EL GÉNESIS LOS MILAGROS Y LAS PROFECÍAS SEGÚN EL ESPIRITISMO

Allan Kardec

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7. El periespíritu, o cuerpo fluídico de los Espíritus, es uno de los productos más importantes del fluido cósmico; es una condensación de ese fluido en torno a un foco de inteligencia o alma. Ya vimos que también el cuerpo carnal tiene origen en ese mismo fluido condensado y transformado en materia tangible. En el periespíritu, la transformación molecular se opera de otra manera, pues el fluido conserva su imponderabilidad y sus cualidades etéreas. El cuerpo periespiritual y el cuerpo carnal tienen, por lo tanto, origen en el mismo elemento primitivo: ambos son materia, aunque en dos estados diferentes.


8. Los Espíritus extraen su periespíritu del medio donde se encuentran, es decir que esa envoltura está formada a partir de los fluidos del ambiente. Resulta de ahí que los elementos constitutivos del periespíritu deben variar de acuerdo con los mundos. En comparación con la Tierra, Júpiter es considerado un planeta muy adelantado, donde la vida corporal no presenta la materialidad de la nuestra, de modo que las envolturas periespirituales deben de tener allí una naturaleza mucho más quintaesenciada que aquí. Ahora bien, así como no podríamos existir en aquel mundo con nuestro cuerpo carnal, tampoco nuestros Espíritus podrían penetrar en él con el periespíritu terrestre que los envuelve. Al dejar la Tierra, el Espíritu abandona allí su envoltura fluídica, y toma otra apropiada al mundo donde habrá de residir.


9. La naturaleza de la envoltura fluídica siempre está en relación con el grado de adelanto moral del Espíritu. Los Espíritus inferiores no pueden cambiar de envoltura según su voluntad y, en consecuencia, no pueden pasar de un mundo a otro cuando lo deseen. La envoltura fluídica de algunos de ellos, si bien es etérea e imponderable en relación con la materia tangible, aún es demasiado pesada, si así podemos expresarlo, en relación con el mundo espiritual, lo que no les permite que salgan del medio que les es propio. Se debe incluir en esa categoría a aquellos cuyo periespíritu es tan denso que ellos lo confunden con el cuerpo carnal, razón por la cual suponen que están vivos. Esos Espíritus, cuya cantidad es considerable, permanecen en la superficie de la Tierra como los encarnados, y creen que siguen atendiendo las ocupaciones a que se dedicaban en este mundo. Otros, algo más desmaterializados, no lo están lo suficiente como para elevarse por encima de las regiones terrestres. *


Los Espíritus superiores, por el contrario, pueden venir a los mundos inferiores e incluso encarnar en ellos. Extraen de los elementos constitutivos del mundo al cual ingresan, los materiales para la formación de la envoltura fluídica o carnal apropiada al medio en que se encuentran. Hacen como el príncipe, que se quita provisoriamente su vestimenta para cubrirse con los trajes de los plebeyos, sin dejar por eso de ser un noble.


Es así como los Espíritus de una categoría más elevada pueden manifestarse a los habitantes de la Tierra o encarnar para cumplir una misión entre ellos. Esos Espíritus son portadores, no de la envoltura, sino del recuerdo intuitivo de las regiones de donde provienen, a las cuales ven con el pensamiento. Son videntes en medio de ciegos.





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* 6 Véanse ejemplos de Espíritus que suponen que todavía pertenecen a este mundo en la Revista Espírita, diciembre de 1859; noviembre de 1864, y abril de 1865. (N. de Allan Kardec.)




10. La capa de fluidos espirituales que rodea a la Tierra puede compararse con las capas inferiores de la atmósfera: más pesadas, más compactas, menos puras que las capas superiores. Esos fluidos no son homogéneos; constituyen una mezcla de moléculas de diversas cualidades, entre las cuales necesariamente se encuentran las moléculas elementales que forman su base, aunque con mayores o menores alteraciones. Los efectos que producen esos fluidos guardan relación con la suma de las partes puras que contienen. Tal es, en comparación, el alcohol rectificado o mezclado en proporciones diversas con el agua u otras sustancias: su peso específico aumenta a consecuencia de esa mezcla, mientras que su potencia y su condición de inflamable decrecen, aunque en el todo siga habiendo alcohol puro.


Los Espíritus destinados a vivir en ese medio extraen de él sus periespíritus; no obstante, conforme el Espíritu sea más o menos depurado, su periespíritu habrá de constituirse con las partes más puras o más densas del fluido característico del mundo en el que encarna. El Espíritu produce allí, siempre por comparación y no por equivalencia, el efecto de un reactivo químico que atrae hacia él las moléculas que su naturaleza puede asimilar.


Resulta de eso un hecho fundamental: la constitución íntima del periespíritu no es la misma en todos los Espíritus encarnados o desencarnados que pueblan la Tierra o el espacio que la circunda. No ocurre lo mismo con el cuerpo carnal que, como ha sido demostrado, se forma de los mismos elementos, sea cual fuere la superioridad o inferioridad del Espíritu. Por eso, los efectos producidos por el cuerpo son los mismos en todos, las necesidades son semejantes, mientras que difieren en todo lo que respecta al periespíritu.


También resulta que la envoltura periespiritual de un Espíritu se modifica con el progreso moral que este realiza en cada encarnación, aunque encarne en el mismo medio; que los Espíritus superiores, que excepcionalmente encarnan para cumplir una misión en un mundo inferior, tienen un periespíritu menos denso que el de los nativos de ese mundo.


11. El medio siempre guarda relación con la naturaleza de los seres que en él deben vivir: los peces con el agua; los seres terrestres con el aire; los seres espirituales con el fluido espiritual o etéreo, aun cuando estén en la Tierra. El fluido etéreo es para las necesidades del Espíritu como la atmósfera para las necesidades de los encarnados. Ahora bien, así como los peces no pueden vivir en el aire, ni los animales terrestres pueden vivir en una atmósfera demasiado rarificada para sus pulmones, los Espíritus inferiores no pueden soportar el brillo ni la impresión de los fluidos más etéreos. No morirían en medio de esos fluidos, porque el Espíritu no muere, pero una fuerza instintiva los mantiene alejados de allí, del mismo modo que los hombres se apartan de un fuego muy intenso o de una luz muy deslumbrante. A eso se debe que no puedan salir del medio que es peculiar a su naturaleza; para cambiar de medio, es preciso que antes cambien su naturaleza, que se despojen de los instintos materiales que los retienen en los ambientes materiales; en definitiva, que se depuren y se transformen moralmente. Entonces, en forma gradual, se identifican con un medio más puro, que se convierte para ellos en una necesidad, como los ojos de quien ha vivido largo tiempo en las tinieblas se habitúan, paulatinamente, a la luz del día y al fulgor del Sol.


12. De ese modo, todo en el universo se vincula, todo se concatena; todo se encuentra sometido a la magna y armoniosa ley de unidad, desde la más compacta materialidad hasta la más pura espiritualidad. La Tierra es como un recipiente del cual emana una densa humareda que se va disipando a medida que se eleva, y cuyas partículas rarificadas se pierden en el espacio infinito.


El poder divino se pone de manifiesto en cada una de las partes de ese grandioso conjunto y, pese a todo, para comprobar mejor el poder de Dios, ¡algunos pretenden que Él, no satisfecho con lo que ha realizado, venga a perturbar esa armonía y se rebaje al rol de mago, produciendo efectos pueriles dignos de un prestidigitador! ¡Y como si eso no bastara, osan atribuirle como rival en habilidad al mismísimo Satanás! ¡Nunca se menoscabó tanto la majestad divina; y encima se sorprenden de que la incredulidad prospere!


¡Tenéis razón en decir: “La fe se extingue”! Con todo, se trata de la fe que ofende al buen sentido y la razón; esa misma fe que en otras épocas llevaba a que se dijera: “¡Los dioses se marchan!”. Pero la fe en las cosas serias, la fe en Dios y en la inmortalidad está siempre viva en el corazón del hombre y, por más que haya sido sofocada bajo un cúmulo de patrañas pueriles con que se la sojuzgó, resurgirá fortalecida a partir del instante en que se sienta liberada, ¡como una planta en un lugar sombrío, que se recupera en cuanto vuelve a recibir los rayos del sol!


¡Sí! ¡Todo es milagroso en la naturaleza, porque todo es sorprendente y da testimonio de la sabiduría divina! Esos milagros son visibles para todo el mundo, para todos los que tienen ojos para ver y oídos para oír, y no para beneficio de unos pocos. ¡No! No hay milagros en el sentido que comúnmente se atribuye a esa palabra, porque todo proviene de las leyes eternas de la Creación, y esas leyes son perfectas.