El Libro de los Espíritus

Allan Kardec

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IV

El progreso de la humanidad tiene su principio en la aplicación de la ley de justicia, de amor y de caridad, y esta ley está fundada en la certeza del porvenir. Quitad esta certeza, y quitaréis a aquélla su primera fundamental. De semeiante ley derivan todas las otras porque ella contiene todas las condiciones de la felicidad del hombre. Sólo ella puede curar las plagas de la sociedad, y el hombre puede juzgar. comparando las edades y los pueblos, cuánto mejora su condición a medida que esa ley se comprende y practica mejor. Si una aplicación parcial e incompleta produce un bien real, ¡qué no será cuando ella venga a ser la base de todas las instituciones sociales! ¿Pero esto es posible? Si puesto que si ha dado diez pasos, puede dar veinte y así sucesivamente. Puede, pues, juzgarse del porvenir por el presente. Ya estamos viendo extinguirse poco a poco las antipatías de pueblo a pueblo; los valladares que los separan caen ante la civilización: se dan la mano desde un extremo al otro del mundo; mayor justicia preside a las leyes internacionales; las guerras son de menos en menos frecuentes, y no excluyen los sentimientos humanitarios; se establece uniformidad en las relaciones; las distinciones de razas y castas desaparecen, y los hombres de distintas creencias acallan las supersticiones de sectas, para confundirse en la adoración de un solo Dios. Nos referimos a los pueblos que marchan a la cabeza de la civilización. (789-793) Bajo todos estos aspectos estamos aún lejos de la perfección, y quedan todavía por derruir muchas ruinas antiguas, hasta que hayan desaparecido los últimos vestigios de la barbarie. Pero esas ruinas, ¿podrán habérselas con la potencia irresistible del progreso. de esa fuerza viva que también es una ley de la naturaleza? Si la generación presente está más adelantada que la pasada, ¿por qué la que nos sucederá no ha de estarlo más que la nuestra? Así será por la fuerza de las cosas, ante todo, porque con las generaciones desaparecen diariamente algunos campeones de los antiguos abusos, constituyéndose así y poco a poco, la sociedad de nuevos elementos que se han librado de las antiguas preocupaciones. En segundo lugar, porque, queriendo el hombre progresar, estudia los obstáculos, y se consagra a destruirlos. Desde el momento que es incontestable el movimiento progresivo, el progreso venidero no puede ser dudoso. El hombre quiere ser feliz, lo que es natural, y sólo busca el progreso para aumcntar la suma de su felicidad, sin la cual carecería aquél de objeto. ¿Dónde estaría el progreso para el hombre, si no le hiciera mejorar de posición? Pero cuando posea la suma de goces que puede dar el progreso intelectual, se apercibirá de que no es completa su felicidad; reconocerá que ésta es imposible sin la segundad de las relaciones sociales, y semejante seguridad sólo puede encontrarla en el progreso moral. Luego, por la fuerza de las cosas, él mismo dará esa dirección al progreso, y el espiritismo le ofrecerá la más poderosa palanca para el logro de su objeto.