EL GÉNESIS LOS MILAGROS Y LAS PROFECÍAS SEGÚN EL ESPIRITISMO

Allan Kardec

Volver al menú
22. El periespíritu es el lazo que une la vida corporal con la vida espiritual. Por intermedio de él, el Espíritu encarnado se encuentra en relación constante con los Espíritus desencarnados, y con su auxilio se producen en el hombre fenómenos especiales cuya causa primera no se encuentra en la materia tangible, razón por la cual parecen sobrenaturales.


En las propiedades y en las irradiaciones del fluido periespiritual debemos buscar la causa de la doble vista o vista espiritual, a la que también se puede llamar vista psíquica, de la cual muchas personas están dotadas, casi siempre sin que lo sepan, así como de la vista sonambúlica.


El periespíritu es el órgano sensitivo del Espíritu. Por intermedio de él, el Espíritu encarnado percibe las cosas espirituales que escapan a los sentidos carnales. A causa de los órganos del cuerpo, la visión, la audición y las diversas sensaciones están localizadas y limitadas a la percepción de las cosas materiales; a causa del sentido espiritual o psíquico, esas sensaciones son generalizadas: el Espíritu ve, oye y siente con todo su ser aquello que se encuentra en la esfera de irradiación de su fluido periespiritual.


Estos fenómenos constituyen en el hombre la manifestación de la vida espiritual; se trata del alma que actúa fuera del organismo. En la doble vista, o percepción mediante el sentido psíquico, el hombre no ve con los ojos del cuerpo, aunque a menudo por hábito dirija la mirada hacia el punto que atrae su atención. Ve con los ojos del alma, y la prueba de eso está en que ve perfectamente bien con los ojos cerrados, e incluso ve lo que está mucho más allá de su campo visual. Lee el pensamiento representado en el rayo fluídico. (Véase el § 15.) *






__________________________________________________
* Véanse los hechos de doble vista y lucidez sonambúlica relatados en la Revista Espírita: enero y noviembre de 1858; julio de 1861; noviembre de 1865. (N. de Allan Kardec.)


23. Aunque durante la vida el Espíritu se encuentra sujeto al cuerpo por medio del periespíritu, su esclavitud no le impide extender la cadena que lo sujeta y transportarse a un punto distante, sea en la Tierra o en el espacio. Sólo a disgusto permanece el Espíritu ligado al cuerpo, porque su vida normal es la libertad, mientras que la vida corporal es semejante a la de un siervo cautivo a la gleba.


El Espíritu, por lo tanto, se siente feliz al abandonar el cuerpo, como un pájaro que abandona su jaula. Para liberarse de él aprovecha todas las ocasiones, todos los instantes en que su presencia no es necesaria para la vida de relación. Este fenómeno se denomina emancipación del alma, y se produce siempre durante el dormir. Cada vez que el cuerpo descansa y que los sentidos quedan inactivos, el Espíritu se desprende. (Véase El Libro de los Espíritus, Libro II, Capítulo VIII.)


En esos momentos, el Espíritu vive la vida espiritual, mientras que el cuerpo vive apenas la vida vegetativa; se halla, en parte, en el estado en que habrá de encontrarse después de la muerte; recorre el espacio, conversa con sus amigos y con otros Espíritus libres o encarnados como él.


El lazo fluídico que lo sujeta al cuerpo sólo se rompe definitivamente en ocasión de la muerte; la separación completa sólo se produce por efecto de la extinción absoluta de la actividad del principio vital. Mientras el cuerpo vive, el Espíritu regresa a él instantáneamente, sea cual fuere la distancia a que se encuentre, cada vez que su presencia allí sea necesaria. De ese modo, retoma el curso de la vida exterior de relación. A veces, al despertar, conserva un recuerdo de sus peregrinaciones, una imagen más o menos precisa que constituye los sueños; en todos los casos, es portador de las intuiciones que le sugieren ideas y pensamientos nuevos, lo cual justifica plenamente el proverbio: La noche es buena consejera.


Así se explican también ciertos fenómenos característicos del sonambulismo natural y magnético, de la catalepsia, de la letargia, del éxtasis, etc., que no son más que manifestaciones de la vida espiritual. *




_______________________________________________
* Véanse ejemplos de letargia y de catalepsia en la Revista Espírita: “La señora Schwabenhaus”, septiembre de 1858; “La joven cataléptica de Suabia”, enero de 1866. (N. de Allan Kardec.)


24. Dado que la visión espiritual no se produce por medio de los ojos del cuerpo, la percepción de las cosas no se verifica mediante la luz ordinaria: de hecho, la luz material está hecha para el mundo material; para el mundo espiritual existe una luz especial cuya naturaleza ignoramos, pero que es sin duda una de las propiedades del fluido etéreo adecuada a las percepciones visuales del alma. Por consiguiente, existe la luz material y la luz espiritual. La primera emana de focos circunscriptos a los cuerpos luminosos; la segunda tiene su foco en todas partes. Por eso no existen obstáculos para la visión espiritual, que no está limitada por la distancia ni por la opacidad de la materia; para ella no existe la oscuridad. El mundo espiritual es iluminado por la luz espiritual, que tiene sus propios efectos, como el mundo material es iluminado por la luz solar.



25. De ese modo, envuelta en su periespíritu, el alma lleva consigo su principio luminoso. Como penetra la materia en virtud de su esencia etérea, no hay cuerpos opacos para su visión. Sin embargo, la vista espiritual no tiene el mismo alcance ni la misma penetración en todos los Espíritus. Sólo los Espíritus puros la poseen en toda su potencia.


En los Espíritus inferiores se encuentra debilitada por la densidad relativa del periespíritu, que se interpone como si fuera una especie de niebla. En los Espíritus encarnados, la vista espiritual se manifiesta en diferentes grados mediante el fenómeno de la doble vista, tanto en el sonambulismo natural o magnético, como en el estado de vigilia. De conformidad con el grado de poder de la facultad, se dice que la lucidez es mayor o menor. Con el auxilio de esa facultad, ciertas personas ven el interior del organismo y describen la causa de las enfermedades.


26. La vista espiritual, por consiguiente, da lugar a percepciones especiales que, como no tienen su sede en los órganos materiales, se producen en condiciones completamente diferentes de las que se registran en la vida corporal. Por esta razón no se pueden esperar efectos idénticos, ni experimentarla a través de los mismos procesos. Al realizarse fuera del organismo, esa vista tiene una movilidad que frustra todas las previsiones. Debe ser estudiada en sus efectos y en sus causas, y no por su semejanza con la vista común, a la que no está destinada a suplir, excepto en casos excepcionales que no se pueden tomar como regla.


27. En los Espíritus encarnados, la vista espiritual es necesariamente incompleta e imperfecta y, por consiguiente, está sujeta a aberraciones. Como tiene su sede en el alma misma, el estado de esta habrá de influir en sus percepciones. Según el grado de desarrollo, las circunstancias y el estado moral del individuo, la vista espiritual puede tener, ya sea durante el dormir o en el estado de vigilia, la percepción de: 1.º) ciertos hechos materiales y reales, como el conocimiento de algunos acontecimientos que tienen lugar a mucha distancia, los detalles descriptivos de una localidad, las causas de una enfermedad y los remedios adecuados para su tratamiento; 2.º) cosas igualmente reales del mundo espiritual, como la presencia de los Espíritus; 3.º) imágenes fantásticas creadas por la imaginación, análogas a las creaciones fluídicas del pensamiento. (Véase, más arriba, el § 14.) Esas creaciones se encuentran siempre en relación con las disposiciones morales del Espíritu que las genera. Es así como el pensamiento de personas intensamente imbuidas de ciertas creencias religiosas, y preocupadas en relación con ellas, presenta imágenes del infierno, sus hogueras, sus torturas y sus demonios, tal como esas personas los imaginan. En ocasiones se trata de toda una epopeya. Los paganos veían el Olimpo y el Tártaro, como los cristianos ven el Infierno y el Paraíso. Si al despertar o al salir del éxtasis, esas personas conservan un recuerdo exacto de sus visiones, las toman por realidades que confirman sus creencias, en tanto que no son otra cosa que el producto de sus propios pensamientos. * Es preciso, por consiguiente, que se haga una distinción muy rigurosa de las visiones extáticas antes de aceptarlas. En ese sentido, el remedio para la excesiva credulidad es el estudio de las leyes que rigen el mundo espiritual.




______________________________________________
* De este modo se pueden explicar las visiones de la hermana Elmerich que, al referirse a la época de la pasión de Cristo, manifiesta haber visto cosas materiales que nunca han existido, a no ser en los libros que ella leyó; así como las visiones de la Sra. Cantianille (Revista Espírita, agosto de 1866), y una parte de las de Swedenborg. (N. de Allan Kardec.)


28. Los sueños propiamente dichos presentan las tres características de las visiones arriba descriptas. A las dos primeras pertenecen los sueños de precognición, presentimientos y advertencias. * En la tercera, es decir, en las creaciones fluídicas del pensamiento, se puede encontrar la causa de ciertas imágenes fantásticas que nada tienen de real en relación con la vida material, pero que a veces tienen para el Espíritu una realidad tal, que el cuerpoexperimenta su impacto; hay casos en que los cabellos encanecen a causa de la impresión provocada por un sueño. Esas creaciones pueden ser provocadas por la exaltación de las convicciones; por recuerdos retrospectivos; por gustos, deseos, pasiones, temores y remordimientos; por las preocupaciones habituales; por las necesidades del cuerpo, o por algún malestar pasajero relativo a las funciones del organismo; y finalmente, por otros Espíritus, con un objetivo benévolo o maléfico, de conformidad con su naturaleza. **





________________________________________
* Véase más adelante el Capítulo XVI, “Teoría de la Presciencia”, §§ 1, 2 y 3. (N. de Allan Kardec.)
** Véase la Revista Espírita, junio y septiembre de 1866; El Libro de los Espíritus, Libro II, Capí- tulo VIII, § 400. (N. de Allan Kardec.)