EL GÉNESIS LOS MILAGROS Y LAS PROFECÍAS SEGÚN EL ESPIRITISMO

Allan Kardec

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35. En su estado normal, el periespíritu es invisible para nosotros; pero como está formado por materia etérea, el Espíritu puede, en ciertos casos y por un acto de su voluntad, producir en él una modificación molecular que lo vuelva momentáneamente visible. Así es como se producen las apariciones que, del mismo modo que los otros fenómenos, no ocurren al margen de las leyes de la naturaleza. Eso no tiene nada que sea más extraordinario que el vapor, que es invisible cuando está muy enrarecido y se vuelve visible cuando se condensa.


Según el grado de condensación del fluido periespiritual, la aparición es algunas veces difusa y vaporosa; otras veces, más claramente definida; y otras, por último, tiene todas las apariencias de la materia tangible. Incluso puede llegar a ser realmente tangible, a tal punto que el observador se engañe sobre la naturaleza del ser que tiene delante de él.


Las apariciones vaporosas son frecuentes; ese es el aspecto con el que se presentan muchos individuos, después de que han muerto, a las personas por quienes sienten afecto. Las apariciones tangibles son más raras, aunque de ellas hay muchos ejemplos, perfectamente documentados. Si el Espíritu desea darse a conocer, imprimirá a su envoltura todas las señales exteriores que tenía cuando estaba vivo. *




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* Véase El Libro de los Médiums, Segunda Parte, Capítulos VI y VII. (N. de Allan Kardec.)


36. Es de destacarse que las apariciones tangibles sólo tienen la apariencia de la materia carnal, pero no sus cualidades. Debido a la naturaleza fluídica que las caracteriza, no pueden tener la misma cohesión de la materia, porque en realidad no poseen carne. Se forman instantáneamente y desaparecen del mismo modo, o se evaporan por la desagregación de las moléculas fluídicas. Los seres que se presentan en esas condiciones no nacen ni mueren, contrariamente a lo que sucede con los demás hombres. Se los ve y dejan de ser vistos sin que se sepa de dónde vienen, cómo vinieron, ni hacia dónde van. Nadie podría matarlos, ni apresarlos, ni encarcelarlos, puesto que no tienen un cuerpo carnal. Los golpes que acaso se les lanzaran, caerían en el vacío.


Ese es el carácter de los agéneres, con los cuales se puede conversar sin que se sospeche acerca de lo que son. Con todo, no permanecen largo tiempo entre los hombres ni pueden ser comensales frecuentes de una casa, ni figurar entre los miembros de una familia.


Además, los agéneres muestran siempre en su persona, en sus actitudes, algo de extraño e insólito que sugiere al mismo tiempo la materialidad y la espiritualidad; en ellos, la mirada es vaporosa y penetrante a la vez, y carece de la nitidez propia de la mirada a través de los ojos de la carne; su lenguaje, conciso y por lo general sentencioso, nada tiene del brillo y la volubilidad del lenguaje humano; su aproximación produce una sensación particular e indefinible de sorpresa, que inspira una especie de temor, y quien se pone en contacto con ellos, aunque los tome por individuos iguales a los demás, es inducido a pensar involuntariamente: Este es un ser extraño. *




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* Véanse ejemplos de apariciones vaporosas o tangibles y de agéneres en Revista Espírita, enero y octubre de 1858; enero, febrero, marzo, agosto y noviembre de 1859; abril y mayo de 1860; julio de 1861; abril de 1866; “El labrador Thomas Martin y Luis XVIII”, detalles completos, diciembre de 1866. (N. de Allan Kardec.)


37. Como el periespíritu es el mismo tanto en los encarnados como en los desencarnados, un Espíritu encarnado, por un efecto absolutamente idéntico, puede aparecer, en un momento en que se encuentre libre, en un punto distinto de aquel en que su cuerpo descansa, con su fisonomía habitual y con todos los signos característicos de su identidad. Ese fenómeno, del cual se conocen muchos casos auténticos, fue el que llevó a que se creyera en la existencia de los hombres dobles. *





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* Véanse ejemplos de apariciones de personas vivas en la Revista Espírita, diciembre de 1858; febrero y agosto de 1859; noviembre de 1860. (N. de Allan Kardec.)




38. Un efecto peculiar de los fenómenos de ese tipo consiste en el hecho de que las apariciones vaporosas, e incluso tangibles, no son percibidas por todas las personas indistintamente. Los Espíritus sólo se muestran cuando quieren y ante quienes quieren. Por consiguiente, un Espíritu podría aparecerse en una reunión ante uno solo o muchos de los presentes, y no ser visto por los demás. Eso ocurre porque las percepciones de ese tipo se producen por medio de la vista espiritual, y no por intermedio de la vista carnal. Además, la vista espiritual no le es dada a todas las personas; e incluso el Espíritu, por su sola voluntad y si fuera conveniente, puede retirarla de aquel a quien él no quiera mostrarse, así como puede conferirla momentáneamente si lo juzga necesario.


Así pues, la condensación del fluido periespiritual en las apariciones, incluso en los casos de tangibilidad, no tiene las propiedades de la materia ordinaria; de no ser así, las apariciones serían perceptibles mediante los ojos del cuerpo por parte de todas las personas presentes. *




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* Sólo con suma reserva se deben recibir las narraciones de apariciones puramente individuales que, en ciertos casos, podrían no pasar del efecto de una imaginación sumamente excitada y, tal vez, de una invención con fines interesados. Conviene, pues, tomar en cuenta muy escrupulosamente las circunstancias, la sinceridad de la persona, así como su probable intención de abusar de la credulidad de individuos excesivamente confiados. (N. de Allan Kardec.)


39. Dado que el Espíritu puede operar transformaciones en la configuración de su envoltura periespiritual, y puesto que esa envoltura se irradia en torno al cuerpo como una atmósfera fluídica, puede producirse en la superficie misma del cuerpo un fenómeno análogo al de las apariciones. La verdadera imagen del cuerpo puede desvanecerse más o menos completamente bajo una capa fluídica, y asumir otra apariencia; o bien, vistos a través de la capa fluídica modificada, como a través de un prisma, los rasgos primitivos pueden adoptar otra expresión. Si el Espíritu encarnado toma distancia de lo terrenal, y se identifica con las cosas del mundo espiritual, la expresión de un semblante desagradable puede volverse bella, radiante y hasta luminosa; si, por el contrario, el Espíritu es presa de bajas pasiones, un rostro hermoso puede tomar un aspecto horrible.


Así se producen las transfiguraciones, que reflejan siempre las cualidades y los sentimientos que predominan en el Espíritu. Ese fenómeno es, pues, el resultado de una transformación fluídica; es una especie de aparición periespiritual que se produce sobre el cuerpo mismo de una persona viva, y a veces en el momento de la muerte, en vez de producirse a la distancia como en el caso de las apariciones propiamente dichas. Lo que distingue a las apariciones de ese género es el hecho de que son, por lo general, perceptibles por todos los presentes mediante los ojos del cuerpo, precisamente porque se forman en torno a la materia carnal visible, mientras que en las apariciones puramente fluídicas no existe materia tangible. *




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* Véase un ejemplo y la teoría de la transfiguración en la Revista Espírita, marzo de 1859 (El Libro de los Médiums, Segunda Parte, Capítulo VII). (N. de Allan Kardec.)