesia, y la enseñanza moral". Si las cuatro primeras han sido objeto de controversias, la última ha subsistido inatacable. Añte este código divino, la misma incredulidad se inclina; es el terreno donde pueden encontrarse todos los cultos y el estandarte bajo el cual todos pueden abrigarse, cualesquiera que sean sus creencias, porque nunca ha sido objeto de disputas religiosas, siempre y por todas partes suscitadas por las cuestiones de dogma. Por lo demás, si las sectas la hubiesen discutido, hubieran encontrado en esa enseñanza su propia condenación, porque la mayoría han tomado en consideración más la parte mística que la parte moral, que exige la reforma de sí mismo. Para los hombres, en particular, es una regla de conducta que abraza todas las circunstancias de la vida pública o privada, el principio de todas las relaciones sociales fundadas en la más rigurosa justicia; en fin, y sobre todo es el camino infalible de la felicidad verdadera, la parte que nos descorre el velo que cubre la vida futura. Esta parte es el objeto exclusivo de la presente obra.

Todo el mundo admira la moral evangélica, todos proclaman su excelencia y su necesidad, pero muchos lo dicen porque lo han oído decir a tos otros, o bajo la fe de algunas máximas proverbiales; pocos son los que la conocen a fondo, y menos aun los que la comprenden y saben deducir sus consecuencias. En gran parte, la razón consiste en la dificultad que presenta la lectura del Evangelio, ininteligible para el mayor número. La forma alegórica y el misticismo intencional del lenguaje hacen que la mayor parte lo lean por conciencia y por deber, como leen las oraciones, sin comprenderlas, es decir, sin fruto. Los preceptos morales diseminados y confundidos en la masa de otras narraciones, pasan desapercibidos, siendo entonces imposible atender al conjunto y hacer de él una lectura y una meditación separadas.

Es verdad que se han hecho tratados de moral evangélica, pero su estilo literario moderno le ha quitado la sencillez primitiva, que constituye a la vez su encanto y su autenticidad. Lo mismo sucede con las máximas que de ella se han entresacado, reducidas a su más sencilla expresión proverbial, pues entonces se reducen a aforismos que pierden una parte de su valor e interés, por la falta de los accesorios y de las circunstancias en que se dieron.

Para evitar estos inconvenientes, hemos reunido en esta obra los artículos que pueden constituir, propiamente hablando, un código de moral universal, sin distinción de culto; en las citas hemos conservado todo lo útil al desarrollo del pensamiento, quitando o separando sólo las cosas extrañas al objeto. Por lo demás, hemos respetado escrupulosamente la traducción original de Scio, así como la división por versículos. Pero en lugar de seguir un orden cronológico imposible y sin ventaja real en este asunto, hemos agrupado y colocado metódicamente las máximas, según su naturaleza, de manera que tengan relaciones las unas con las otras en lo posible. Las llamadas de los números de orden de los capítulos y de los versículos, permite recurrir a la clasificación vulgar, si se juzga necesario.

Si así no hubiésemos procedido, nuestro trabajo que hubiera sido material, hubiese tenido sólo una utilidad secundaria; lo esencial era ponerlo al alcance de todos por la explicación de los puntos obscuros y el desarrollo de todas las consecuencias, con el fin de que fuera aplicable a las diferentes posiciones de la vida. Esto es lo que hemos intentado con la ayuda de los buenos espíritus que nos asisten.

Muchos puntos del Evangelio, de la Biblia y de los autores sagrados, en general, nos son ininteligibles, y muchos de ellos sólo nos parecen irracionales por falta de la clave que nos haga comprender su verdadero sentido; esta clave está completa en el Espiritismo, como han podido convencerse de ello aquellos que lo han estudiado formalmente, y como se comprenderá mejor aún en lo venidero. El Espiritismo se encuentra por doquiera, así en la antigüedad como en las demás épocas; en todas partes se encuentran sus huellas, en los escritos, en las creencias y en los monumentos, y por esta razón, si abre nuevos horizontes para el porvenir, también arroja una luz no menos viva sobre los misterios del pasado.

Como complemento de cada precepto, hemos añadido algunas instrucciones, elegidas entre las dictadas por los espíritus en diferentes países y con la intervención de diferentes médiums. Si estas instrucciones hubiesen salido de un solo origen, hubieran podido sufrir una influencia personal o la del centro, mientras que la diversidad de orígenes prueba que los espíritus dan sus enseñanzas en todas partes, y que no hay nadie privilegiado bajo este concepto. (1)

Esta obra es para uso de todos; cada uno puede sacar de la misma los medios de arreglar su conducta a la moral de Cristo. Además, los espiritistas encontrarán en ella las aplicaciones que les conciernen más especialmente. Desde hoy en adelante, gracias a las comunicaciones establecidas de una manera permanente entre los hombres y el mundo invisible, la ley evangélica, enseñada a todas las naciones por los mismos espíritus, ya no será letra muerta, porque todos la comprenderán y será inducidos incesantemente, por los consejos de sus guías espirituales, a ponerla en práctica. Las instrucciones de los espíritus son verdaderamente "las voces del cielo" que vienen a iluminar a los hombres y a convidarles "a la práctica del Evangelio".

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(1) Sin duda que hubiéramos podido dar, sobre cada asunto, mayor número de comunicaciones obtenidas en una multitud de poblaciones y centros espiritistas que las que citamos, pero ante todo hemos creído de ber evitar la monotonía de las repeticiones inútiles y limitar nuestra elección a las que, por el fondo y la forma, entran más particularmente en el cuadro de esta obra, reservando para ulteriores publicaciones las que no han podido publicarse en ésta.
En cuanto a los MÉDIUMS, nos hemos abstenido de nombrarlos. La mayor parte nos lo han solicitado, y en este caso no convenía hacer excepciones. Por otra parte, los nombres de los médiums no hubieran dado más valor a la obra de los espíritus; en este caso sólo hubiera sido una satisfacción de amor propio, lo que no gusta a los mediuns verdaderamente formales; comprenden que siendo su papel puramente pasivo, el valor de las comunicaciones en nada realza su mérito personal, pues sería pueril envanecerse por un trabajo de inteligencia al que sólo se presta un concurso mecánico.




II. - Autoridad de la doctrina espiritista

COMPROBACION UNIVERSAL DE LA ENSEÑANZA DE LOS ESPÍRITUS

Si la doctrina espiritista fuese una concepción puramente humana no tendría otra garantía que las luces del que la hubiera concebido, y nadie en la tierra podría tener la pretensión fundada de poseer él solo la verdad absoluta. Si los espíritus que la han revelado se hubiesen manifestado a un solo hombre, nada garantizaría su origen, porque sería menester creer bajo su palabra al que dijera que había recibido sus enseñanzas. Concediéndole una completa sinceridad, a lo más, podría convencer a las personas que le rodeasen; podría tener secretarios, pero nunca conseguiría reunir a todo el mundo.

Dios ha querido que la nueva revelación llegase a los hombres por un camino más rápido y más auténtico, por esto ha encargado a los espíritus el llevarla de uno a otro polo, manifestándose en todas partes, sin conceder a nadie el privilegio exclusivo de oír su palabra. Un hombre puede ser engañado puede engañarse a sí mismo, más no podría suceder lo mismo cuando millones de ellos ven y oyen la misma cosa: esto es una garantía para cada uno y para todos. Por otra parte, puede hacerse desaparecer a un hombre, pero no puede hacerse que desaparezcan las masas; pueden quemarse los libros, pero no se pueden quemar los espíritus; pues si se quemaran todos los libros, el origen de la doctrina no sería menos invulnerable, por lo mismo que no está en la tierra, sino que surge de todas partes y que todos pueden obtenerla. A falta de hombres para explicarla, habrá siempre espíritus que alcanzan a todo el mundo y a quienes nadie puede alcanzar.

En realidad, los mismos espíritus son los que hacen la propaganda, con el auxilio de innumerables médiums. que ellos mismos suscitan en todas partes: Si no hubiesen tenido más que un intérprete, por favorecido que se viera, apenas se conocería el Espiritismo; este mismo intérprete, a cualquier clase que perteneciése, sería objeto de prevención de muchas gentes, no le hubieran aceptado todas las naciones; mientras que comunicándose los espíritus en todas partes, a todos los pueblos, a todas las sectas y a todos los partidos, son aceptados por todos. El Espiritismo no tiene nacionalidad y está fuera de todos los cultos particulares; no se ha impuesto por ninguna clase de la sociedad, puesto que cada uno puede recibir instrucciones de sus parientes y de sus amigos de ultratumba. Así debía ser para que pudiese llamar a todos los hombres a la fraternidad, pues de no colocarse en un terreno neutral, hubiera mantenido las discusiones en vez de aclamarlas.

Esta universalidad en la enseñanza de los espíritus constituye la fuerza del Espiritismo y esta es también la causa de su rápida propagación; mientras que la voz de un solo hombre, aun cuando hubiese tenido el auxilio de la prensa, hubiera tardado siglos en ser oída de todos. Ahora tenéis millares de voces que se hacen oír simultáneamente en todas partes para proclamar los mismos principios y transmitirlos, tanto a los más ignorantes como a los más sabios a fin de que nadie quede desheredado. De esta ventaja no ha gozado ninguna de las doctrinas que han aparecido hasta hoy. Sí, pues, el Espiritismo es una verdad, no teme ni la mala voluntad de los hombres, ni las revoluciones morales; ni los cataclismos físicos del globo, porque nada de todo esto puede alcanzar a los espíritus.

Pero no es esta la sola ventaja que resulta de semejante posesión excepcional: el Espiritismo encuentra en ella una garantía muy poderosa contra los cismas que podrían suscitarse, ya por la ambición de algunos, ya por las contradicciones de ciertos espíritus. Seguramente que estas contradicciones son un escollo; pero llevan consigo el remedio al lado del mal.

Se sabe que los espíritus, a consecuencia de la diferencia que existe entre sus capacidades, individualmente están lejos de poseer la verdad absoluta; que no a todos les está dado el penetrar ciertos misterios; que su saber es proporcionado a su purificación, que los espíritus vulgares no saben más que los hombres, y menos que ciertos hombres; que hay entre ellos, como entre estos últimos, presumidos y sabios de falsa instrucción, que creen saber lo que no saben; sistemáticos que toman sus ideas por la verdad, y, en fin, que los espíritus de un orden más elevado, los que están completamente desmaterializados, son los únicos que se han despojado de las ideas y de las preocupaciones terrestres; pero también se sabe que los espíritus mentirosos no tienen reparo en tomar nombres supuestos para hacer aceptar sus utopías. Resulta de esto, que todo lo que está fuera de la enseñanza exclusivamente moral, las revelaciones que cada uno puede obtener, tienen un carácter individual sin autenticidad, que debén ser consideradas como opiniones personales de tal o cual espíritu y que se cometería una imprudencia aceptándolas y promulgándolas ligeramente como verdades absolutas.

La primera comprobación, sin duda, es la de la razón, a la que es preciso someter, sin excepciones, todo lo que viene de los espíritus; toda teoría en contradicción manifiesta con el buen sentido, con una lógica rigurosa, y con los datos positivos que se poseen, sea quien quiera el que la firme, debe ser rechazada. Pero esta comprobación, es incompleta en muchos casos, a consecuencia de la insuficiencia de las luces de ciertas personas, y de la tendencia de muchos a tomar su propio juicio por único árbitro de la verdad. En caso semejante ¿qué hacen los hombres que no tienen confianza absoluta en si mismos? Toman consejos del mayor número, y la opinión de la mayoría en su guía; así debe ser respecto a la enseñanza de los espíritus, cuyos medios nos proporcionan ellos mismos.

La concordancia en la enseñanza de los espíritus es, pues, la mejor comprobación; pero es menester también para ello que tenga lugar en ciertas condiciones. La menos segura de todas es la de un médium que pregunta a muchos espíritus sobre un punto dudoso, es evidente que, si está bajo el imperio de una obsesión y si tiene que habérselas con un espíritu mentiroso, este espíritu puede decirle la misma cosa bajo nombres diferentes. Tampoco hay una garantía suficiente en la conformidad que se puede obtener por los médiums de un solo centro, porque todos pueden estar bajo la misma influencia. "La única garantía formal de la enseñanza de los espíritus, está en la concordancia que existe entre las revelaciones dadas espontáneamente con la intervención de un gran número de médiums desconocidos los unos de los otros y en diversos países". Se concibe que no hablamos ahora de las comunicaciones relativas a intereses secundarios, sino de lo que hace referencia a los mismos principios de la doctrina. La experiencia prueba que cuando un principio nuevo debe recibir su solución, se enseñe espontáneamente en diferentes puntos a la vez, y de una manera idéntica, sino en la forma, al menos en el fondo. Si, pues, le place a un espíritu formular un sistema excéntrico, basado sólo en sus ideas y fuera de la verdad, puede tenerse por seguro que este sistema quedará circunscrito y caerá ante la unidad de las instrucciones dadas en las demás partes, como ha habido ya diferentes ejemplos. Esa unanimidad es la que ha hecho caer todos los sistemas parciales, nacidos en el origen del Espiritismo, cuando cada cual explicaba los fenómenos a su modo y antes de que se conociesen las leyes que rigen las relaciones del mundo visible con el mundo invisible.

Tal es la base en que nos apoyamos cuando formulamos un principio de la doctrina, sin que lo demos como verdadero porque esté conforme con nuestras ideas; de ninguna manera queremos ser árbitros supremos de la verdad, y no decimos a nadie: "Creed tal cosa porque la decimos nosotros". Nuestra opinión sólo es una opinión personal, que puede ser justa o falsa, porque no somos más infalibles que los otros, ni tampoco es verdadero para nosotros un principio porque se nos ha enseñado, sino porque ha recibido la sanción de la concordancia.

En nuestra posesión, recibiendo las comunicaciones de cerca de mil centros espiritistas formales, diseminados por todas las partes del globo, estamos en el caso de ver los principios en que se establece esta concordancia; esta observación es la que nos ha guiado hasta hoy, y la que nos guiará en los nuevos campos que el Espiritismo está llamado a explotar. Así es que, estudiando atentamente las comunicaciones que vienen de diferentes partes, tanto de Francia como del extranjero, notamos por las revelaciones de una naturaleza enteramente especial, que hay una tendencia a entrar en una nueva senda y que ha llegado el momento de dar un paso más. Estas revelaciones, hechas a monudo con palabras encubiertas, han pasado desapercibidas para muchos de aquellos que las han recibido; otros creen que sólo ellos las han recibido. Obtenidas aisladamente, no tendrían ningún valor para nosotros; pero su coincidencia les da mucha gravedad; cuando llegue el momento de darlas toda la publicidad, cada uno se acordará de haber recibido instrucciones en el mismo sentido. Este es el movimiento general que observamos, que estudiamos con asistencia de nuestros guías espirituales, y que nos ayuda a juzgar de la oportunidad que hay para nosotros de hacer una cosa o abstenernos de ella.

Esta comprobación universal es una garantía para la unidad futura del Espiritismo, y anulará todas las teorías contradictorias. En esto se buscará en el porvenir el criterio de la verdad. Lo que ha contribuido a que tuviera buen éxito la doctrina formulada en el Libro de los Espíritus y en el Libro de los Médiums, es que, en todas partes, todos han podido recibir directamente de los espíritus la confirmación de lo que esos libros contienen. Si en todas partes los espíritus los hubiesen contradicho, hace tiempo que esos libros hubieran sufrido la suerte de todas las concepciones fantásticas. Ni aun el apoyo de la prensa les hubiera salvado del naufragio, al paso que, privados de él, no por esto han dejado de hacer un camino rápido; porque han tenido el apoyo de los espíritus, cuya buena voluntad compensa con ventaja la mala voluntad de los hombres. Lo mismo sucederá con todas las ideas que, viniendo de los espíritus o de los hombres, no puedan soportar esta comprobación, cuyo poder nadie puede negar.

Supongamos, pues, que ciertos espíritus quieran dictar, bajo cualquier título, un libro en sentido contrario; supongamos además que con una intención hostil y con la mira de desacreditar la doctrina, suscitase la malevolencia de comunicaciones apócrifas; ¿qué influencia podrían tener estos escritos, si son desmentidos en todas partes por los espíritus? Es menester asegurarse de la adhesión de estos últimos antes de lanzar un sistema en su nombre. Del sistema de uno solo al sistema de todos, hay la misma distancia que de la unidad al infinito. ¿Qué pueden todos los argumentos de los detractores sobre la opinión de las masas, cuando millares de voces amigas, salidas del espacio, van a todas las partes del universo, al seno de cada familia, a batirlos en brecha? La experiencia, con respecto a este asunto, ¿no ha confirmado ya la teoría? ¿En qué han venido a parar todas esas publicaciones que debían, digámoslo así, anonadar al Espiritismo? ¿Cuál es la que tan siquiera ha detenido su marcha? Hasta hoy no se había mirado esta cuestión bajo este punto de vista, cuestión de las más graves sin duda; todos han contado consigo mismo, pero no con los espíritus.

El principio de la concordancia es también una garantía contra las alteraciones que podrían hacer experimentar al Espiritismo las sectas que quisieran apoderarse de él en provecho suyo y acomodarlo a sus miras. Cualquiera que intentase desviarlo de su objeto providencial, fracasaría, por la sencilla razón de que los espíritus con la universalidad de su enseñanza, harían desaparecer toda modificación que se apartase de la verdad.

De todo esto resulta una verdad capital, y es, que cualquiera que pretenda poner trabas al curso de las ideas establecido y sancionado, podrá muy bien causar una pequeña perturbación local y momentánea, pero nunca dominará el conjunto, ni en el estado presente, ni en el porvenir.

También se desprende de esto que las instrucciones dadas por los espíritus sobre les puntos de la doctrina, que aun no se han dilucidado, no pueden tener fuerza de ley mientras permanezcan aisladas, y que, por consiguiente, no pueden ser aceptadas sino con todas las reservas y a título de reseña.

De aquí la necesidad de tener en su publicación la mayor prudencia; y en el caso en que se creyese deber publicarlas, conviene no sean presentadas sino como opiniones individuales más o menos probables, pero teniendo en todo caso necesidad de confirmación. Esta confirmación es la que es necesario esperar antes de presentar un principio como verdad absoluta, si no se quiere ser acusado de ligereza o de credulidad irreflexiva.

Los espíritus superiores en sus comunicaciones, proceden con extremada prudencia y no abordan las grandes cuestiones de la doctrina sino gradualmente, a medida que la inteligencia es apta para comprender verdades de un orden más elevado y cuando las circunstancias son propicias para la emisión de una nueva idea. Por esta razón no lo han dicho todo desde un principio ni tampoco lo han dicho todo hoy, no cediendo jamás a las instigaciones de las personas demasiado impacientes que quieren coger el fruto antes de estar sazonado. Sería, pues, superfluo querer precipitar el tiempo designado a cada cosa por la Providencia, porque entonces los espíritus verdaderamente formales niegan positivamente su concurso, y los espíritus ligeros, importándoles poco la verdad, contestan a todo; por esta razón, sobre todas las preguntas prematuras, siempre hay respuestas contradictorias.

Los principios emitidos más arriba no son producto de una teoría personal, sino consecuencia forzosa de las condiciones en que se manifiestan los espíritus. Es evidente que si un espíritu dice una cosa por un lado, mientras que millones de espíritus dicen lo contrario por otro, la presunción de verdad no puede hallarse de parte del que está solo, ni siquiera aproximarse a su parecer; por lo demás, pretender que uno solo tenga razón contra todos, sería tan ilógico de parte de un espíritu como de parte de los hombres. Los espíritus verdaderamente sabios, si no creen estar bastante ilustrados sobre una cuestión, no la resuelven jamás de una manera absoluta; declaran que sólo la tratan desde su punto de vista, y aconsejan ellos mismos que se espere la confirmación.

Por grande, hermosa y justa que sea una idéa, es imposible que desde su principio cuente con todas las opiniones. Los conflictos que de ello resultan son consecuencia inevitable del movimiento que se opera; son hasta necesarios para hacer resaltar más la verdad, y es útil que tenga lugar en su principio para que las ideas falsas se gasten más pronto. Los espiritistas que concibiesen sobre ello algún temor, deben estar bien tranquilos. Todas las pretensiones aisladas caerán por la fuerza de las cosas, ante el grande y poderoso criterio de la comprobación universal.

No se unirán a la opinión de un hombre, sino a la voz unánime de los espíritus; no será un hombre, y mucho menos yo, el que funde la ortodoxia espiritista; tampoco será un espíritu el que venga a imponerse a cualquiera que sea; será la universalidad de los espíritus, comunicándose en toda la tierra por orden de Dios; este es el carácter esencial de la doctrina espiritista, y ésta es su fuerza, ésta es su autoridad. Dios ha querido que su ley fuese asentada en una base indestructible; por esto no ha querido que se apoyasen en la frágil cabeza de uno solo.

Ante este poderoso areópago, que no conoce ni espíritu de corporación, ni rivalidades celosas, ni sectas, ni naciones, vendrán a estrellarse todas las oposiciones, todas las ambiciones, torlas las pretensiones a la superchería individual, "si nosotros quisiéramos substituir nuestras propias ideas a sus decretos soberanos, nosotros mismos nos estrellaríamos"; El solo es el que resolverá todas las cuestiones litigiosas; el que acallará las disidencias y dará la razón a quien de derecho la tenga.

Ante este imponente concierto de todas las voces del cielo, ¿qué puede la opinión de un solo hombre o de un espíritu? Menos que una gota de agua que se pierde en el Océano, menos que la voz del niño que la tempestad sofoca.

La opinión universal es el juez supremo, la que habla en definitiva y se forma de todas las opiniones individuales; si una de ellas es verdadera, sólo tienen en la balanza su peso relativo; si es falsa, no puede sobrepujar a las otras. En este inmenso concurso las individualidades desaparecen, y este es un nuevo jaque al orgullo humano.

Ese conjunto armonioso se dibuja ya, y no concluirá este siglo sin que brille en todo su esplendor de una manera que fije todas las incertidumbres, porque de aquí a entonces, voces poderosas habrán recibido la misión de hacerse oír para reunir a los hombres bajo un mismo estandarte, apenas el campo esté suficientemente cultivado. Mientras tanto, el que fluctúa entre dos sistemas opuestos, puede observar en qué sentido se pronuncia la opinión general; este es el indicio cierto del sentido en que se manifiestan la.mayoría de los espíritus en los diferentes puntos en que se comunican, y esta es también la señal no menos cierta del sistema que vencerá.


III. - Noticias históricas

Para comprender bien ciertos pasajes del Evangelio, es necesario conocer el valor de muchas palabras que se emplean en él con frecuencia, y que caracterizan el estado de las costumbres y de la sociedad judáica de aquella época. No teniendo ya estas palabras para nosotros el mismo sentido, han sido mal interpretadas a menudo, y por la misma razón, han dejado una especie de incertidumbre. La inteligencia de su significado explica además el sentido verdadero de ciertas máximas que parecen extrañas a primera vista.

Samaritanos. Después del cisma de las diez tribus, Samaria vino a ser la capital del reino disidente de Israel. Destruida y vuelta a edificar muchas veces, fué, bajo el dominio de los romanos, la capital de la Samaria, una de las cuatro divisiones de la Palestina; Herodes, llamado el Grande, la embelleció con suntuosos monumentos, y para lisonjear a Augusto, la dió el nombre de Augusta en griego Sebaste.

Los samaritanos casi siempre estuvieron en guerra con los reyes de Judá; una aversión profunda, que databa de la separación, se perpetuó constantemente entre los dos pueblos, que evitaban todas las relaciones recíprocas. Los samaritanos, para hacer la separación más profunda y no tener que ir a Jerusalén para la celebración de las fiestas religiosas, se construyeron un templo particular y adoptaron ciertas reformas: sólo admitían el Pentateuco, que contenía la ley de Moisés, y rechazaban todos los libros que se unieron después. Los libros sagrados estaban escritos en caracteres hebreos de la mayor antigüedad. Para los judíos ortodoxos, eran herejes y por lo mismo, anatematizados, despreciados y perseguidos. El antagonismo de las dos naciones tenía, pues, por único principio la divergencia de opiniones religiosas, aunque sus creencias tuviesen el mismo origen; eran los protestantes de aquel tiempo.

Aun se encuentran hoy samaritanos en algunas comarcas de Levante, particularmente en Naplousa y en Jaffa. Observan la ley de Moisés con más rigor que los otros judíos, y sólo entre si contraen alianza.

Nazarenos. Nombre dado en la antigua ley a los Judíos que hacían voto, ya temporal ya vitaliciamente, de conservar una pureza perfecta; se obligaban a la castidad, a la abstinencia de los licores y a conservar sus cabelleras. Samsón, Samuel y Juan Bautista, eran nazarenos.

Más tarde los judíos dieron este nombre a los primeros cristianos, por alusión a Jesús de Nazareth.

Este fué también el nombre de una secta herética de los primeros siglos de la era cristiana, que, lo mismo que los ebionistas, de los que adoptan ciertos principios, mezclaban las prácticas mosáicas con los dogmas cristianos. Esta secta desapareció en el siglo cuarto.

Publicanos. En la antigua Roma, se llamaban así los arrendadores de las contribuciones públicas, encargados del cobro de los impuestos y rentas de toda clase, ya en la misma Roma, o ya en las demás partes del imperio: eran análogas a los arrendadores generales y tratantes del antiguo régimen en Francia, y a los que aun existen en algunas comarcas. Los peligros que corrían hacía que pasasen desapercibidas las riquezas que adquirían muy a menudo y que para muchos eran producto de exacciones y beneficios escandalosos. El nombre de publicanos se extendió más tarde a todos aquellos que tenían el manejo del tesoro público, y también a los agentes subalternos. Hoy se toma esta palabra como epíteto para designar a los hacendistas y agentes de negocios poco escrupulosos; algunas veces se dice: "Avido como un publicano", "rico como un publicano", tratándose de una fortuna mal adquirida.

De la dominación romana, el impuesto fué lo que los judíos aceptaron más difícilmente y lo que les causó más irritación; de aquí se siguieron motines, y se hizo de esto una cuestión religiosa, porque se miraba contrario a la ley. Hasta se formó un partido poderoso, a cuyo frente estaba un tal Judá, llamado el Golanita, que tenía por principio no pagar el impuesto. Los judíos tenían, pues, horror a éste, y por consiguiente, a todos los que estaban encargados de cobrarlo; de aquí vino la aversión a los publicanos de todas clases, entre los cuales podía haber personas muy estimables, pero que en razón de su oficio, eran menospreciadas, lo mismo que los que se relacionaban con ellos, y que eran confundidos en igual reprobación. Los judíos de distinción hubieran creído comprometerse teniendo con ellos relaciones de intimidad.

Los Peageros. Eran los preceptores de baja esfera, encargados principalmente de cobrar los derechos de entrada en las ciudades. Sus funciones correspondían, poco más o menos, a las de los aduaneros y receptores de derechos de puertas, quienes merecían la misma reprobación que los publicanos en general. Por esta razón en el Evangelio se encuentra con frecuencia el nombre de Publicano unido al de gentes de mala vida; esta calificación no implicaba la de disolutos y vagos; era un término de desprecio, sinónimo de gentes de mala compañía, indignas de relaciones con las gentes de buena conducta.

Fariseos (del hebreo Pharasch, división, separación). La tradición formaba una parte importante de la Teología judáica; consistía en la colección de las interpretaciones sucesivas dadas sobre el sentido de las Escrituras y que habían venido a ser artículos de dogma. Entre los doctores, este asunto era objeto de interminables discusiones, y las más de las veces sobre simples cuestiones de palabras o de forma, por el estilo de las disputas teológicas y de las sutilezas escolásticas de la edad media; de ahí nacieron diferentes sectas que pretendían tener cada una el monopolio de la verdad, y como acontece casi siempre; se detestaban cordialmente las unas a las otras.

Entre estas sectas, la más influyente era la de los fariseos que tuvo jefe a Hillel, doctor judío que nació en Babilonia, fundador de una escuela célebre, en la que se enseñaba que la fe sólo se debía a las Escrituras. Su origen se remonta al año 180 ó 200 antes de J. C. Los fariseos fueron perseguidos en diversas épocas, notablemente bajo el mando de Hirtano, soberano pontífice y rey de los judíos, de Aristóbulo y de Alejandro, rey de Siria; sin embargo, este último habiéndoles vuelto sus honores y sus bienes, afianzaron su poder, ue conservaron hasta la ruina de Jerusalén; el año 70 de la era cristiana, época en que desapareció su nombre a consecuencia de la dispersión de los judíos.

Los fariseos tomaban una parte activa en las controversias religiosas; serviles observadores de las prácticas exteriores del culto y de las ceremonias, llenos de un celo ardiente de proselitismo, enemigos de los innovadores, afectaban una grande severidad de principios; pero bajo las apariencias de una devoción meticulosa, ocultaban costumbres disolutas, mucho orgullo, y sobre todo, un amor excesivo de mando. La religión era para ellos antes un medio de medrar, que objeto de fe sincera. Sólo tenían el exterior y la ostentación de la virtud; mas así ejercían una grande influencia sobre el pueblo, a cuyos ojos pasabán por unos santos, y por esto eran tan poderosos en Jerusalén.

Creían, o al menos hacían ver que creían, en la Providencia, en la inmortalidad del alma, en la eternidad de las penas y en la resurrección de los muertos. (Cap. IV, número 4). Jesús, que apreciaba ante todo la sencillez y las cualidades del corazón, que prefería en la ley el espíritu que vivifica a la letra que mata, se dedicó, durante su misión a desenmascarar la hipocresía de aquéllos y por consiguiente, tuvo en ellos enemigos encarnizados; por esto se unieron con los príncipes de los sacerdotes para amotinar al pueblo contra El y hacerle perecer.

Escribas. Nombre dado en un principio a los secretarios de los reyes de Judá, y a ciertos intendentes de los ejércitos judáicos; más tarde esta designación se aplicó especialmente a los doctores que enseñaban la ley de Moisés y la interpretaban al pueblo. Hacían causa común con los fariseos, de cuyos principios participaban, así como de su antipatía contra los innovadores, y por esto Jesús les confunde en la misma reprobación.

Sinagoga, (del griego Sunagogué, asamblea, congregación). En Judea sólo había un templo (que era el de Salomón), en Jerusalén, en donde se celebraban las grandes ceremonias del culto. Los judíos acudían allí todos los años en peregrinación por las principales fiestas, tales como la de Pascua, la Dedicación, y los Tabernáculos. Con motivo de estas fiestas hizo Jesús muchos viajes a Jerusalén. Las otras ciudades no tenían templos, sino sinagogas, edificios en donde se reunían los judíos el día de sábado para hacer las oraciones públicas bajo la dirección de los ancianos y de los escribas, o doctores de la ley; había también lectura de libros sagrados, que se explicaban y comentaban; todos podían tomar allí la palabra, y así es que Jesús sin ser sacerdote, enseñaba en las sinagogas los días de sábado.

Después de la ruina de Jerusalén y de la dispersión de los judíos, las sinagogas, en las ciudades que habitaban, les servían de templos para la celebración de culto.

Saduceos. Secta judáica que se formó hacia el año 248 antes de J. C.; llamada así de Sadock, su fundador. Los saduceos no creían ni en la inmortalidad del alma, ni en los buenos y malos ángeles; sin embargo, creían en Dios, pero no esperando nada después de la muerte, no le servían sino con la mira de recompensas temporales, a lo que, según ellos, se limitaba su providencia; la satisfacción de los sentidos era también a sus ojos el objeto esencial de la vida. En cuanto a las escrituras, se atenían al texto de la antigua ley, no admitiendo ni la tradición ni ninguna interpretación; colocaban las buenas obras y la ejecución pura y simple de la ley, sobre las prácticas exteriores del culto; como se ve, eran los materialistas, los deístas y los sensualistas de la época. Esta secta era poco numerosa, pero contaba con personajes importantes, y vino a ser un partido político constantemente opuesto a los fariseos.

Esenienses o Esseneenses, secta judáica fundada hacia el año 150 antes de J. C.; en tiempo de los Macabeos, y cuyos miembros, que habitaban en una especie de monasterio, formaban entre sí una clase de asociación moral y religiosa. Se distinguían per sus costumbres dulces y virtudes austeras, enseñaban el amor a Dios y al prójimo, la inmortalidad del alma y creían en la resurrección. Vivían en el celibato, condenaban la esclavitud y la guerra, sus bienes eran comunes y se entregaban a la agricultura. Opuestos a los saduceos sensuales que negaban la inmortalidad, y a los fariseos rígidos por sus prácticas exteriores entre los cuales la virtud era aparente, no tomaron parte en ninguna de las querellas que dividían a estas dos sectas. Su género de vida se aproximaba a la de los primitivos cristianos, y los principios de moral que profesaban han hecho pensar a algunas personas que Jesús formó parte de esta secta antes de que empezara su misión pública. Lo que es cierto es que debió conocerla; pero nada prueba que se hubiese afiliado a ella y todo lo que se ha escrito sobre este asunto es hipotético (1).

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(1) "La muerte de Jesus", que se dice escrita por un hernano Esseniense, es un libro completamente apócrifo escrito con la mira de servir a una opinión y que en sí mismo encierra la prueba de su origen moderno.


Terapeutas, (del griego therapeutai, derivado de therapeuein, servir, cuidar; es decir, servidores de Dios, o curanderos); sectarios judíos contemporáneos de Cristo, establecidos principalmente en Alejandría de Egipto; tenían mucha relación con los essenienses, cuyos principios profesaban, y se entregaban a la práctica de la virtud como ellos. Su alimento era en extremo frugal; entregados al celibato, a la contemplación y a la vida solitaria, formaban una verdadera orden religiosa. Philon, filósofo judío, platoniano de Alejandría, fué el primero que habló de los terapeutas, y los llama una secta de judaísmo. Eusebio, San Jerónimo y otros padres, creen que eran cristianos. Ya fuesen judíos, ya cristianos, es evidente que lo mismo que los essenienses, formaron el eslabón entre el judaísmo y el cristianismo.

IV. - Sócrates y Platón

PRECURSORES DE LA IDEA CRISTIANA Y DEL ESPIRITISMO

De que Jesús conociera la secta de los essenienses, no se sigue por esto que tomase de ellos su doctrina, y que si hubiese vivido en otro centro, hubiera profesado otros principios. Las grandes ideas nunca se desarrollan súbitamente; las que tienen por base la verdad tienen siempre precursores que parcialmente preparan el camino, y después, cuando llega su tiempo, Dios manda a un hombre con misión para resumir, coordinar y completar estos elementos esparcidos y formar con ellos un cuerpo; de este modo, no llegando la idea bruscamente, a su aparición, encuentra espíritus dispuestos para aceptarla. Así ha sucedido con la idea cristiana, que fué presentida muchos siglos antes de Jesús y los essenienses, y cuyos principales precursores fueron Sócrates y Platón.

Sócrates, lo mismo que Cristo, no escribió o al menos no ha dejado ningún escrito; lo mismo que El, murió como los criminales, víctima del fanatismo, por haber atacado las creencias vulgares y por haber sobrepuesto la virtud real a la hipocresía y a las formas externas; en una palabra, por haber combatido las preocupaciones religiosas. Así como Jesús fué acusado por los fariseos de corromper al pueblo con sus enseñanzas, también fué Sócrates acusado por los fariseos de su tiempo, pues, los ha habido en todas épocas, de corromper a la juventud, proclamando el Dogma de la unidad de Dios, de la inmortalidad del alma y de la vida futura. Del mismo modo que no conocemos la doctrina de Jesús mas que por los escritos de sus discípulos, tampoco conocemos la de Sócrates más que por los escritos de su discípulo Platón. Creemos de utilidad el resumir aquí sus puntos más culminantes, para demostrar su concordancia con los principios del Cristianismo.

A los que acaso viesen en este paralelo como una profanación y pretendieran que no puede haber paridad entre la doctrina de un pagano y la de Cristo, contestaremos que la de Sócartes no era pagana, puesto que tenía por objeto combatir el paganismo; que la doctrina de Jesús, más completa y más depurada que la de Sócrates, no pierde nada en la comparación; que la grandeza de la misión divina de Cristo no puede ser aminorada por ello, y que, por otra parte, estos son hechos históricos que no pueden negarse, El hombre ha llegado a la época en que la luz por sí misma sale de debajo del celemín y está bien dispuesto para mirarla de frente: tanto peor para los que no se atreven a abrir los ojos. Ha llegado el tiempo de mirar las cosas con libertad y de muy alto, y no desde el punto de vista mezquino y reducido de los intereses de secta y de casta.

Por otra parte, estas citas probarán que si Sócrates y Platón presintieron la idea cristiana, se encuentran igualmente en su doctrina los principios fundamentales del Espiritismo.


RESUMEN DE LA DOCTRINA DE SOCRATES Y PLATÓN

I. El hombre es un alma encarnada. Antes de su encarnación existia unida a los tipos primordiales, a las ideas de lo verdadero, del bien y de lo bello, de las que se separa encarnándose, y recordando su pasado, está más o menos atormentada por el deseo de volver a él.

No puede enunciarse más claramente la distinción y la independencia del principio inteligente y del principio material; además, es la doctrina de la preexistencia del alma, de la vaga intuición que conserva de otro mundo al cual aspira de su supervivencia al cuerpo, de su salida del mundo espiritual para encarnarse y de su vuelta a este mundo después de la muerte; es, en fin, el germen de la doctrina de los ángeles caídos.

II. El alma se desvía y se turba cuando se sirve del cuerpo para considerar algún objeto; tiene vértigos como si estuviera ebria, porque se une a cosas que están por su naturaleza sujetas a cambios, en vez de que, cuando contempla su propia esencia, se dirige hacia lo que es puro, eterno, inmortal, y siendo de la misma naturaleza, permanece allí tanto tiempo como puede; entonces sus extravios cesan, porque está unida a lo que es inmutable, y este estado del alma es lo que se llama sabiduría.

De este modo el hombre que considera las cosas de la tierra desde el punto de vista material, se hace ilusiones; para apreciarlas con exactitud, es menester verlas desde arriba, es decir, desde el punto de vista espiritual. El verdadero sabio debe, pues, aislar hasta cierto punto, el alma del cuerpo, para ver con los ojos del espíritu. Esto es lo que nos enseña el Espiritismo. (Cap. II, número 5).

III. Mientras que tengamos nuestro cuerpo y el alma se encuentre sumergida en esta corrupción, nunca poseeremos el objeto de nuestros deseos: la verdad. En efecto, el cuerpo nos suscita mil obstáculos por la necesidad que tenemos de cuidarle; además, nos llena de deseos, de apetito, de temores, de mil quimeras y de mil tonterías, de manera que con él es imposible ser prudente ni un instante. Pero si es imposible conocer nada con pureza mientras el alma está unida al cuerpo, es necesario que suceda una de estas dos cosas: o que nunca jamás se conozca la verdad o que se conozca después de la muerte. Desembarazados de la locura del cuerpo, entonces conversaremos, es de esperar, como hombres igualmente libres, y conoceremos por nosotros mismos la esencia de las cosas. Por esto los verdaderos filósofos se preparan a morir, y la muerte no les parece espantosa. ("Cielo e Infierno", 1ª parte, cap. II; 2ª parte, cap. I).

Este es el principio de las facultades del alma, obscurecidas por el intermediario de los órganos corporales y de la expansión de sus facultades después de la muerte; pero aquí se trata de las almas escogidas, ya purificadas, pues no sucede lo mismo con las almas impuras.

IV. El alma impura, en este estado, es arrastrada e impelida de nuevo hacia el mundo visible por el horror que tiene a lo invisible e inmaterial: entonces está errante, se dice, alrededor de los monumentos y de los sepulcros, cerca de los cuales se ban visto a veces tan tenebrosas, como deben ser las imágenes de las almas que han dejado el cuerpo sin estar enteramente purificadas, y que conservan algo de la forma material, lo que hace que puedan verse. Estas no son las almas de los buenos, si la de los malos, que están obligadas a permanecer errantes en estos parajes, adonde llevan consigo la pena de su primera vida y en donde permanecen errantes hasta que los apetitos inherentes a la forma material que ellas se han dado, las conducen a un cuerpo, y entonces vuelven, sin duda, a tomar las mismas costumbres que durante su primera vida eran objeto de sus predilecciones.

No solamente se explica aquí el principio de la reencarnación con claridad, sino que está descrito, del mismo modo que lo demuestra el Espiritismo en las evocaciones, del estado de las almas que aun están bajo el irnperio de la materia. Hay más, y es que dice que la reencarnación en un cuerpo material es consecuencia de la impureza del alma, mientras que las almas purificadas están dispensadas de hacerlo. El Espiritismo no dice otra cosa; añade solamente que el alma que ha tomado buenas resoluciones en el estado errante, y que se halla en conocimientos adquiridos, tiene, al renacer, menos defectos, más virtudes y más ideas intuitivas que no tenía en su precedente existencia; y que de este modo, cada existencia implica para ella un progreso intelectual y moral. (Cielo e Infierno, 2ª parte: Ejemplos).

V. Después de la muerte, el genio (Daimón, demonio) que nos ha sido destinado durante nuestra vida, nos lleva a un paraje, en donde se reunen todos aquellos que deben ser conducidos a las Hadas para ser juzgados. Las almas, después de haber permanecido en las Hadas el tiempo necesario, vuelven a ser conducidas a esta vida "en numerosos y largos períodos.".

Esta es la doctrina de los ángeles guardianes y espíritus protectores, y de las reencarnaciones sucesivas después de intervalos más o menos largos de erraticidad.

VI. Los demonios llenan el intervalo que separa el cielo de la tierra; son el lazo que une el gran todo con el mismo. No entrando nunca la Divinidad en comunicación directa con el hombre, por la mediación de los demonios es como los dioses se comunican y hablan con él, sea en estado de vela o durante el sueño.

La palabra Daimón, de la que se ha formado demonio, no se tomaba en mal sentido en la antigüedad, como entre los modernos; no se aplicaba exclusivamente a los espíritus malhechores, sino a todos los espíritus en general, entre los cuales se distinguían a los espíritus superiores, llamándoles dioses; y a los espíritus menos elevados o demonios, propiamente dichos, que comunicaban directamente con los hombres. El Espiritismo dice también que los espíritus pueblan el espacio; que Dios no se comunica con los hombres sino por mediación de los espíritus puros, encargados de transmitir su voluntad; y que los espíritus comunican con ellos durante la vela y durante el sueño. Substituid la palabra demonio por espíritu, y tendréis la doctrina espiritista; poned la palabra ángel, y tendréis la doctrina cristiana.

VII. La preocupación constante del filósofo (tal como la comprendía Sócrates y Platón), es la de tener muchísimo cuidado con el alma, menos por esta vida, que sólo dura un instante, que por la eternidad. Si el alma es inmortal, ¿no es acaso más prudente el vivir para alcanzar la eternidad?

El Cristianismo y el Espiritismo enseñan esto mismo.

VIII. Si el alma es inmaterial, debe pasar después de esta vida a un mundo igualmente invisible e inmaterial, del mismo modo que el cuerpo, cuando se descompone vuelve a la materia. Sólo que conviene mucho distinguir bien el alma pura, verdaderamente inmaterial, que se alimenta como Dios de la ciencia y de los pensamientos, del alma más o menos manchada de impurezas materiales, que la impiden elevarse hacia lo divino y la retienen en los lugares de su morada terrestre.

Sócrates y Platón, como se ve, comprendían perfectamente los diferentes grados de desmateríalización del alma, e insisten sobre la diferencia de situación que resulta para ella de su mayor o menor pureza. Lo que ellos decían por intuición, el Espiritismo lo prueba con numerosos ejemplos que pone a nuestra vista. (Cielo e Infierno, 2ª parte).

IX. Si la muerte fuese la completa disolución del hombre, sería una ventaja para los malos, después de su muerte, el quedar libres, al mismo tiempo, de sus cuerpos, de sus almas y de sus vicios. Aquél que adornaba su alma no con una compostura extraña, sino con la que le es propia, sólo aquél podrá esperar tranquilamente la hora de su partida para el otro mundo.

Esto es decir, en otros términos, que el materialismo que proclama la nada para después de la muerte, sería la anulación de toda responsabilidad moral ulterior, y por consiguiente, un excitante del mal; que el malo cree ganarlo todo con la nada; que sólo el hombre que se ha despojado de sus vicios y se ha enriquecido de virtudes, puede esperar tranquilamente el despertar a la otra vida. El Espiritismo nos enseña con los ejemplos que pone todos los días a nuestra vista, cuán penoso es para el malo el tránsito de una vida a otra y la entrada en la vida futura. (Cielo e Infierno, 2ª parte, cap. I).

X. El cuerpo conserva los vestigios bien marcados de los cuidados que se han tenido por él o de los accidentes que ha experimentado; lo mismo sucede con el alma; cuando se despoja del cuerpo, lleva las señales evidentes que cada uno de los actos de su vida le han dejado. De este modo la mayor desgracia que puede sucederle al hombre, es el irse al otro mundo con un alma cargada de crimenes. Ya ves Callicles, que ni tú, ni Polus, ni Gorgias, podriais probar que debe seguirse otra conducta que nos sea útil para cuando estemos allá. De tantas opiniones diversas, la única inquebrantable es la de que "vale más recibir una injusticia que cometerla", y que ante todo debe uno dedicarse, no a parecer hombre de bien, sino a serlo. (Conversaciones de Sócrates con sus discípulos en la prisión).

Aquí se encuentra este punto capital, confirmado hoy por la experiencia, es a saber; que el alma no purifícada, conserva las ideas, las tendencias, el carácter y las pasiones que tenía en la tierra. La máxima: "Vale más recibir una injusticia que cometerla", ¿no es enteramente cristiana? Es el mismo pensamiento que Jesús expresa con esa figura: "Si alguno os hiere en una mejilla, presentadle la otra". (Cap. XII, núms. 7 y 8).

XI. Una de dos: o la muerte es una destrucción absoluta, ó es el tránsito del alma a otro paraje. Si debe aniquilarse todo, la muerte será como una de esas noches raras que pasames sin soñar y sin ninguna conciencia de nosotros mismos. Pero si la muerte sólo es un cambio de morada, el tránsito a un lugar en que los muertos deben reunirse, ¡qué diera volver a encontrar a los que hemos conocido! Mi mayor placer fuera poder examinar de cerca los habitantes de esa morada y distinguir en ellos, como aquí, a los que son sabios, de aquellos que creen serlo, y no lo son. Pero ya es hora de separarnos, yo para morir y vosotros para vivir. (Sócrates a sus Jueces).

Según Sócrates los hombres que han vivido en la tierra, se vuelven a encontrar después de la muerte y se reconocen. El Espiritismo nos lo ofrece continuando las relaciones que tuvieron de tal modo, que la muerte no es ni una interrupción, ni una cesación de la vida, sino una transformación sin solución de continuidad.

Si Sócrates y Platón hubiesen conocido las enseñanzas que Cristo dió 500 años después, y las que dan ahora los espíritus, hubieran dicho lo mismo. No debe sorprendernos esto si consideramos que las grandes verdades son eternas, que los espíritus adelantados debieron conocerlas antes de venir a tierra, a donde los trajeron; que Sócrates, Platón y los grandes filósofos de su tiempo, pudieron ser más tarde del número de aquellos que sécundaron a Cristo en su divina misión, siendo elegidos precisamente porque estaban más que los otros en disposición de comprender sus sublimes enseñanzas, y que, finalmente, pueden hoy formar parte del número de los espíritus encargados de venir a enseñar a los hombres las mismas verdades.

XII. "Nunca debe volverse injusticia por injusticia, ni hacer mal a nadie por daño que nos haya hecho". Pocas personas, sin embargo, admitirán este principio y las gentes que sobre este punto están divididas, se desprecian las unas a las otras.

¿Acaso no es este el principio de caridad que nos enseña no volver mal por mal y perdonar a nuestros enemigos?

XIII. "Por el fruto se conoce el árbol". Es preciso calificar cada acción según el fruto que resulta de ella; llamarla mala, cuando de ella proviene el mal, y buena, cuando de ella nace el bien.

Esta máxima : "Por el fruto se conoce el árbol", se halla repetida textualmente en muchos parajes del Evangelio.

XIV. La riqueza es un gran peligro. Todo aquel que ama la riqueza, no se ama a sí mismo ni a lo que está en él, sino a una cosa que le es más extraña que lo que está en él. (Capítulo XVI).

XV. Las más hermosas oraciones y los más bellos sacrifícios, agradan menos a la Divinidad que una alma virtuosa que se esfuerza en parecérsele. Sería muy grave que los dioses aceptasen más bien nuestras ofrendas que nuestras almas: por este medio, las más culpables podrían hacérselos propicios. Pero sólo son verdaderamente justos y prudentes aquellos que por sus palabras y por sus actos cumplen con lo que deben a los dioses y a los hombres. (Cap. X, números 7 y 8).

XVI. Yo llamo hombre vicioso a este amante vulgar que prefiere el cuerpo al alma. El amor está en todas partes: en la naturaleza, invitándonos a ejercer nuestra inteligencia; hasta se encuentra en el movimiento de los astros. El amor es el que adorna a la naturaleza con sus ricos tapices y pasa y fija su mirada en donde encuentra flores y perfumes; también es el que da paz a los hombres, calma al mar, silencio a los vientos y tregua al dolor.

El amor que debe unir a los hombres como un lazo fraternal, es una consecuencia de esta teoría de Platón sobre el amor universal como ley de la naturaleza. Habiendo dicho Sócrates que "el amor no es un Dios, ni un mortal, sino un gran demonio", es decir, un gran espíritu que preside el amor universal, esta palabra, sobre todo, fué la que se le imputó como un crimen.

XVII. La virtud no puede enseñarse; viene como un don de Dios a los que la poseen.

Con poca diferencia es la doctrina cristiana sobre la gracia; pero si la virtud es un don de Dios, es un favor y puede preguntarse por qué no se concede a todos; por otra parte, si es un don, no tiene mérito para el que la posee. El Espiritismo es más explícito; dice que el que posee la virtud, la ha adquirido por sus esfuerzos en sus existencias sucesivas, despojándose poco a poco de sus imperfecciones. La gracia es la fuerza con que Dios favorece a todo hombre de buena voluntad para despojarse del mal y hacer el bien.

XVIII. Hay una disposición naturai en cada uno de nosotros, y es que nos apercibimos menos de nuestros defectos que de los ajenos.

El Evangelio dice: "Veis la paja en el ojo de vuestro vecino y no veis la viga en el vuestro". (Cap. X, números 9 y 10).

XIX. Si los médicos fracasan en la mayor parte de las enfermedades, "es porque tratan al cuerpo sin el alma", y no estando el todo en buena disposición, es imposible que la parte esté buena.

El Espiritismo da la clave de las relaciones que hay entre el alma y el cuerpo, y prueba que existe una reacción continua entre una y otro; de este modo abre un camino nuevo a la ciencia, enseñándole la verdadera causa de ciertas afecciones y proporcionándole los modios de combatirlas. Cuando la ciencia conozca mejor la acción del elemento espiritual sobre la economía, fracasará con menos frecuencia.

XX. Todos los hombres a contar desde la infancia, hacen mucho más mal que bien.

Estas palabras de Sócrates tocan la grave cuestión del predominio del mal en la tierra, cuestión irresoluble sin el conocimiento de la pluralidad de mundos y del destino de la tierra, en la que sólo habita una fracción muy pequeña de la humanidad. Sólo el Espiritismo da la solución que se desarrolla más adelante en los capítulos II, III y V.

XXI. La verdadera sabiduría está en no creer saber lo que no se sabe.

Esto se dirige a las gentes que critican aquello de que a menudo no saben ni una palabra. Platón completa este pensamiento de Sócrates diciendo: "Procuremos antes, si es posible, hacerles más circunspectos en palabras; sino, no nos ocupemos de ellos y no busquemos sino la verdad. Procuremos instruirnos, pero no injuriemos". Así es como deben obrar los espiritistas con respecto a sus contradictores de buena o de mala fe. Si Platón viviese hoy, encontraría las cosas poco más o menos como en su tiempo y podría usar el mismo lenguaje. Sócrates encontraría también quien se burlase de su creencia en los espíritus y le tratase de loco, lo mismo que a su discípulo Platón.

A causa de haber profesado Sócrates estos principios, cayó en el ridículo primero, después fué acusado de impío y condenado a beber la cicuta; tan cierto es que las grandes verdades nuevas, sublevando contra ellas los intereses y las preocupaciones que destruyen, no puede establecerse sin lucha y sin hacer mártires. 36 37