Revista Espírita Periódico de Estudios Psicológicos - 1861

Allan Kardec

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Lecciones familiares de moral
(Enviadas por la condesa F..., de Varsovia, médium; traducidas del polaco.)

I
Queridos hijos míos: vuestra manera de comprender la voluntad de Dios es errónea, ya que tomáis todo lo que sucede como la expresión de esta voluntad. Dios conoce ciertamente todo lo que fue, todo lo que es y todo lo que será; su santa voluntad, siendo siempre la expresión de su amor divino, trae al realizarse la gracia y la bendición, mientras que el hombre, al desviarse de esta única senda, atrae sufrimientos que no son más que advertencias. El hombre de la actualidad, cegado infelizmente por el orgullo de su Espíritu o cubierto con el fango de sus pasiones, no quiere comprenderlas. Ahora bien, hijos míos, sabed que se acerca el tiempo en que el reino de la voluntad de Dios comenzará en la Tierra; entonces, desventurado aquel que aún osa oponerse a dicha voluntad, porque será quebrado como una caña, mientras que aquellos que se hayan enmendado verán abrirse para sí mismos los tesoros de la misericordia infinita. De este modo, veis que si la voluntad de Dios es la expresión de su amor, y por esto mismo inmutable y eterna, todo acto de rebeldía contra esta voluntad –aunque soportado con incomprensible sabiduría– no es más que temporal y pasajero, siendo más bien una prueba de la paciente misericordia de Dios, que la expresión de su voluntad.

II

Veo con placer, hijos míos, que vuestra fe no se debilita, a pesar de los ataques de los incrédulos. Si todos los hombres hubiesen acogido con el mismo esmero, con la misma perseverancia y sobre todo con la misma pureza de intenciones esta manifestación extraordinaria de la bondad divina –nueva puerta abierta a vuestro adelanto–, habría sido una prueba evidente de que el mundo no es tan malo ni tan endurecido como parece, y que –lo que es inadmisible– la mano de Dios se hubiera vuelto injustamente más pesada sobre los seres humanos. Por lo tanto, no os admiréis con la oposición que el Espiritismo encuentra en el mundo; destinado a combatir victoriosamente el egoísmo y a conseguir el triunfo de la caridad, Él está naturalmente expuesto a las persecuciones del egoísmo, del fanatismo, que a menudo deriva de ese egoísmo. Recordad lo que ha sido dicho hace tantos siglos: «Muchos son los llamados y pocos los escogidos». Pero el bien que viene de Dios, siempre terminará triunfando sobre el mal que viene de los hombres.

III

Dios ha hecho que la fe y la caridad desciendan a la Tierra para ayudar a los hombres a sacudir la doble tiranía del pecado y de la arbitrariedad, y no hay duda que con esos dos divinos motores, hace mucho tiempo ellos habrían alcanzado una felicidad tan perfecta como lo permiten la naturaleza humana y el estado físico de vuestro globo, si los hombres no hubiesen dejado que la fe se debilitara y que los corazones se endurecieran. Inclusive llegaron a creer por un momento que podrían desconsiderar la fe y salvarse exclusivamente por la caridad. Fue entonces que se vio nacer esa multitud de sistemas sociales, buenos en la intención que los movía, pero defectuosos e impracticables en la forma. Y diréis, ¿por qué son impracticables? ¿No están asentados en el desinterés de cada uno? Sí, indudablemente; pero para asentarse en el desinterés, primero es necesario que el desinterés exista; ahora bien, no basta decretarlo, es preciso inspirarlo. Sin la fe que da la certeza de las compensaciones de la vida futura, el desinterés es un engaño a los ojos del egoísta; he aquí por qué son inestables los sistemas que apenas reposan en los intereses materiales, y esto es tan cierto que el hombre no podría construir nada armonioso y duradero sin la fe, que no solamente le da una fuerza moral superior a todas las fuerzas físicas, sino que le abre la asistencia del mundo espiritual, permitiéndole beber en la fuente de la omnipotencia divina.

IV

«De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os mandaron, decid: No somos más que unos pobres siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer». Estas palabras del Cristo os enseñan la humildad como la primera base de la fe y una de las primeras condiciones de la caridad. Aquel que tiene fe no olvida que Dios conoce todas las imperfecciones; por consecuencia, nunca piensa en querer parecer mejor de lo que es a los ojos del prójimo. El que tiene humildad siempre acoge con mansedumbre los reproches que le hacen, por más injustos que sean, porque –sabedlo bien– la injusticia jamás irrita al justo; pero es poniendo el dedo en alguna llaga envenenada de vuestra alma que se hace subir a vuestro rostro el rubor de la vergüenza, indicio cierto de un orgullo mal disimulado. Hijos míos, el orgullo es el mayor obstáculo a vuestro perfeccionamiento, porque de manera alguna os deja aprovechar las lecciones que os dan; por lo tanto, es combatiéndolo sin tregua y sin cuartel que trabajaréis mejor para vuestro adelanto.

V

Si echáis una mirada sobre el mundo que os rodea, veréis que todo es armonía: la armonía del mundo material es lo bello; entretanto, es aún la parte menos noble de la Creación. La armonía del mundo espiritual es el amor, emanación divina que llena los espacios y conduce a la criatura a su Creador. Hijos míos, tratad de llenar vuestros corazones con el amor; todo lo que podríais hacer de grande fuera de esta ley, no os sería tomado en cuenta; sólo el amor, cuando hayáis asegurado su triunfo en la Tierra, hará venir a vosotros el reino de Dios, prometido por los apóstoles.