EL LIBRO DE LOS MÉDIUMS

Allan Kardec

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172. El sonambulismo puede ser considerado como una variedad de la facultad mediúmnica, o por mejor decir son dos órdenes de fenómenos que se encuentran muy a menudo reunidos. El sonámbulo obra bajo la influencia de su propio Espíritu; es su alma que en los momentos de emancipación ve, oye y percibe fuera del límite de los sentidos; lo que expresa, lo toma de sí mismo; sus ideas son en general más ajustadas que en el estado normal; sus conocimientos más extensos, porque su alma es libre; es un palabra, vive con anticipación la vida de los Espíritus. El médium, al contrario, es el instrumento de una inteligencia extraña; es pasivo y lo que dice no proviene de él. En resumen, el sonámbulo expresa su propio pensamiento, y el médium expresa el de otro. Pero el Espíritu que se comunica a un médium ordinario puede igualmente hacerlo a un sonámbulo; a menudo también el estado de emancipación del alma, durante el sonambulismo, hace esta comunicación más fácil. Muchos sonámbulos ven perfectamente a los Espíritus y a los describen con tanta precisión como los médiums videntes; pueden conversar con ellos y transmitirnos sus pensamientos; lo que dicen fuera del círculo de sus conocimientos personales, les es muchas veces sugerido por otros espíritus. He aquí un ejemplo notable en que la doble acción del Espíritu del sonámbulo y del Espíritu extraño se revela de la manera menos equívoca.

173. Uno de nuestros amigos tenía por sonámbulo un joven de catorce a quince años, de una inteligencia muy vulgar y de una instrucción extremadamente limitada. Sin embargo, en estado sonambúlico, ha dado pruebas de una lucidez extraordinaria y de grande perspicacia. Sobresalía en particular en el tratamiento de las enfermedades y ha hecho un gran número de curaciones considerables miradas como imposibles. Un día daba una consulta a un enfermo del cual describía el mal con una perfecta exactitud. – No basta esto, le dijo, se trata ahora de indicar el remedio. – Yo no puedo, mi ángel doctor no está aquí. – ¿Qué entendéis por vuestro ángel doctor? – el que me dicta los remedios. – ¿No sois vos quien veis los remedios? – ¡Oh! No, puesto que os digo que es mi ángel doctor quien me los dicta.

Así es que en este sonámbulo la acción de ver el mal era hecha por su propio Espíritu, quien para esto no tenía necesidad de ninguna asistencia; pero la indicación de los remedios le era dada por otro; ese otro no estando allí, él no podía decir nada. Solo, no era más que sonámbulo; asistido de lo que llamaba su ángel doctor, era sonámbulo y médium.

174. La lucidez de los sonámbulos es una facultad que depende del organismo, y que es del todo independiente de la voluntad, del adelantamiento y aun del estado moral del sujeto. Un sonámbulo puede, pues, ser muy lúcido y ser incapaz de resolver ciertas cuestiones si su Espíritu es poco avanzado. Aquel que habla por sí mismo puede, pues, decir cosas buenas o malas, justa o falsas, tener más o menos delicadeza y escrúpulos en sus procederes, según el grado de elevación o de inferioridad de su propio espíritu, entonces es cuando la asistencia de un Espíritu extraño puede suplir su insuficiencia; pero un sonámbulo puede ser asistido por un Espíritu mentiroso, ligero o aun malo, del mismo modo que los médiums; aquí es sobre todo donde las cualidades morales tienen gran influencia para atraer a los buenos Espíritus (Véase El libro de los Espíritus, “Sonambulismo”, número 452; y más adelante el capítulo sobre “La influencia moral del médium.”)