EL GÉNESIS LOS MILAGROS Y LAS PROFECÍAS SEGÚN EL ESPIRITISMO

Allan Kardec

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Entrada de Jesús en Jerusalén


5. “Cuando se aproximaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en las cercanías del monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: ‘Id a esa aldea que está delante de vosotros, y al llegar encontraréis atada una asna y junto a ella su pollino; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, responded que el Señor los necesita, pero de inmediato los devolverá’. Todo eso sucedió a fin de que se cumpliese esta palabra del profeta: ‘Decid a la hija de Sión: He aquí tu rey, que viene a ti lleno de mansedumbre, montado en una asna y un pollino, hijo de la que está bajo el yugo. (Véase Zacarías, 9:9 y 10.)


”Los discípulos, entonces, fueron e hicieron lo que Jesús les había ordenado: Trajeron la asna y el pollino, los cubrieron con sus mantos e hicieron que Él se sentara encima.” (San Mateo, 21:1 a 7.)


El beso de Judas


6. “Dijo Jesús: ‘Levantaos, vámonos, que ya está cerca de aquí aquel que me habrá de traicionar’. Todavía no había acabado de decir esas palabras cuando Judas, uno de los doce, llegó acompañado de un grupo de gente armada con espadas y palos, enviados por los príncipes de los sacerdotes y por los ancianos del pueblo. El que lo traicionaba les había dado señal para que lo reconocieran, diciéndoles: ‘Aquel a quien yo bese, ese es el que buscáis; prendedlo’. Enseguida, pues, se aproximó a Jesús y le dijo: ‘Maestro, yo te saludo’; y lo besó. Jesús le respondió: ‘Amigo, ¿qué has venido a hacer aquí?’ Entonces los otros avanzaron, se lanzaron sobre Jesús y lo prendieron.” (San Mateo, 26:46 a 50.)


La pesca milagrosa


7. “Un día que Jesús estaba a la orilla del lago de Genesaret, como la multitud lo apretujaba para oír la palabra de Dios, vio Él dos barcas amarradas al borde del lago. Los pescadores habían bajado de ellas y lavaban sus redes. Entró en una de esas barcas, que era de Simón, y le pidió que la apartase un poco de la orilla; y, habiéndose sentado, enseñaba al pueblo desde la barca.


”Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: ‘Avanza hacia el mar y lanza tus redes para pescar’. Simón le respondió: ‘Maestro, trabajamos toda la noche y no pescamos nada; pero como tú lo ordenas, echaré la red’. Habiéndola lanzado, capturaron tal cantidad de peces que la red se rompió. Hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que se acercaran a ayudarlos. Vinieron, pues, y llenaron tanto las barcas, que por poco estas no se hundieron.” (San Lucas, 5: 1 a 7.)


Vocación de Pedro, Andrés, Santiago, Juan y Mateo


8. “Caminando a lo largo del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, que echaban sus redes al mar, pues eran pescadores; y les dijo: ‘Seguidme, y os haré pescadores de hombres’. Y ellos al instante dejaron sus redes y lo siguieron.


”De ahí, caminando, vio a otros dos hermanos, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan, que estaban en una barca con Zebedeo, padre de ambos, reparando sus redes, y los llamó. Y ellos al instante dejaron las redes y a su padre, y lo siguieron.” (San Mateo, 4:18 a 22.)


“Al salir de allí, al pasar vio Jesús a un hombre sentado en el despacho de los impuestos, llamado Mateo, y le dijo: ‘Sígueme’. Y el hombre de inmediato se levantó y lo siguió.” (San Mateo, 9:9.)


9. Estos hechos no tienen nada de sorprendente para quien conozca el poder de la doble vista y la causa, absolutamente natural, de esa facultad. Jesús la poseía en grado sumo, y se puede decir que esta constituía su estado normal, conforme lo prueba un gran número de actos de su vida, y de lo que dan explicación, en la actualidad, los fenómenos magnéticos y el espiritismo.


La pesca calificada de milagrosa también se justifica con la doble vista. Jesús no produjo peces de modo espontáneo donde no los había, sino que vio, con la vista del alma, como habría podido hacerlo un lúcido vigía, el lugar donde se encontraban los peces, y entonces pudo decir con seguridad a los pescadores que lanzaran allí sus redes.


La penetración del pensamiento y, por consiguiente, ciertas previsiones, son consecuencia de la vista espiritual. Cuando Jesús convoca a su lado a Pedro, Andrés, Santiago, Juan y Mateo, se debe a que ya conocía sus disposiciones íntimas, y sabía que ellos lo acompañarían y que eran capaces de cumplir la misión que se proponía confiarles. Era necesario que ellos mismos intuyeran la misión que habrían de desempeñar, para responder al llamado de Jesús. Lo mismo sucedió cuando, en ocasión de la Cena, anunció que uno de los doce habría de traicionarlo y lo señaló, diciendo que era aquel que pusiera la mano en el plato, y también cuando dijo que Pedro lo negaría.


En muchos pasajes del Evangelio se lee: “Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo…” Ahora bien, ¿cómo podría Él conocer el pensamiento de sus interlocutores, si no fuese por la irradiación fluídica de esos pensamientos y, al mismo tiempo, por la visión espiritual que le permitía leer en el fuero interior de las personas?



A menudo, en el supuesto de que un pensamiento se halla sepultado profundamente entre los pliegues del alma, el hombre no sospecha que es portador de un espejo donde se refleja ese pensamiento, de un revelador, en su propia irradiación fluídica, impregnada de él. Si viésemos el mecanismo del mundo invisible que nos rodea, las ramificaciones de esos hilos conductores del pensamiento, que vinculan a todos los seres inteligentes, corporales e incorporales, los efluvios fluídicos cargados de las marcas del mundo moral, y que atraviesan el espacio como corrientes aé- reas, quedaríamos mucho menos sorprendidos ante ciertos efectos que la ignorancia atribuye al acaso. (Véase el Capítulo XIV, §§ 15, 22 y siguientes.)