Revista Espírita - Periódico de Estudios Psicológicos - 1862

Allan Kardec

Volver al menú
Caridad para con los criminales
Problema moral

«Un hombre está en peligro de muerte; para salvarlo es necesario arriesgar nuestra propia vida; pero se sabe que ese hombre es un malhechor y que, si escapa, podrá cometer nuevos crímenes. A pesar de esto, ¿debemos arriesgar nuestra vida para salvarlo?»

La siguiente respuesta ha sido obtenida en la Sociedad Espírita de París, el 7 de febrero de 1862, por el médium Sr. A. Didier:

«Esta es una cuestión muy grave y que naturalmente puede presentarse al Espíritu. Responderé según mi adelanto moral, ya que se trata de saber si debemos arriesgar nuestra propia vida por un malhechor. La abnegación es ciega: si socorremos a un enemigo nuestro, debemos entonces socorrer a un enemigo de la sociedad, en una palabra, a un malhechor. Por tanto, ¿creéis que sólo de la muerte libráis a ese desventurado? Tal vez lo libréis de toda su vida pasada. Imaginad, pues, que en esos rápidos instantes que le arrebatan los últimos minutos de su existencia, ese hombre perdido recapacite sobre su existencia pasada o, más bien, que toda su vida se presente ante él. Quizá la muerte le llegue demasiado pronto, y su reencarnación tal vez sea terrible. Hombres: por lo tanto, ¡salvadlo! Vosotros, a quienes la ciencia espírita ha esclarecido, salvadlo. Sacadlo del peligro, y puede ser entonces que ese hombre, que hubiera muerto blasfemando contra vosotros, se arroje a vuestros brazos. Sin embargo, no debéis preguntaros si él lo hará o no; id en su socorro, porque al salvarlo obedecéis a esa voz del corazón que os dice: “Si podéis salvarlo, ¡entonces sálvalo!”»
LAMENNAIS
Nota – Por una singular coincidencia hemos recibido, hace algunos días, la siguiente comunicación, obtenida en el Grupo Espírita de El Havre, tratando prácticamente del mismo tema.

Nos escriben que, a consecuencia de una conversación sobre el asesino Dumollard, el Espíritu Madame Isabel de Francia, que ya había dado diversas comunicaciones, se presentó espontáneamente y dictó lo siguiente:

«La verdadera caridad es una de las más sublimes enseñanzas que Dios ha dado al mundo. Entre los verdaderos discípulos de su Doctrina debe existir una completa fraternidad. Debéis amar a los desdichados y a los criminales como a criaturas de Dios, a las cuales se les concederá el perdón y la misericordia si se arrepienten, como sucede con vosotros mismos por las faltas que cometéis contra su ley. Tened en cuenta que sois más reprensibles y más culpables que aquellos a quienes rehusáis el perdón y la conmiseración, porque frecuentemente ellos no conocen a Dios como vosotros lo conocéis y, por esta razón, se les pedirá menos que a vosotros. No juzguéis, mis queridos amigos; ¡oh!, no juzguéis de manera alguna, porque el juicio que hiciereis os será aplicado más severamente todavía, y tenéis necesidad de indulgencia por los pecados que sin cesar cometéis. ¿No sabéis que hay muchas acciones que son crímenes a los ojos puros de Dios, y que el mundo ni siquiera las considera como faltas leves? La verdadera caridad no consiste solamente en la limosna que dais, ni tampoco en las palabras de consuelo con que podéis acompañarla; no, no es sólo eso lo que Dios exige de vosotros. La caridad sublime enseñada por Jesús consiste también en la benevolencia que concedéis siempre –y en todas las cosas– a vuestro prójimo. Inclusive podéis practicar esta sublime virtud con muchos seres que no necesitan de limosnas, pero que precisan de palabras de amor, de consuelo y de estímulo que las conducirán al Señor. Además os digo que se aproximan los tiempos en que la gran fraternidad reinará en este globo; la ley del Cristo regirá entre los hombres: únicamente ella será el freno y la esperanza, y llevará a las almas a las moradas de los bienaventurados. Amaos, pues, como los hijos de un mismo Padre: no hagáis diferencia alguna entre los otros desdichados, porque Dios quiere que todos sean iguales. Por lo tanto, no despreciéis a nadie; Dios permite que haya entre vosotros grandes criminales para os sirvan de enseñanza. En breve, cuando los hombres practiquen las verdaderas leyes de Dios, ya no habrá necesidad de esas enseñanzas, y todos los Espíritus impuros y rebeldes serán llevados a mundos inferiores, en sintonía con sus tendencias.

«Debéis a aquellos de quienes os hablo el socorro de vuestras oraciones: ésta es la verdadera caridad. De ninguna manera digáis de un criminal: “Es un miserable; es necesario extirparlo de la Tierra; la muerte que se le inflija será demasiado suave para un ser de esa calaña”. No, no es así como debéis hablar. Observad a Jesús, vuestro modelo; ¿qué diría Él si viese a ese infortunado cerca suyo? Se compadecería del mismo; lo consideraría como a un enfermo muy desdichado y le tendería la mano. Realmente, aún no podéis hacer esto, pero al menos podéis orar para ese desventurado y asistir a su Espíritu durante el tiempo que todavía debe pasar en la Tierra. Si rogáis con fe, el arrepentimiento puede tocar su corazón. Él es vuestro prójimo, al igual que el mejor de los hombres; su alma, perdida y rebelde, ha sido creada –como la vuestra– a imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, orad por él; no lo juzguéis de modo alguno, pues no debéis hacerlo. Sólo Dios lo juzgará.»

ISABEL DE FRANCIA
Allan Kardec.