EL EVANGELIO SEGÚN EL ESPIRITISMO

Allan Kardec

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CAPÍTULO IV - Nadie puede ver el reino de Dios sino aquel que renaciere de nuevo

Resurrección y reencarnación. - Lazos de familia fortificados por la reencarnación y rotos por la unidad de existencia. - Instrucciones de los espíritus: Límites de la encarnación. - ¿La encarnación es un castigo?

Nadie puede ver el reino de Dios sino aquel que renaciere de nuevo

1. Y vino Jesús a las partes de Cesárea de Philippo, y preguntaba a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el hijo del Hombre? - Y ellos respondieron: los unos que Juan el Bautista, los otros que Elías, los otros que Jeremías, o uno de los profetas. - Y Jesús les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? - Respondió Simón Pedro, y dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. - Y respondiendo Jesús le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan; porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. (San Mateo, capítulo XVI, v. de 13 a 17; San Marcos, cap. VIII, v. de 27 a 30).

2. Y llegó a noticia de Herodes el Tetrarca todo lo que hacia Jesús, y quedó como suspenso, porque decían algunos: Que Juan ha resucitado de entre los muertos; y otros: Que Elías había aparecido; y otros: Que un profeta de los antiguos había resucitado. - Y dijo Herodes: Yo degollé a Juan. ¿Quién, pues, es este de quien oigo tales cosas?, y procuraba verlo. (San Marcos, capítulo VI, v. 14 y 15; San Lucas, cap. IX, v. 7, 8 y 9).

3. (Después de la transfiguración). Y sus discípulos le preguntaron, y le dijeron: ¿Pues por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero? Y él les respondió y dijo: Elías, en verdad, ha de venir y restablecerá todas las cosas. - Pero os digo que ya vino Elías, y no le conocieron, antes hicieron con él cuanto quisieron. Así también ellos harán padecer al hijo del hombre. - Entonces entendieron los discípulos, que de Juan el Bautista les había hablado. (San Mateo, capítulo XVII, v. 10 a 13; San Marcos, cap. IX, v. 10, 11 y 12).

Resurrección y reencarnación



4. La reencarnación formaba parte de los dogmas judáicos, bajo el nombre de resurrección; sólo los saduceos, que pensaban que todo concluía con la muerte, no creían en ella. Las ideas de los judíos en este punto, como en muchos otros, no estaban claramente definidas, porque sólo tenían nociones vagas e incompletas sobre el alma y sus lazos con el cuerpo. Creían que un hombre que había vivido podía volver a vivir, sin explicarse con precisión la manera cómo esto podía suceder; designaban con la palabra resurrección, lo que el Espiritismo llama más juiciosamente reencarnación. En efecto, la resurrección supone la vuelta a la vida al cuerpo que está muerto, lo que la ciencia demuestra ser materialmente imposible, sobre todo cuando los elementos de su cuerpo están dispersos y absortos después de mucho tiempo; la reencarnación es la vuelta del alma o del espíritu a la vida corporal, pero en otro cuerpo nuevamente formado para él y que nada tiene de común con el antiguo. La palabra resurrección podía de este modo, aplicarse a Lázaro, pero no a Elías ni a los otros profetas. Si, pues, según su creencia, Juan Bautista era Elias, el cuerpo de Juan no podía ser el de Elías, puesto que se había visto a Juan niño y se conocía a su padre y a su madre. Juan podía, pues, ser Elías reencarnado, pero no resucitado.

5. Y había un hombre de los fariseos, llamado Nicodemo, príncipe de los judíos. - Este vió a Jesús de noche, y le dijo: Rabbi, sabemos que eres maestro venido de Dios porque ninguno puede hacer estos milagros, que tú haces, si Dios no estuviera con él.

Jesús le respondió, y le dijo: En verdad, en verdad te digo, "que no puede ver el reino de Dios si no aquel que renaciere de nuevo".

Nicodemo le dijo: ¿Cómo un hombre puede nacer siendo viejo? ¿por ventura puede volver al vientre de su madre y nacer otra vez?

Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo, que no puede entrar en el reino de Dios, si no aquel que fuere renacido de agua y de Espíritu Santo.

Lo que es nacido de carne, carne es: y lo que es nacido de espíritu, espíritu es. - No te maravilles, porque te dije: os es necesario nacer otra vez. - El espíritu donde quiere, sopla; y oyes su voz: mas no sabes de donde viene, ni adondé va; así es todo aquel que es nacido de espíritu.

Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? - Respondió Jesús y le dijo: ¿Tú eres maestro de Israel y esto ignoras? - En verdad, en verdad te digo: que lo que sabemos, eso hablamos, y lo que hemos visto, atestiguamos, y no recibís nuestro testimonio. - Si os he dicho cosas terrenas, y no las creéis, ¿cómo creeréis, si os dijese las celestiales? (San Juan, capítulo III, v. de 1 a 12).

6. La idea de que Juan Bautista era Elias y que los profetas podían volver a vivir en la tierra, se encuentra en muchos pasajes de los Evangelios, particularmente en los relatos anteriores (números 1, 2 y 3). Si esa creencia hubiese sido un error, Jesús la hubiera combatido como combatió tantas otras, lejos de esto la sancionó con toda su autoridad y la pone en principio y como una condición necesaria, cuando dice: "Que no puede ver el reino de Dios sino aquel que renaciere de nuevo"; y añade insistiendo en lo mismo: "No te maravilles porque te dije: os es necesario nacer otra vez".

7. Estas palabras: "si no aquél que fuere renacido de agua y de Espíritu Santo", han sido interpretadas en el sentido de la regeneración por el agua del bautismo; pero el texto primitivo dice simplemente "de agua y del espíritu"; mientras que en ciertas traducciones se ha substituído Espíritu por Espíritu Santo, lo que no está conforme con el mismo pensamiento. Este punto principal sobresale en los primeros comentarios hechos sobre el Evangelio, lo que un día se hará constar sin equívoco posible (1).

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(1) La traducción de Osterwald, está conforme al texto primitivo; dice: No renace del agua y del Espíritu; la de Sacy dice: "de Santo Espíritu"; la de Lammenais, "del Espíritu Santo".


8. Para comprender el verdadero sentido de esas palabras, es menester referirse a la significación de la palabra agua, que no se emplea en su acepción propia. Los conocimientos que los antiguos tenían sobre las ciencias físicas eran muy imperfectos; creían que la tierra había salido de las aguas, y por esto consideraban el agua como elemento generador absoluto; así es que en el Génesis se dice: "El espíritu de Dios era llevado sobre las aguas; flotaba sobre las aguas; - Que el firmamento fué hecho en medio de las aguas; - Que las aguas que están bajo del cielo se junten en un solo punto y que el elemento árido aparezca; -Que las aguas produzcan los animales vivientes que nadan en el agua, y los pájaros que vuelan sobre la tierra y bajo el firmamento".

Según esta creencia, el agua venía a ser el símbolo de la naturaleza material, como el espíritu era el de la naturaleza inteligente. Las palabras: "Si el hombre no renace del agua y del espíritu, o en agua y en espíritu", significan, pues "Si el hombre no vuelve a nacer con su cuerpo y su alma". En este sentido fueron comprendidas al principio.

Esta interpretación está, además, justificada con estas palabras: "Lo que es nacido de carne, carne es; y lo que es nacido de espíritu, espíritu es". Jesús hace aquí una distinción positiva entre el espíritu y el cuerpo. "Lo que es nacido de carne, carne es", indica claramente que el cuerpo sólo procede del cuerpo, y que el espíritu es independiente del cuerpo.

9. "El espíritu donde quiere, sopla y oyes su voz: mas no sabes de dónde viene, ni a dónde va", puede entenderse del "espíritu de Dios" que da vida a quien quiere o "del alma del hombre"; en esta última acepción: "No sabes de dónde viene, ni a dónde va", significa que no se conoce lo que ha sido, ni lo que será el espíritu. Si el espíritu o alma fuese creada al mismo tiempo que el cuerpo, se sabría de donde viene, puesto que se conocería su principio. En todo caso este pasaje es la consagración del principio de la preexistencia del alma, y por consiguiente de la pluralidad de existencias.

10. Y desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos padece fuerza y los que se la hacen lo arrebatan. - Porque todos los profetas y la Ley hasta Juan profetizaron. - Y si queréis recibir, "él es aquel Elias que ha de venir". - El que tiene orejas para oír, oiga. (San Mateo, cap. XI, v. de 12 a 15).

11. Pero si el principio de la reencarnación expresado en San Juan, podía en rigor ser interpretado en un sentido puramente místico, no sucedería lo mismo en el pasaje de San Mateo referido, que está sin equívoco posible: "El es aquel Elías que ha de venir"; aquí no hay figura ni alegoría; es una afirmación positiva. - "Y desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos padece fuerza". ¿Qué significan estas palabras, puesto que Juan Bautista vivía aún en aquel momento? Jesús las explica claramente diciendo: "Si queréis recibir, él es aquel Elías que ha de venir". No siendo Juan otro que Elías, Jesús hacia alusión al tiempo en que Juan vivía bajo el nombre de Elías. "Hasta ahora el reino de los cielos padece fuerza", es otra alusión a la violencia de la ley mosaica que ordenaba el exterminio de los infieles para ganar la Tierra de Promisión, paraíso de los hebreos, mientras que según la nueva ley, el cielo se gana con la caridad y el amor.

Después añade: "El que tenga orejas para oír, oiga". Estas palabras, tan a menudo repetidas por Jesús, prueban claramente que no todos estaban en estado de comprender ciertas verdades.

12. "Vivirán de nuevo tus muertos", mis muertos resucitarán; despertáos, y dad alabanza los que moráis en el polvo; porque tu rocío es rocío de luz. Y la tierra de los gigantes la reducirás a ruina. (Isaías, cap. XXVI, v. 19).

13. Este pasaje de Isaías, también es explícito: "Vivirán de nuevo tus muertos". Si el profeta hubiese querido hablar de la vida espiritual, si hubiese querido decir que aquellos que se había hecho morir no estaban muertos en espíritu, hubiera dicho "aun viven" y no "vivirán de nuevo". En el sentido espiritual, esas palabras no tendrían sentido; puesto que implicarían una interrupción en la vida del alma. En el sentido de "regeneración moral", son la negación de las penas eternas, puesto que establecen en principio el que "todos aquellos que están muertos, volverán a vivir".

14. Mas el hombre después que haya muerto, y despojado que sea y consumido, ¿dime dónde está? - ¿Crees, por ventura, que muerto un hombre tornará a vivir? Todos los días de mi presente milicia, estoy esperando hasta que llegue mi mudanza. (Job, Cap. XIV, v. 10, 14. Scio).

Mas cuando un hombre ha muerto una vez, que su cuerpo separado de su espíritu está consumido, ¿qué es de él? - El hombre estando muerto una vez, ¿podría acaso vivir de nuevo? En esta guerra en que me encuentro todos los días de mi vida, espero que mi cambio llegará (Id. traducción de Sacy).

Cuando el hombre muere pierde toda su fuerza, expira ¿después, en dónde está? - Si el hombre muere ¿volverá a vivir? Esperaré todos los días de mi combate hasta que llegue algún cambio. (Id. traducción protestante de Osterwald).

Cuando el hombre es muerto, vive siempre; concluyendo los días de mi existencia terrestre esperaré porque volveré a ella de nuevo. (Id versión de la iglesia griega).

15. El principio de la pluralidad de existencias, está claramente expresado en estas cuatro versiones. No se puede suponer que Job quisiese hablar de la regeneración por el agua del bautismo, que ciertamente no conocía. "El hombre estando muerto una vez, ¿podría acaso vivir de nuevo? La idea de morir una vez y volver a vivir implica la de morir y volver a vivir muchas veces. La versión de la iglesia griega es aún más explícita, si es posible. "Concluyendo los días de mi existencia terrestre, esperaré, porque volveré"; es decir, volveré a la existencia terrestre. Esto es tan claro como si uno dijera: "Salgo de mi casa, pero volveré".

"En esta guerra que me encuentro, todos los días de mi vida, espero que mi cambio llegará". Job quiere evidentemente hablar de la lucha de la vida; espera su cambio, es decir, se resigna. En la versión griega yo esperaré, parece más bien aplicarse a la nueva existencia: "concluyendo los días de mi existencia terrestre, esperaré, porque volveré". Job parece colocarse después de la muerte. en el intervalo que separa una existencia de otra, y decir que allí esperará su vuelta.

16. No es, pues, dudoso que bajo el nombre de resurrección, el principio de la reencarnación era una de las creencias fundamentales de los judíos, siendo confirmada por Jesús y los profetas de una manera formal; de donde se sigue que negar la reencarnación, es negar las palabras de Cristo. Sus palabras serán un día autoridad sobre este punto, como sobre muchos otros, cuando se mediten sin prevención.

17. Pero a esta autoridad, desde el punto de vista religioso, viene a unirse desde el punto de vista filosófico, el de las pruebas que resultan de la observación de los hechos; cuando de los efectos quiere uno remontarse a las causas, la reencarnación aparece como una necesidad absoluta, como una condición inherente a la humanidade en una palabra, como una ley de la naturaleza; se revela por sus resultados de una manera, por decirlo así, material, como el motor oculto se revela por el movimiento, ella sola puede decir al hombre "de dónde viene y dónde va y porque está en la tierra", y justificar todas las anomalías y todas las injusticia aparentes que presenta la vida (1).

Sin el principio de la preexistencia del alma y de la pluralidad de existencias, la mayor parte de las máximas del Evangelio son ininteligibles; por esto dieron lugar a interpretaciones tan contradictorias: ese principio es la clave que debe restituirles su verdadero sentido.

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(1) Para el desarrollo del dogma de la reencarnación, véase el "Libro de los Espíritus", caps. IV y V del Lib. II, "¿Qué es el Espiritismo?", cap. II, por Allan Kardec; y la "Pluralidad de existencia del alma", por Pezzani


Los lazos de familia fortificados por la reencarnación y rotos por la unidad de existencias

18. Los lazos de familia no son destruidos por la reencarnación como creen ciertas personas; al contrario, se fortifican y estrechan: el principio opuesto es el que los destruye.

Los espíritus en el espacio forman grupos o familias unidas por el afecto, la simpatía y la semejanza de inclinaciones; esos espíritus felices porque están juntos, se buscan; la encarnación sólo les separa momentáneamente, porque después que vuelven a la erraticidad se encuentran como los amigos al regresar de un viaje. También se siguen muchas veces en la encarnación, en la que se reúnen en una misma familia, o en un mismo centro, trabajando juntos para su mutuo adelanto. Si los unos están encarnados y los otros no, no están menos unidos por el pensamiento; los que están libres velan por los que están cautivos; los más adelantados procuran hacer progresar a los rezagados. Después de cada existencia, han dado un paso en el camino de la perfección; cada vez menos unidos a la materia, su afecto es más vivo, por lo mismo que es más puro, y que ya no es turbado por el egoísmo ni por la obscuridad de las pasiones. De este modo pueden recorrer un número ilimitado de existencias corporales, sin que nada perturbe su mutuo afecto.

Se comprende que hablamos ahora del afecto real de alma a alma, único que sobrevive a la destrucción del cuerpo, porque los seres que no se unen en la tierra sino por los sentidos, no tienen ningún motivo de buscarse en el mundo de los espíritus. Sólo son duraderos los afectos espirituales; los carnales se extinguen con la causa que los ha ocasionado, pero esta causa no existe en el mundo de los espíritus, mientras que el alma existe siempre. En cuanto a las personas unidas por el sólo móvil del interés, no son realmente nada la una para la otra; la muerte las separa en la tierra y en el cielo.

19. La unión y el afecto que existen entre parientes, son indicio de la simpatía anterior que les ha aproximado; por esto se dice, hablando de una persona cuyo carácter, gustos e inclinaciones no tienen ninguna semejanza con sus allegados, que no es de la familia. Cuando se dice esto se dice más verdad de lo que se cree. Dios permite en las familias estas encarnaciones de espíritus antipáticos o extraños con el doble objeto de servir de prueba para los unos y de medio de adelanto para los otros. Además, los malos se mejoran poco a poco con el contacto de los buenos y por los cuidados que de éstos reciben; su carácter se suaviza, sus costumbres se purifican, las antipatías se deshacen, y así es como se establece la fusión entre las diferentes categorías de espíritus, como en la tierra se establece entre las razas y los pueblos.

20. El temor que se tiene por el aumento indefinido del parentesco a consecuencia de la reencarnación, es un temor egoísta, y prueba de que no se siente un amor bastante grande para tenerlo a un gran número de personas. Un padre que tiene muchos hijos, ¿acaso no les ama tanto como si tuviera uno? Pero tranquilícense los egoístas: ese miedo no es fundado. De que haya un hombre que haya tenido diez encarnaciones, no se seguirá por esto que ha de encontrar en el mundo de los espíritus diez padres, diez madres, diez mujeres y un número proporcionado de hijos y de nuevos parientes; encontrará siempre los mismos objetos de su afecto, que se le habrán unido en la tierra con títulos diferentes, y aun puede ser con el mismo.

21. Veamos ahora las consecuencias de las doctrinas de la no reencarnación. Esta doctrina anula necesariamente la preexistencia del alma, siendo las almas creadas al mismo tiempo que el cuerpo, no existe entre ellas ningún lazo anterior; son completamente extrañas unas a otras; el padre se extrañó a sus hijos; la filiación de las familias se encuentra de este modo reducida a la sola filiación corporal, sin ningún lazo espiritual. No hay, pues, ningún motivo para vanagloriarse de haber tenido por antepasados tales o cuales personajes ilustres. Con la reencarnación, antepasados y descendientes pueden ser conocidos, haber vivido juntos, haberse amado y encontrarse reunidos más tarde para estrechar sus lazos simpáticos.

22. Esto es en cuanto al pasado. En cuanto al porvenir, según uno de los dogmas fundamentales que se desprende de la no reencarnación, la suerte de las almas está irrevocablemente fijada después de una sola existencia; fijar definitivamente la suerte, implica la cesación de todo progreso, porque si hay algún progreso, no hay suerte definitiva, según vivieron bien o mal, van inmediatamente a la morada de los bienaventurados o al infierno eterno; de este modo están "separados para siempre y sin esperanza de unirse jamás", de tal modo, que padres, madres e hijos, maridos y mujeres; hermanos, hermanas y amigos, nunca están ciertos de volverse a ver; esta es la rotura más absoluta de los lazos de familia. Con la reencarnación y el progreso, que es su consecuencia, todos los que se han amado se encuentran en la tierra y en el espacio, y marchan juntos para llegar a Dios. Si hay algunos que tuercen el camino, retardan su adelanto y su felicidad, pero no se ha perdido toda la esperanza; ayudados, animados y sostenidos por los que les aman, saldrán un día del cenagal en donde se metieron. Con la reencarnación, en fin, hay solidaridad perpetua entre los encarnados y desencarnados y de aquí viene que se estrechan más los lazos de afecto.

23. En resumen, cuatro alternativas se presentan al hombre para su porvenir de ultratumba; 1ª la nada, según la doctrina materialista; 2ª la absorción en el todo universal, según la doctrina panteista; 3ª la individualidad con fijación definitiva de la suerte; según la doctrina de la iglesia; y 4ª la individualidad con progresión indefinida, según la doctrina espiritista. Según las dos primeras los lazos de familia se rompen después de la muerte, y no queda ninguna esperanza de volver-se a encontrar; con la tercera, pueden volverse a ver con tal que estén en un mismo centro, y este centro puede ser el infierno o el paraíso; con la cuarta, o sea con la pluralidad de existencias, que es inseparable del progreso gradual, hay certeza en la continuidad de relaciones entre los que se han amado, y esto es lo que constituye la verdadera familia.

INSTRUCCIONES DE LOS ESPÍRITUS

Límites de la encarnación

24. "¿Cuáles son los límites de la encarnación?"

- Propiamente hablando, la encarnación no tiene límites bien marcados, si se entiende por tal la envoltura que constituye el cuerpo del espíritu atendido que la materialidad de esta envoltura, disminuye a medida que el espíritu se purifica. En ciertos mundos más adelantados que la tierra, es menos compacta, menos pesada y menos grosera, y por consiguiente, sujeta a menos vicisitudes; a un grado más elevado, es diáfana y casi fluídica; de grado en grado se desmaterializa y acaba por confundirse con el periespíritu. Según el mundo en que debe vivir el espíritu, toma éste la envoltura apropiada a la naturaleza de aquel mundo.

El mismo periespíritu sufre transformaciones sucesivas; se hace cada vez más etéreo hasta la completa depuración, que constituye la esencia de los espíritus puros. Si mundos especiales están afectos, como estaciones, a los espíritus muy adelantados, estos últimos no están sujetos a ellos como en los mundos inferiores; el estado libre en que se encuentran les permiten transportarse a todas las partes a que les llaman las misiones que les son confiadas.

Si se considera la encarnación desde el punto de vista material, como tiene lugar en la tierra, se puede decir que está limitada a los mundos inferiores; por consiguiente, depende del espíritu desembarazarse de ella más pronto, trabajando para su purificación.

Debe también considerarse que en el estado errante, es decir, en el intervalo de las existencias corporales, la situación del espíritu está en relación con la naturaleza del mundo al que le liga su grado de adelanto; así es que en la erraticidad, es más o menos feliz, libre e ilustrado, según esté más o menos desmaterializado (San Luis. París, 1859).

Necesidad de la encarnación

25. "¿ Es un castigo la encarnación y están sujetos a ello sólo los espíritus culpables?"

El tránsito de los espiritus por la vida corporal es necesario para que éstos puedan cumplir, con el auxilio de una acción material, los designios cuya ejecución les confía Dios; es necesario para ellós mismos, porque la actividad que están obligados a desplegar, ayuda al desarrollo de la inteligencia. Siendo Dios soberanamente justo, debe hacer parte igual a todos sus hijos; por esto da a todos un mismo punto de partida, la misma aptitud, las "mismas obligaciones que cumplir y la misma libertad de obrar", todo privilegio sería una preferencia, y toda preferencia una injusticia. Pero la encarnación, para todos los espíritus, sólo es un estado transitorio; es un deber que Dios les impone al empezar su vida, como primera prueba del uso que harán de su libre albedrío. Los que desempeñan este deber con celo, pasan rápidamente y con menos pena los primeros grados de iniciación y gozan más pronto del fruto de sus trabajos. Por el contrario, aquéllos que hacen mal uso de la libertad que Dios les ha concedido, retardan su adelanto; así es que por su obstinación, puede prolongarse indefinidamente la necesidad de reencarnarse, y entonces es cuando la encarnación viene a ser un castigo. (San Luis, París, 1859).


26. Nota. Una comparación vulgar hará comprender mejor esta diferencia. El estudiante no obtiene los grados de la ciencia sino después de haber recorrido la serie de clases que a ellos conducen. Esas clases, cualquiera que sea el trabajo que exijan, son un medio de llegar al fin, y no un castigo. El estudiante laborioso abrevia el camino, y encuentra en él menos abrojos; lo contrario sucede al que por pereza y negligencia le obligan a duplicar ciertas clases. No es, pues, el trabajo de una clase lo que constituye el castigo, sino la obligación de volver a empezar el mismo trabajo.

Lo mismo sucede al hombre en la tierra. Para el espíritu del salvaje, que está casi al principio de la vida espiritual, la encarnación es un medio de desenvolver su inteligencia; pero para el hombre ilustrado cuyo sentido moral está muy desarrollado, y que está obligado a redoblar las jornadas de una vida corporal llena de angustias, cuando podía ya haber llegado al fin, es un castigo por la necesidad en que está de prolongar su morada en los mundos inferiores y desgraciados. Por el contrario, aquel que trabaja activamente en su progreso moral, puede, no sólo abreviar la duración de la encarnación moral, sino pasar de una sola vez los grados intermedios que le separan de los mundos superiores.

¿No podrían los espíritus encarnarse sólo una vez en el mismo globo y cumplir sus diferentes existencias en esferas también diferentes? Sería admisible esta opinión cuando todos los hombres estuviesen en la tierra, exactamente en el mismo nivel intelectual y moral. Las diferencias que existen entre ellos, desde el salvaje hasta el hombre civilizado, manifiestan los grados que están llamados a recorrer. Por otra parte, la encarnación debe tener un objeto útil; de otro modo, ¿cuál sería el de las encarnaciones efímeras de los niños que mueren en edad temprana? Hubieran sufrido sin provecho para ellos ni para otro; Dios, cuyas leyes son soberanamente sabias, no hace nada inútil. Por la reencarnación en el mismo globo, ha querido que los mismos espíritus encontrándose de nuevo en contacto, tuviesen ocasión de reparar sus faltas recíprocas: por el hecho de sus relaciones anteriores, ha querido además fundar los lazos de familia en una base espiritual, y apoyar en una ley de la naturaleza los principios de solidaridad, de fraternidad y de igualdad.