Revista Espírita - Periódico de Estudios Psicológicos - 1862

Allan Kardec

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¡Así escribimos la historia!

Los millones del Sr. Allan Kardec.

Nos informan que, en una gran ciudad comercial, donde el Espiritismo tiene muchos adeptos, y donde más bien hace entre la clase obrera, un clérigo se ha hecho propagador de ciertos rumores que las almas caritativas se han apresurado a difundir y sin duda a amplificar. Según estos dichos, somos ricos a millones; en casa todo brilla y solo caminamos sobre las más bellas alfombras Aubusson. Se sabía que éramos pobres en Lyon; hoy tenemos una tripulación de cuatro caballos y estamos conduciendo un tren principesco a París. Toda esta fortuna nos ha venido de Inglaterra desde que comenzamos a tratar con el Espiritismo, y remuneramos generosamente a nuestros agentes en la provincia. Vendimos caros los manuscritos de nuestras obras, en los que todavía tenemos descuento, lo que no impide que los vendamos a precios exorbitantes, etc.

Esta es la respuesta que le dimos a la persona que nos envió estos datos:

“Mi querido señor, me reí mucho de los millones con que el Padre V… me gratifica tan generosamente, tanto más cuanto que estaba lejos de sospechar esta buena fortuna. El informe realizado a la Sociedad de París antes de la recepción de su carta, y que se publica más arriba, lamentablemente reduce esta ilusión a una realidad mucho menos dorada. Esta no es la única inexactitud de este cuento fantástico; en primer lugar, nunca he vivido en Lyon, así que no veo cómo alguien podría haberme conocido como pobre allí; en cuanto a mi tripulación de cuatro caballos, lamento decir que se reduce a las molestias de un coche de alquiler que tomo apenas cinco o seis veces al año, para ahorrar dinero. Es cierto que antes de los ferrocarriles hice varios viajes en diligencia: sin duda os confundimos. Pero se no me olvido, en ese tiempo no se trataba todavía del Espiritismo, y que es al Espiritismo a quien debo, según él, mi inmensa fortuna; ¿dónde, pues, se ha sacado todo esto, sino en el arsenal de la calumnia? Esto parecerá tanto más probable, si uno piensa en la naturaleza de la población en medio de la cual se difunden estos rumores. Se estará de acuerdo en que hay que estar muy escaso de buenas razones para ser reducido a tan ridículos expedientes para desacreditar al Espiritismo. Sr. Padre no ve que va derecho contra su fin, pues decir que el Espiritismo me ha enriquecido hasta este punto es admitir que está inmensamente difundido; por tanto, si está tan difundido es porque le place. Así, lo que quisiera volver contra el hombre, lo volvería en beneficio del crédito de la doctrina. ¡Haced creer entonces, después de eso, que una doctrina capaz de dar millones en pocos años a su propagador es una utopía, una idea hueca! Tal resultado sería un verdadero milagro, porque no hay ejemplo de que una teoría filosófica haya sido alguna vez una fuente de fortuna. Generalmente, en cuanto a los inventos, uno consume allí lo poco que tiene, y se vería que es un poco el caso donde me encuentro, si se supiera cuánto me cuesta el trabajo al que me he dedicado y al que también sacrifico mi tiempo, mis vigilias, mi descanso y mi salud; pero es mi principio guardarme lo que hago, y no gritarlo a los cuatro vientos. Para ser imparcial, el Sr. Padre debería comparar las sumas que las comunidades y los conventos extraen de los fieles; en cuanto al Espiritismo, se mide su influencia por el bien que hace, el número de afligidos que consuela, y no por el dinero que aporta.

Con un tren principesco, no hace falta decir que necesitas una mesa de acuerdo; ¿Qué diría el Sr. Padre si viera mis comidas más suntuosas, aquellas en que recibo a mis amigos? Las encontraría muy sencillas en comparación con la fastidia de ciertos dignatarios de la Iglesia, que probablemente las despreciarían para su Cuaresma más austera. Le enseñaré pues, por no saberlo, y para evitarle el trabajo de llevarme al campo de la comparación, que el Espiritismo no es ni puede ser medio de enriquecerse; que repudia cualquier especulación de la que pueda ser objeto; que enseña a despreciar lo temporal, a contentarse con lo necesario y a no buscar los goces de lo superfluo, que no son el camino al cielo; que si todos los hombres fueran Espíritas, no se envidiarían, no tendrían celos ni se robarían unos a otros; no calumniarían a su prójimo, ni lo calumniarían a él, porque él enseña esta máxima de Cristo: No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Es para poner en práctica que no nombro con todas las letras al Padre V...

El Espiritismo enseña también que la fortuna es un depósito del que hay que rendir cuentas, y que el rico será juzgado según el uso que haya hecho de ella. Si tuviera lo que se me atribuye, y si sobre todo se lo debiese al Espiritismo, estaría perjurando mis principios para emplearlo en la satisfacción del orgullo y la posesión de los placeres mundanos, en vez de ponerla al servicio de la causa de la que abracé la defensa.

Pero, dicen, ¿y tus obras? ¿No has vendido caros los manuscritos? Un instante; es entrar aquí en el dominio privado, donde no reconozco a nadie el derecho de inmiscuirse: siempre he honrado mi negocio, al precio de cuantos sacrificios y cuantas privaciones; no le debo nada a nadie, mientras que muchos me deben a mí, de lo contrario tendría más del doble de lo que me queda, lo que significa que, en lugar de subir la escalera de la fortuna, la he bajado. Por lo tanto, no debo cuenta de mis asuntos a nadie, lo cual es bueno notar; sin embargo, para contentar un poco a los curiosos que no tienen nada mejor que hacer que entrometerse en lo que no les concierne, diré que si hubiera vendido mis manuscritos, sólo habría hecho uso del derecho que tiene todo trabajador de vender el producto de su trabajo; pero no he vendido ninguna de ellas: aun hay algunas que he dado, pura y simplemente, por el interés de la cosa, y que se vende como se quiere sin que me devuelva un centavo. Los manuscritos se venden caros cuando se trata de obras conocidas cuya venta está asegurada de antemano, pero en ninguna parte encontraremos editores tan complacientes como para pagar el precio del oro por obras cuyo producto es hipotético, mientras que ni siquiera quieren correr el riesgo de los costos de impresión; ahora bien, a este respecto, una obra filosófica vale cien veces menos que ciertas novelas asociadas a ciertos nombres. Para dar una idea de mis enormes ganancias, diría que la primera edición del Libro de los Espíritus, que he realizado por mi cuenta y bajo mi propio riesgo, al no haber encontrado editor que quisiera emprenderla, me trajo limpio, todos los gastos hechos, todas las copias vendidas, tanto vendidas como regaladas, unos quinientos francos, como puedo probar por documentos auténticos; no sé muy bien qué tipo de tripulación se podría conseguir con eso. En la imposibilidad en que me encontré, no teniendo aún los millones de que se trata, de sufragar yo mismo los gastos de todas mis publicaciones, y sobre todo de ocuparme de las relaciones necesarias para la venta, cedí por un tiempo el derecho de publicar, a cambio de un derecho calculado en tantos céntimos por copia vendida; de tal manera que desconozco por completo los detalles de la venta y las transacciones que los intermediarios pueden hacer sobre los descuentos que hacen las editoriales a sus corresponsales, transacciones de las que declino toda responsabilidad, quedando obligado, por lo que a mí respecta, para dar cuenta a los editores, a un precio de..., de todos los ejemplares que les tome, ya sea que los venda, ya sea que los regale o que sean sin utilidad.

En cuanto a los ingresos que puedan derivarme de la venta de mis obras, no tengo que explicarme ni sobre la cifra ni sobre el empleo; ciertamente tengo el derecho de disponer de él como mejor me parezca; sin embargo, desconocemos si este producto no tiene un destino específico del cual no pueda ser desviado; pero eso es lo que sabremos más adelante; porque, si algún día a alguien se le ocurriera escribir mi relato sobre datos similares a los arriba relatados, sería importante que los hechos fueran restituidos en su integridad. Por eso dejaré detalladas memorias de todas mis relaciones y de todos mis asuntos, especialmente en lo que se refiere al Espiritismo, para evitar a los futuros cronistas las pifias en que muchas veces caen en la fe de los rumores de atónitos, de chismosos y de gente interesada en alterar la verdad, a quienes dejo el gusto de vituperar a su gusto, para que luego se haga más evidente su mala fe.

Me preocuparía muy poco por mí personalmente, si mi nombre no estuviera en lo sucesivo íntimamente ligado a la historia del Espiritismo. Por mis relaciones, naturalmente poseo sobre esta materia los documentos más numerosos y más auténticos que existen; he podido seguir la doctrina en todos sus desarrollos, observar todos sus giros y vueltas, tal como preveo sus consecuencias. Para cualquier hombre que estudie este movimiento, es de las últimas evidencias que el Espiritismo marcará una de las fases de la humanidad; es necesario, pues, que sepamos después qué vicisitudes tuvo que atravesar, qué obstáculos encontró, qué enemigos buscaron detenerlo, qué armas se usaron para combatirlo; no lo es menos que sepamos por qué medios pudo triunfar, y cuáles son los pueblos que, con su celo, su devoción, su abnegación, habrán contribuido eficazmente a su propagación; aquellos cuyos nombres y hechos merecen ser anunciados para el reconocimiento de la posteridad, y a quienes me propongo inscribir en mis registros. Esta historia, entendemos, no puede aparecer pronto; apenas ha nacido el Espiritismo y aún no se han cumplido las fases más interesantes de su establecimiento. Pudiera ser que, entre los Saulos del Espiritismo actual, estuvieran los Santos Pablos posteriores; esperemos que no tengamos que registrar a los Judas.

Tales, mi querido señor, son los reflejos que me sugieren los extraños ruidos que me han llegado; si los recogí, no fue por los Espíritas de tu pueblo, que saben qué pensar de mí y que supieron juzgar, cuando fui a verlos, si había en mí gustos y miradas de gran señor. Así que lo hago por aquellos que no me conocen y que pueden ser engañados por esta manera más que alegre de hacer historia. Si el Sr. Padre V... desea decir sólo la verdad, estoy dispuesto a proporcionarle verbalmente todas las explicaciones necesarias para iluminarlo.

Todo tuyo.

ALLAN KARDEC